Y el Nilo fluye libremente

Durante 18 días, en medio del ir y venir de la protesta, no parecía posible que el fin de la Revolución Egipcia se produjera tan rápido, en un anuncio sucinto que duró no más de medio minuto: “El presidente Hosni Mubarak renunció al cargo…” Con eso, en medio de clamores de victoria, terminó una era, reafirmando el viejo dicho de que “los cementerios del mundo están llenas de aquellos que se consideraban indispensables para sus países”.

En los días y semanas por delante, podrían darse momentos en los que las noticias provenientes del Cairo no sean tan optimistas, pero nunca olvidemos que Egipto dio un paso gigantesco, que en realidad es un paso gigantesco para los árabes. Después de todo, Egipto es el corazón, cerebro y centro neurálgico del mundo árabe. Es verdad, una vez desovó a la radical Hermandad Musulmana, pero también dio a luz al socialismo y al anti-colonialismo islámico, a la unidad árabe y ahora a una afirmación democrática de la voluntad del pueblo. Las acusaciones perniciosas de que los árabes no quieren la democracia quedaron expuestas como la gran mentira que son.

Egipto, en las palabras memorables del gran poeta bengalí Rabindranath Tagore, es la tierra “donde la cabeza (ahora) está bien alta y la mente (ahora) no tiene miedo…” Las consecuencias serán enormes. Las antiguas tierras árabes están agitadas. Las autocracias que ya tienen décadas de vida y son aparentemente inamovibles descubren que su control del poder se salió de sus goznes; el cambio está invadiendo sus entornos estáticos. Los tratados de ayer, particularmente aquellos con Estados Unidos e Israel, ya no inspirarán el mismo tipo de confianza que tuvieron durante mucho tiempo como instrumentos de política de estado.

El recuerdo de estos 18 días está tan atiborrado que resulta difícil separar un acontecimiento de otro, una fase de la próxima: lo dramático, lo conmovedor, lo bizarro y lo irreal de lo sentimental. Pero la hebra que unió a todos, el tema que se mantuvo inequívocamente constante, fue el reclamo de un “cambio” –inmediato, real y tangible, no una promesa o un espejismo excitante e inalcanzable.

¿Este deseo vehemente viajará más allá del Nirlo, como lo hizo desde Túnez hasta El Cairo? Este interrogante merodea por otros portales árabes de poder. Y no sólo árabes; a nivel global, las políticas extranjeras se está revisando y reescribiendo apresuradamente –y, en cierto modo, de manera confusa-. Este es el motivo por el cual la política estadounidense osciló tan desconcertantemente de la frase “No apresuren la marcha o alguien podría apropiarse del movimiento pro-democracia” pronunciada por la secretaria de Estado Hillary Clinton al enfático reclamo de un “cambio ahora” del presidente Barack Obama.

Por supuesto, surge una pregunta seria respecto del Consejo Supremo del Alto Comando Militar que hoy está en el poder en Egipto: ¿Cómo pueden los ejecutores del status quo convertirse en los agentes del cambio? Pero entonces el régimen militar es sólo una medida temporaria, o eso es lo que razonamos.

El gran poeta tunecino Abul-Qasim Al Shabi captó de modo conmovedor el espíritu de la saga de Egipto: “Si un día el pueblo quiere vida, entonces el destino aparecerá… la noche se desvanecerá, las cadenas se romperán…” Eso, en esencia, es lo que hicieron los jóvenes en Egipto. Su idioma es actual; sus instrumentos de cambio son los medios electrónicos de hoy. Ellos –y nosotros- estamos muy lejos del mundo que Mubarak, o el gran Gamal Abdel Nasser, conocieron y entendieron.

La Revolución Egipcia hoy enfrenta la tarea minuciosa que confrontan todas las revoluciones exitosas: cómo definir el futuro. Al igual que la fragmentación del Imperio Otomano en 1922 o el derrocamiento por parte de Nasser del régimen del Rey Farouk en 1952, la actual transformación, también, debe modelarse. Y la manera en que se modele ese futuro determinará si el fin de Mubarak marcará o no el inicio de la transformación política en todo Oriente Medio.

Esa es la posibilidad que está sacudiendo a los gobiernos desde Washington hasta Beijing. No es sólo la fiabilidad del Canal de Suez y las exportaciones de petróleo lo que hoy está en duda; décadas de certezas estratégicas fijas hoy deben reexaminarse.

Consideremos el caso de Israel, que observó los acontecimientos en El Cairo con un grado de preocupación que no sentía desde enero de 1979, cuando el ayatollah Ruhollah Khomeini derrocó al sha de Irán. Esa pesadilla estratégica le costó a Israel y a Estados Unidos a su aliado más cercano en la región, un aliado que pronto se transformó en un enemigo implacable.

Las dos guerras más recientes de Israel –contra Hezbollah en el Líbano en 2006, y contra Hamas en Gaza en 2009- se libraron contra grupos patrocinados, abastecidos y entrenados por Irán. Claramente, las negociaciones palestino-israelíes hoy también serán ignoradas  mientras Israel se concentra en los acontecimientos en Egipto. Por sobre todo, Israel debe preguntarse si se mantendrá el tratado de paz con Egipto y, de lo contrario, cómo llevar a cabo la necesaria reestructuración masiva de su postura de defensa.

Sin embargo, no sólo es el destino de Israel lo que hoy sacudió, en particular, a la política estadounidense hasta la médula. Egipto, después de todo, ha sido la piedra angular del ejercicio de malabarismo de Estados Unidos en Oriente Medio –y el mundo islámico- durante tres decenios. El tratado de paz entre Egipto e Israel mantuvo a Egipto cómodamente neutralizado, liberando a Estados Unidos para comprometer sus recursos estratégicos en otra parte. A su vez, Egipto, apuntalado por la masiva ayuda estadounidense, protegió a la región de una conflagración mayor, aunque el conflicto palestino-israelí seguía ardiendo a fuego lento.

Aquí reside el eje del dilema para Estados Unidos: quiere que el aparato estatal básico de Egipto sobreviva, para que las palancas del poder no caigan en las manos equivocadas. Esto requiere que a Estados Unidos se lo vea respaldando la demanda de cambio del pueblo, y que al mismo tiempo evite que lo identifiquen con una inmovilidad política.

Hay motivos para sentirse tranquilizados por las reacciones de Obama. El calificó a la partida de Mubarak como una muestra del “poder de la dignidad humana”, y agregó que “el pueblo de Egipto habló, su voz se escuchó y Egipto nunca será el mismo”.

Pero nada de lo que Obama, o cualquier otro, diga puede responder al interrogante que hoy concentra la atención de los altos funcionarios estadounidenses: ¿La llegada de la soberanía popular a Egipto conducirá inevitablemente a un antinorteamericanismo?

Por Jaswant Singh, ex ministro de Finanzas y actual ministro de Defensa de la India, y autor de Jinnah: India – Partition – Independence.

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