Y la reina de Inglaterra se queda

Las abdicaciones, por lo visto, se han puesto de moda entre los monarcas europeos. Renunció el Papa Benedicto, achacado de aún más años y agravios físicos que el Rey de España. Le siguió la reina Beatriz de Holanda, a pesar de estar bien de salud y de haber superado las crisis, ya casi olvidadas, provocadas por la conducta repetidamente inmoral y corrupta de su padre: en la casa real holandesa, la renuncia a favor de herederos jóvenes y activos es casi una tradición. Luego vino la dimisión de Alberto de Bélgica, colmado de escándalos sexuales, pero también en la línea tradicional de su dinastía, donde la abdicación es una forma más o menos normal de entregar la corona al sucesor que sea. Si se confía en los sondeos, el rey de Suecia, tachado de escándalos de la misma índole, si no más graves, imitará el modelo, a favor de la princesa Victoria. Mientras tanto, Juan Carlos se ha despedido. Pero Isabel II se mantiene firme en su trono, tras los baluartes de sus famosas gafas y sus bolsas de mano de color pastel.

Es como si la reina no mereciera un descanso al cabo de 62 años de ejercicio de su cargo. Tiene 88 años -o sea, lleva más de una década de ventaja sobre Alberto, Beatriz y Juan Carlos, y supera a Carlo Gustavo de Suecia en más de 20-. Se mantiene en forma, pero su marido, a sus 92 años, ha padecido una serie de operaciones y es evidente que no podrá seguir cumpliendo sus obligaciones públicas durante mucho tiempo. Hasta el Papa Benedicto renunció a los 86 años -que parece jovencito al lado de la reina-. El tema de los escándalos, que ha jugado un papel en varias de las abdicaciones recientes, no es ajeno a la casa real inglesa. El marido de la reina ha tenido, según los rumores que casi todo el mundo en Inglaterra acepta con un gesto de desdén o de resignación, casi tantas ligas como el Rey de España. Entre sus hijos, no hay que remitirse a la historia funesta del matrimonio del príncipe Carlos con Diana Spencer: el caso del Príncipe Andrés, Duque de York, es infinitamente más grave. Después de haber sobrevivido a su involucración financiera con la familia del dictador de Kazajstán y varias alegaciones parecidas en torno a otros supuestos sobornos, tuvo que dimitir su cargo de embajador para el comercio británico por sus relaciones presumiblemente corruptas con Jeffrey Epstein, el gran chuloputas de los millonarios del mundo, una de cuyas chicas apareció fotografiada al lado del príncipe. El nieto menor de la reina, el príncipe Harry, que es un sinvergüenza -o lo que los ingleses, con su ironía amable, llaman un lad, o sea, un pícaro- se ha fotografiado con un uniforme nazi, en plan de broma, sí, pero una broma de mal gusto, y luego desnudo con una mujer en un cuarto de hotel. La reina mantiene una imagen de pureza modélica, pero parece incapaz de controlar a otros miembros de su familia.

La obstinación de la reina no se explica tampoco por su récord de reinante. Juan Carlos ha tenido muchos más éxitos guiando la transición a la democracia. Isabel ha presidido la disolución del imperio británico y la plena decadencia del reino. La tarea de Juan Carlos ha sido preeminentemente política y acertó de una forma casi irreprochable. La de la reina Isabel, empero, fue más bien de carácter social -de mantener la imagen de una familia ideal, de valores tradicionales y burgueses-. Fracasó por completo entre los divorcios, escándalos y excesos de sus familiares. Se cuenta a veces que el caso inglés es un caso aparte: que los monarcas son como los papas y siguen fieles a su cargo a pesar de la vejez, el malestar, la locura o el fracaso. Pero el Papa Benedicto rompió con ese tabú irracional y la reina puede hacer lo mismo. Es cierto que la última renuncia real en Inglaterra -la del tío de Isabel, Eduardo VIII, en 1936, se dice que fue para legitimar su matrimonio con una divorciada, pero en realidad fue la consecuencia ineludible de sus sentimientos antidemocráticos y su falta de comprensión con el Gobierno y las instituciones nacionales británicas- traumatizó a la nación y entristeció a la pequeña Isabel; pero desde entonces la reina se ha ajustado a todos los demás eventos injuriosos y costumbres desagradables de la modernidad. Podría abdicar -si estuviera dispuesta a hacerlo- sin sufrir efectos psicológicamente dañosos procedentes de un episodio de hace casi ocho décadas.

