Y, finalmente, Toni cantó

Decía Clemenceau que “un traidor es un hombre que dejó su partido para inscribirse en otro; pero un convertido es un traidor que abandonó su partido para inscribirse en el nuestro”.

En la política española es tan habitual el doble rasero del cinismo que no sería justo sumarse al alud de burlas y descalificaciones que está recibiendo estos días Toni Cantó por su espasmódico itinerario entre Ciudadanos y el PP. Porque él, como Bruto, también es “un hombre honrado”.

Y eso que yo podría aportar el testimonio directo de mi vivencia parlamentaria cuando me interrogó, el 23 de enero de 2018, en la Comisión de Investigación sobre la financiación ilegal del PP. Fue con diferencia el más incisivo de los portavoces, al poner el foco en “la corrupción del bipartidismo”, “la falta real de separación de poderes”, la “transformación de un partido en una especie de máquina para delinquir”, la “utilización del aparato del Estado para tapar estos delitos” y la “corrupción asociada con el PP en la Comunidad de Madrid”, como fruto de un “funcionamiento sistémico”.

Y, finalmente, Toni cantóEs verdad, y yo lo he reiterado estos días ante el tribunal que juzga los papeles de Bárcenas y ante cuantos colegas han querido oírme, que no existe el menor indicio de que aquellas prácticas del PP de Rajoy estén teniendo continuidad en el PP de Casado.

Pero la función de vigilancia bidireccional, acorde con el papel del que, desde el Trienio Liberal, fue bautizado como “partido regulador”, siempre será una garantía de que ni los populares ni los socialistas, que tienen a sus espaldas el saqueo de los fondos reservados, el caso Filesa y los ERE, volverán nunca a las andadas.

Esa era hace tres años la utilidad de Toni Cantó. Ciudadanos había apoyado la investidura de Rajoy y votaba habitualmente con el PP. Pero no le dejaba pasar ni una en materia de corrupción. Esa actitud es la que disparó a Albert Rivera hasta los 57 escaños.

Y ese es el papel que ha intentado seguir ejerciendo Inés Arrimadas, desde la mermadísima posición que le tocó heredar, censurando todo lo censurable a diestra y, especialmente, a siniestra. A veces con proporcionalidad y acierto, como cuando logró que dimitiera el consejero murciano de Salud que se saltó la cola de las vacunas. Otras, pasándose de frenada, como cuando elevó ese episodio de categoría y pactó con el PSOE la moción que, tránsfugas mediante, se volvió en su contra, hasta desencadenar el cataclismo que amenaza con enterrar al partido naranja.

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Es comprensible que, para un espíritu crítico y sensible como Cantó, la falta de contundencia en la depuración de responsabilidades de Arrimadas resultara decepcionante. Y que ello, unido a otras mezquindades de la vida orgánica del partido, le impulsara el 15 de marzo a rechazar la oferta de integrarse en la cúpula de Ciudadanos, dejar su escaño en las Cortes Valencianas y anunciar que ponía fin, “triste y cabreado”, a su dedicación a la política, emulando “la lección que dio Albert Rivera”.

Hasta aquí, todo irreprochable. Luego resultó que nunca una caída del caballo tuvo un rebote tan rápido y productivo. Porque si ese mismo 15 de marzo, Toni Cantó descartó de plano secundar el éxodo al PP de Fran Hervías y asociados, bastaron nueve días de travesía del desierto, para que el 24 aceptara un lugar en la grupa de Isabel Díaz Ayuso.

Pero, como digo con palabras que todo actor de su rango identifica bien, Toni Cantó sigue siendo a mis ojos “un hombre honrado”. ¿Qué ha ocurrido? Pues que, como él mismo reconoció en una memorable ocasión televisiva, “siempre pienso en mí como actor y luego ya como político”.

Le ha podido la vis teatral y ha sido incapaz de resistir la tentación de protagonizar el gag, a la vez cómico y dramático, que ha supuesto su transformación en el último conejo extraído de la chistera de Teodoro García Egea.

Puede parecer un encogimiento súbito, pues esa memorable ocasión televisiva fue el momento en que el aún dirigente de Ciudadanos emergió, premonitoriamente, bajo la máscara del camaleón en el programa Mask Singer. Y nadie hubiera dicho que aquel ostentóreo reptil de inmensa cola verde cupiera en el sombrero de prestidigitador de la candidatura a unas elecciones autonómicas.

Sin embargo, el subtítulo de ese programa, adivina quien canta, sintetiza bien el camuflaje del ego del protagonista. Si no fuera por el efímero destape final, en clave de broma, su proyección pública sería equivalente a la del siempre enmascarado intérprete de V de Vendetta. Y en cuanto a cantar, lo que se dice cantar, nunca sabremos donde empezaba el karaoke y donde terminaba el playback.

No, cuando, finalmente, después de muchos intentos en escenarios diversos, Toni de verdad cantó, a plena voz, fue este miércoles por la noche, cuando el sonoro do de pecho con el que se desmentía a sí mismo, con apenas una semana de intervalo, retumbó en todas las radios, televisiones y diarios electrónicos.

Es verdad que él ya tenía antecedentes, pues había pasado con la misma agilidad de UPyD a Ciudadanos; pero Churchill no hablaba a humo de pajas cuando, recapitulando sobre su biografía, explicó que tuvo que cambiar varias veces de partido para defender las mismas ideas.

