Y Hollande decidió

Como se dice en Francia, una vez no crea costumbre. Y por una vez el indeciso François Hollande decidió solo 24 horas después de la debacle socialista en las elecciones municipales. Decidió cambiar de primer ministro y de Gobierno poniendo al frente a Manuel Valls. El nombramiento de Valls ha desencadenado una catarata de análisis que ven en su figura un giro a la derecha y que concluyen que Hollande se ha vuelto a equivocar al no entender el mensaje de los electores, que supuestamente se han abstenido o han votado contra los socialistas por haber abandonado los postulados de izquierda.

No se trata de negar totalmente este análisis, pero las cosas son más complejas. Hollande lo describió perfectamente en su alocución televisiva del lunes por la noche: “Vuestro mensaje es claro”, les dijo a los franceses. “Pocos cambios y demasiada lentitud. Pocos empleos y demasiado paro. Poca justicia social y demasiados impuestos. Poca eficacia en la acción pública…” En resumen, “descontento” y “decepción” en un marco de “crisis cívica e incluso moral”.

O sea que los franceses han abandonado a los socialistas no tanto porque no hayan hecho una política de izquierdas sino porque no han hecho prácticamente nada. Durante el primer año y medio de mandato ha fracasado la política de izquierda que Hollande prometió en su campaña: nueva fiscalidad con un impuesto a los millonarios, creación de puestos de profesores en la educación, estímulos al crecimiento, etcétera. Lo que ocurrió es que esa política que iba a cambiar la orientación de la austeridad dominante en la UE quedó pronto en nada porque Hollande no tuvo ni el valor ni la fuerza necesarios para enfrentarse a Angela Merkel y enseguida se rindió a la evidencia de que Francia, por su debilidad económica y política, no podía encabezar una rebelión de los países del sur contra la poderosa Alemania.

Esa renuncia y las indecisiones, el amateurismo, los escándalos de corrupción –como el del ministro del Presupuesto que tenía cuentas en Suiza–, la impotencia contra la crisis y el paro y las meteduras de pata posteriores llevaron a la situación que ha sido sancionada en las municipales. Poco antes, Hollande sí que había dado ya el giro a la derecha al lanzar el pacto de responsabilidad, que prevé 30.000 millones de euros de ahorro en cotizaciones de las empresas a cambio de creación de empleo e inversiones y la reducción del gasto en 50.000 millones en tres años.

Ahora, para poner en marcha ese plan, que se mantiene, aunque corregido con medidas de solidaridad –rebaja de las cotizaciones de los trabajadores, reducción de impuestos a los más pobres, etcétera–, llega Valls, ante todo un profesional y un pragmático. Tildado de derechista, de “Sarkozy de la izquierda”, Valls nunca ha renunciado a su condición de socialista, aunque en el 2009 propusiera cambiar el nombre al partido. Valls sí que es un heterodoxo en un partido tan acartonado como el PS francés. Además de sugerir el cambio de nombre del partido, ha criticado las 35 horas de trabajo implantadas por su jefe Lionel Jospin y por Martine Aubry; votó la ley de la derecha que prohibía el burka, y ha defendido la implantación del llamado IVA social.

VALLS ES el socialista sin complejos, con una capacidad de adaptación, ligada a su ambición, inigualable. Fue primero seguidor de Michel Rocard (simplificando, la derecha del PS), después de Lionel Jospin (más a la izquierda), más adelante se alineó con Ségolène Royal en el congreso de Reims (2008) y apoyó ante las primarias socialistas a Dominique Strauss-Kahn. Autoeliminado este último por su affaire sexual, Valls concurrió a las primarias, donde solo obtuvo el 5,63% de los votos. Inmediatamente, respaldó a Hollande, que le nombró director de comunicación de su campaña y después ministro del Interior. Tradicionalmente aislado en el partido, sin corriente alguna que lo sostuviera, ha apostado siempre por la fuerza dinámica de la opinión frente al poder anquilosado del aparato. Y así se ha hecho popular e imprescindible hasta convertirse en primer ministro.

Hollande no tenía otra salida para cumplir con las exigencias de Bruselas de contención del déficit y de la deuda, parámetros que Francia incumple. Para eso ha nombrado a un profesional con autoridad y determinación. Pero, en otro ejemplo de complejidad política, Valls se ha rodeado de ministros como el proteccionista antiglobalización Arnaud Montebourg (Economía) y el aubryista (de Aubry) BenoŒt Hamon (Educación), miembros del ala izquierda del PS con los que mantiene una alianza de intereses. Valls será juzgado por su eficacia, y no por su ideología, y para conseguirla se va a emplear a fondo.

José A. Sorolla, periodista.

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