¿Por qué no lo hace? Para la reina, la monarquía es su herencia sagrada, que tiene que defender y perpetuar en lo que pueda. El isabelismo en Inglaterra no vale por tanto como el juancarlismo en España para suscitar el apoyo del pueblo y mantener la Monarquía. Pero hay que tener en cuenta que el monarca del Reino Unido lo es también de Canadá, Australia, Nueva Zelandia, y una multitud de territorios menos importantes, donde los sentimientos monárquicos son relativamente flacos, pero donde la longevidad de la reina ha creado una atmósfera de respeto y aún de afecto hacia su persona. En todo país monárquico, el republicanismo es una opción racionalmente inexplicable, ya que un monarca suele ser más digno, como jefe de Estado, que un político o una celebridad y los jefes elegidos por voto popular suelen ser aun más corruptos y menos fiables que los hereditarios. Pero el republicanismo, como toda ideología, es incorregible y si la reina renunciase al trono sería un pretexto para que los republicanos australianos, canadienses, etcétera, se lanzaran a las calles. Morir, en cambio, es una estrategia sagaz para sacar a salvo a la monarquía. Si la reina muere, la ola de simpatía, la nostalgia necrológica y el respeto hacia su memoria llevarán al príncipe Carlos a suceder consensualmente y garantizar la continuación de la tradición real. Cuando murió la madre de la reina, se vio un efecto de ese tipo. Sus honras fúnebres se convirtieron en un punto de reunión extraordinaria para todos los dominios de los Windsor.

Juan Carlos tiene una gran ventaja que le permite la indulgencia de renunciar. A Felipe de heredero. Acertó en sugerir que el que era Príncipe de Asturias posee una formación más apta para el trono que ninguno de sus antepasados. Se trata, además, de una persona de inteligencia, pertinencia, y una fuerte dosis de sentido común, cuyos méritos se reconocen entre la gran mayoría de los españoles. Isabel, en cambio, tiene a su Carlos. El príncipe de Gales es una persona digna de aprecio por su labor ecológico, su apoyo a la libertad religiosa, su trabajo para obras caritativas, su papel de portavoz para tradiciones artesanales, su defensa a valores espirituales, su oposición al urbanismo hostil y a la arquitectura implacablemente impersonal. Es el más capacitado intelectualmente de los Windsor, lo que no quiere decir gran cosa, ya que la familia sufre de una falta apabullante de inteligencia y de una deficiencia abyecta de cultura: la mayoría de ellos leen pocos libros y no saben casi nada de música ni de arte; y a pesar del hecho de que se les dedique un sistema de educación que es el más largo, costoso y elaborado que nunca se haya intentado a través de la historia, suelen suspender los exámenes o sacar notas lamentables. Carlos es el mejor de todos. Pero no tiene la categoría de su homólogo español ni en inteligencia, ni educación, ni experiencia, ni formación relevante a su futuro; y le falta, desgraciadamente, esa personalidad accesible y relajada que es imprescindible para entenderse con el público y alcanzar popularidad. Su madre lo sabe. Tal vez si la monarquía inglesa pudiera saltar una generación y si los nietos de la reina -Guillermo y Kate- que conservan todavía la indulgencia que el público concede a la juventud, fuesen los herederos, la reina se permitiera el lujo de jubilarse y dejar a los jóvenes el intento a sostener la tradición. Pero Carlos comparte el sentido de la obligación, que es parte de la personalidad de su madre. No renunciará a su derecho de suceder. No se sabe, tampoco, si Guillermo, que parece ser una persona cada vez más madura y responsable, muestra todavía el compromiso profundo y nivel de sacrificio que exige el cargo. Así que la reina se queda y, si no me equivoco, y si las condiciones existentes no se cambian, cumplirá con su deber hasta morir.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad Notre Dame (Indiana).

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