¿Y la obra social de las cajas?

La respuesta es un no rotundo, al menos no tienen un futuro que se parezca a su pasado reciente. Sin embargo, las cajas de ahorros y sus obras sociales han sido un modelo internacional: por su cuota de mercado, ya que llegaron a suponer el 54% del sector financiero, mientras Alemania o Francia no llegaban al 25%, y también por su modelo de obras sociales, al que han destinado una media del 27% de los beneficios en los últimos años, 2.200 millones de euros sólo en el año 2009, su mejor cosecha. No hablaremos de su gobierno corporativo, ya que ahí es donde se fraguaron los problemas actuales.

Las obras sociales tienen un doble modelo de gestión: la obra propia, en la que gestionan sus inversiones en edificios culturales, como el Cosmocaixa, la Pedrera o La Casa Encendida, junto a un conjunto de servicios asistenciales, desde residencias de mayores hasta bibliotecas. En el 2010, la obra propia de las cajas supuso 965 millones de euros, el 66% del total de su presupuesto. La otra parte es la obra en colaboración, que ha permitido financiar una variedad de proyectos de entidades sociales, culturales, de investigación y medioambientales: que en el 2010 se situó en 496 millones de euros, ya con un recorte del 24%. La obra social en colaboración ha sido esencial para el desarrollo de la sociedad civil y es la que ahora ya se da por muerta.

La bancarización de las cajas y la entrada del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB) tienen un efecto de dilución de la propiedad de las cajas, ya que sus beneficios se distribuirán a sus nuevos accionistas en porcentajes que van del 20% en La Caixa hasta cifras muy superiores en Bankia y Banca Cívica. Este reparto de beneficios supone una disminución proporcional de la obra social. Cuando el nuevo accionista es el FROB, la situación es mucho peor; por el porcentaje de propiedad que asume –el 90% en Catalunya Caixa, hasta el 99,99% en Unnim– y porque además el FROB prioriza el destino de los beneficios a la devolución de su aportación frente a la obra social.

En estos casos no hay margen: la obra social subsistirá con aportaciones con cargo a beneficios menguantes, a unas inciertas reservas, o con los ingresos generados por la propia obra social, que en el 2010 fueron el 7,5% del presupuesto de todas las obras sociales: al final serán los turistas de la Pedrera los que van a mantener parte de la obra social. Aquellas que implantaron el “gratis total” en sus servicios no podrán mantenerla si siguen actuando como ahora. Visto ahora, la reforma de las cajas italianas de los años noventa acabará siendo un modelo que ha permitido mantener sus obras sociales capitalizadas, como es el caso de los 5.000 millones de euros de la Fundacione Cariplo.

No todas las obras sociales son iguales: La Caixa y las cajas vascas van a poder seguir con un modelo muy parecido al actual, aunque con menos obra en colaboración, más selectiva y con más eficiencia. El resto de las obras sociales debería repensar su futuro si quieren seguir existiendo, ya que hoy mirar al retrovisor sirve de poco. Qué acaben siendo las obras sociales va a depender de su capacidad de generar valor, bien sea porque el ciudadano considere que los servicios que ofrece merecen mantenerse y pagar un precio por ellos, bien sea por su capacidad de transformarse en un nuevo actor con una función diferente de la actual.

Para ello las obras sociales deberían tomar consciencia de que ya no son el actor principal, que otras partes de la sociedad también contribuyen al interés general: los más de 3,5 millones de personas que hacen donaciones a las organizaciones sin fin de lucro por un importe de más de 780 millones de euros en el 2010, otras fundaciones privadas por más de 150 millones anuales y las donaciones de empresas de cerca de 100 millones.

A corto plazo todos deberemos contribuir para mantener, en lo posible, un modelo de sociedad que hemos creado y que ya no podemos pagar: las obras sociales, en la medida en que mantienen su vinculación al territorio, una red y una infraestructura notables podrían actuar como dinamizadoras de una sociedad que deberá ayudarse más a sí misma de lo que lo ha hecho hasta ahora. Este ha sido el modelo en el norte de Italia, pero aquí, en algunos casos, deberán empezar por recuperar una confianza ahora diluida.

Las obras sociales también deberían superar el discurso de los ajustes: hacen falta nuevos instrumentos financieros para generar innovación social que permita gestionar los servicios de la sociedad del bienestar de manera más eficiente y sostenible.

De no optar por escuchar, pensar y compartir, las obras sociales tendrán un mal fin, que, sin embargo, nos incumbe a todos. Hay que poner imaginación y evitar que el FROB no sea más que el enterrador de un modelo de obra social y de cajas cuya estrategia en tiempos de bonanza llevó a la actual situación terminal.

R. Valls Riera, director de Zohar Consultoria & Markting Social. Profesor colaborador de la Fundació Universitària del Bages.

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