Y la Dama compuso su semblante

Por Ricardo Olmos, profesor de investigación del Instituto de Historia del CSIC y patrono del Museo Arqueológico Nacional (ABC, 27/04/06):

SEMEJANZA, semblanza… ¿A quién se asemeja la Dama de Elche? Durante varias generaciones, desde 1897, se ha discutido sobre la identidad del busto, sin que hayamos logrado agotar las palabras. ¿Es una diosa, una sacerdotisa, una princesa ibérica, una difunta noble o, sencillamente, una mortal adornada para una ceremonia muy especial? Ninguna de las propuestas ha logrado aún cerrar la discusión. Ella es, sobre todo, la representación ideal de una mujer diferente, que aúna belleza física y virtud moral. El busto se ofrece como una joya profusamente labrada que contiene un rostro noble y distante. Lo enmarcan y magnifican dos asombrosas ruedas. Durante la ofrenda ella respira y compone con dignidad su semblante. Es una forma de representar al ser humano que nos lleva un paso más allá de la realidad.

Los rodetes la ocultan. Sólo es permitido descubrir la faz de la Dama desde una aproximación frontal. Tras una larga preparación, la mujer se presenta. Es señora, unas normas ancestrales la separan del mundo. Los cabellos quedan ocultos bajo las precisas tocas. Las trenzas junto a las sienes se revisten de oro protector, son oro labrado. Entre las normas prevalece el obligado pudor. La Dama responde desde el silencio de sus labios cerrados. Con modestia vierte levemente hacia el suelo la luz de sus ojos. Las pupilas irían en su día rellenas y coloreadas con pasta vítrea. Para el hombre antiguo la mirada era un fluido de luz viva. Brotaba de sus cuencas como un manantial.

La Dama establece una distancia obligada frente a nosotros. La adornan y guardan diversas anforillas y portaamuletos, insertados en collares de ricas filigranas. Los amuletos obraban contra el mal de los hechizos. Muchas otras mujeres ibéricas los llevan sobre su pecho, tal era su reconocida virtud. El gran tamaño de estos estuches acentuaría su eficacia. Los conocemos en oro, más pequeños pero con la misma forma de lengüeta, varios siglos antes que la Dama los vistiera.

Con sumo cuidado, antes de trasladar el busto a la materia de la piedra, el artesano ha esculpido en la mente su forma. Pudo mediar un boceto o ensayo previo en otro material. Tallar la imagen de un ser superior puede ser un oficio sagrado y exige sabiduría, pericia técnica, responsabilidad. Como en la mayoría de las representaciones ibéricas, la seriedad de la Dama hubo de ser también la del propio escultor y la de los aristócratas que encargaron la efigie.

El busto es una joya que hoy vemos sólo en la pulida textura de una blanda piedra local. Una capa finísima de colores, casi en su totalidad perdidos, la trasladan a otro reino, el mineral: rojo y azul purísimos para la leve camisa, la túnica y el manto de gruesos pliegues en zigzag. No pudo haber gradación alguna de colores, pues el color inalterable expresa por sí mismo, sin sombras que lo desfiguren, una impresión de verdad. Tras aplicarle los colores la Dama se convertiría en ofrenda, al modo de consagración a una divinidad. Ella -¿acaso joven, en la flor de la edad?- se aproxima al espacio superior de los dioses. De nuevo la pregunta: «¿Eres diosa o mera mujer mortal?». Tal vez, simplemente, la semblanza de diosa, una mujer a mitad del camino de la bienaventurada inmortalidad.

El orificio ovalado en la espalda hubo de contener ofrendas preciosas, pero no conservamos resto alguno que nos asegure que, efectivamente, se trató de una urna cineraria, como lo fue la coetánea Dama de Baza. De ser así, la estatua sería estuche protector de un difunto o difunta, quien tras ese recinto de piedra prolongaría su condición superior en el más allá. Tal era el privilegio exclusivo de los mejores.

En nuestros museos, próximamente en Elche, visitamos a la Dama atraídos por el anuncio de su nombre. Es un privilegio de nuestros tiempos, que hemos de aprovechar. La poderosa urna de cristal que la protege es nuestra forma moderna de sacralización y de respeto. Nos servimos de la técnica -análisis e informes minuciosos, tanteos, hipótesis, discusiones…- para enriquecerla con nuevas palabras. Pues hemos convertido a la Dama, desde el consenso otorgado de su mismo nombre, en signo de nuestra memoria colectiva y en una obra de arte digna de admirar y comentar. ¿Ocurrió algo parecido en la antigüedad? De nuevo, la paradoja. Tal vez esculpieron esta efigie para protegerla de inmediato, sin que apenas ojos humanos alcanzaran a verla. Así ocurrió con la Dama de Baza, ocultada enseguida bajo tierra, en un pozo, como morada funeraria para una mujer singular. La estatua seguía presente para aquellos hombres que pasaban junto a la necrópolis, pero desde su reino reservado.

Sea como fuere, quienes vieron el busto ilicitano transmitieron su memoria, dentro y fuera de la ciudad de Elche, por diversos lugares de la antigua Iberia. Otras mujeres la imitaron, ya entonces, en sus adornos y amuletos y hasta en la misma modestia del mirar. Vamos a seguir buscando palabras frescas, aún no dichas, que nos asomen, si es posible, a la semejanza que un día la Dama compuso ante otros hombres y mujeres, que hoy llamamos iberos. Es nuestra forma de imaginar aquel día remoto en que ella misma hubo de presentarse, siquiera un instante, para que la admiraran los demás.