¿Defenderá el PP de Casado y García Egea las mismas ideas que los partidos fundados por Rosa Díez y Albert Rivera? En lo que atañe a la unidad nacional, no me cabe duda. En materia de derechos civiles, habrá que verlo. Y en el frente de la regeneración democrática, seguro que no.

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Nunca me ha gustado el pacto antitransfuguismo, por no ir acompañado de medidas que garanticen la democracia interna de los partidos, incluida la libertad de voto de los cargos electos. Es verdad que una inmensa mayoría de esos tuercebotas no obtendrían nunca el acta si no fueran incluidos en una lista cerrada y bloqueada. Pero cuando la Constitución prohíbe que queden sometidos a “mandato imperativo” está demandándoles que antepongan sus convicciones a su conveniencia o comodidad.

Por eso las contradicciones de Toni Cantó, fruto sin duda de sus comprensibles vacilaciones e interesados cálculos, no le privan de la condición de “hombre honrado”, por mucho que haya apuñalado a Inés Arrimadas en el momento más crítico. Merece el beneficio de la duda de quien se supone que ha seguido los alborotados dictados de su conciencia.

Cuestión distinta sería que hubiera formado parte activa de la conjura orquestada por el tal Fran Hervías para “vender” a García Egea -de secretario de organización a secretario de organización- gran parte de la estructura de Ciudadanos, a cambio de ocupar un puesto en la burocracia de Génova.

Desde la perspectiva del PP, no es lo mismo cerrar un fichaje que “comprar” un fichero. Insisto en las comillas porque no veo materia delictiva, por mucho que, con su oportunismo habitual, Podemos haya formulado una denuncia por cohecho, sin otra base que los mensajes entre el hombre de confianza de Hervías y los tránsfugas de Murcia que desveló EL ESPAÑOL. No es una cuestión penal, sino ética.

El asunto de fondo es la lucha por el espacio en el que se dirimen siempre las elecciones. Algo tendrá el centro cuando lo bendicen tanto. Pero una cosa es tratar de captar el voto centrista, moviendo ficha mediante compromisos electorales, como ha hecho Gabilondo; y otra lanzar una OPA hostil, invitando a los cargos de Ciudadanos a pasarse al PP en bloque, como ha hecho García Egea.

Cuestión distinta es la credibilidad que tenga el profesoral candidato del PSOE, cuando anuncia que ni pactará con Iglesias ni subirá los impuestos. Pero lo deseable habría sido que Díaz Ayuso, avalada por sus hechos en cuanto a la fiscalidad, hubiera contraatacado, comprometiéndose a tampoco pactar con Vox.

El lógico desenlace de esta dinámica centrípeta, debería ser un compromiso de liberar a Madrid de la dependencia de ambos extremismos y facilitar el gobierno de quien logre sumar más escaños, combinando las cuatro candidaturas restantes. Como es obvio que Más Madrid forma en la práctica bloque con el PSOE, sería Ciudadanos quien tendría la capacidad de inclinar el fiel de la balanza, si pasa la barrera del 5%.

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Más allá de su estilo abrupto y antipático -anticipo de unas mañas que también percibe el propio PP andaluz-, la OPA de García Egea corre el mismo riesgo que la moción de Ciudadanos en Murcia: producir, por su desmesura, un efecto bumerán. Con todos sus errores, Ciudadanos ha prestado grandes servicios a la democracia y Edmundo Bal tiene envergadura suficiente como para salvar los restos del naufragio.

Si toca los resortes adecuados, el electorado de centro puede rebelarse contra la injusticia que supondría la supresión de una pieza clave del pluralismo político por el decreto imperial de Teodoro. ¿Por qué tenemos que perder a la única fuerza capaz de hacer de amortiguador del bipartidismo, cuando hay otras que sólo sirven para exacerbarlo?

Lo ideal sería que Ciudadanos resistiera el embate y diera a continuación una lección de templanza al PP, reeditando el pacto de Gobierno con Díaz Ayuso. Pero también podría ocurrir que muriera noblemente en el empeño y el PSOE saliera favorecido de rebote, bien porque los electores centristas que no se han pasado todavía al PP auparan a Gabilondo; bien porque Díaz Ayuso quedara como rehén de Vox, hundiendo las expectativas de Pablo Casado. Alguien habría hecho en Génova un pan como unas tortas.

Como Bruto en el cuarto acto de Julio César, Toni Cantó ha debido de sentir que “en el océano de las cosas humanas hay una marea que conviene aprovechar para alcanzar la fortuna”. Es la pleamar, destinada a ahogar a Ciudadanos que, de forma tan temeraria como audaz, ha impulsado García Egea con su ya subordinado Hervías.

Desde la cresta de esa ola, Toni ha cantado como nunca. Pero todos los implicados deberían recordar que en el primer acto de la tragedia, otro de los conjurados, en concreto Casca, advierte que “a dos pasos del Capitolio he visto pasar un león que me ha mirado con ojos huraños y ha continuado su camino sin hacerme mal”.

¡Qué raro!: un león inofensivo, sólo huraño. Pero Casca acierta al interpretarlo como “un presagio amenazador” pues, tras los “idus de marzo”, llegaría el desastre de las llanuras de Filipos.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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