¿Y si abolimos la prostitución?

Me ha sorprendido la ausencia en la campaña electoral catalana del debate sobre la prostitución. Parecía que la apertura en La Jonquera, poco antes, del mayor prostíbulo de Europa iba a forzar una discusión en serio. Por no hablar de las tristes siluetas que vemos al pasar por muchas carreteras o del estallido periódico de un tipo muy escabroso de prostitución urbana. Por eso mismo, es significativo que el partido llamado a gobernar, CiU, no haya dedicado ni una sola palabra a este tema en su programa electoral, mientras que el resto de fuerzas se han movido entre diversas posturas, desde las partidarias de una explícita regulación hasta las tímidamente abolicionistas. Visto en perspectiva, parece que estamos atrapados en un mar de contradicciones. Por un lado, parece urgente reglamentar mejor una actividad alegal como es la prostitución, que genera todo tipo de conflictos, mientras por otro crece la evidencia de que estamos sustancialmente ante una situación de explotación de seres humanos. Superada esa mirada edulcorada sobre los burdeles que describen algunos escritores como «lugares de iniciación en la clandestina religión del sexo», hace tiempo que la prostitución aparece como lo que es: vulneración enmascarada de derechos humanos.

Por eso creo que resulta útil adoptar una perspectiva histórica y trazar un paralelismo entre el dubitativo debate sobre la prostitución y el largo proceso que acabó culminando en la abolición casi universal de la esclavitud. Sabemos que fue una conquista lenta, con retrocesos, muchas hipocresías y no pocas contradicciones. En Europa se abolió en la mayoría de países hacia 1850, aunque tardó en hacerse efectiva en las colonias. EEUU también fue pionero en su abolición en el norte industrial, pero la esclavitud fue una de las causas de la guerra de secesión de 1861-65. En España se abolió, bajo presión inglesa, en 1837, pero se excluyeron los territorios de ultramar, y ello propició un floreciente tráfico negrero que generó importantes fortunas. Detrás del comercio de esclavos había enormes intereses y su abolición pareció al principio un objetivo imposible.

El asunto de la prostitución es, sin duda, algo más complejo, sobre todo porque hay dos ideas que crean una gran distorsión conceptual. La primera supone que ha habido siempre, también ahora y en el futuro, una prostitución voluntaria. Con ello se sobreentiende que estamos ante un oficio, un poco peculiar, se admite, ya que se trata del «más antiguo del mundo», se añade con sorna. La segunda recurre a la evidencia de que sin demanda masculina no habría oferta, con lo cual se refuerza la idea de un intercambio carnal puramente comercial y, por tanto, de un oficio. Aun suponiendo que ambas ideas fueran en parte ciertas, este planteamiento rehúye lo esencial del problema: la clara vinculación entre violación de los derechos humanos y el negocio de la prostitución. Un reciente artículo de la magistrada Matilde Aragó, en la Revista Jueces por la Democracia, sintetiza bien diversos estudios recientes y explica hasta qué punto se ha agudizado en España en la última década la marginación de las mujeres prostituidas y la violencia que sobre ellas ejercen las mafias. La mayoría son extranjeras provenientes de países pobres, sin recursos ni formación, y en un 90% han sido objeto de trata por parte de mafias que las extorsionan para obtener enormes beneficios. Por eso resulta sorprendente que pongamos tanta atención en un tema estadísticamente irrisorio como el burka o el niqab, y seamos incapaces de ser consecuentes ante un drama que afecta a miles de mujeres.

Al igual que antaño con la esclavitud, hoy el negocio de la prostitución mueve mucho dinero: solo en España 18.000 millones de euros anuales. Eso explica una cierta hipocresía por parte de políticos y medios de comunicación. Los primeros obtienen unos ingresos, en algunos casos notables, para las maltrechas finanzas municipales, y los segundos se benefician del dinero de la publicidad. Predomina, pues, una perspectiva comercial y no ética. Mirando el asunto en abstracto, los neoliberales afirman que el negocio de la prostitución no es inmoral puesto que no perjudica a ninguna de las dos partes. Pero la realidad social nos indica que no es así. Por eso creo que la opción más coherente es la abolicionista. Supera la vieja receta puritana anglosajona, que prohíbe la prostitución pero persigue solo a las prostitutas. Rechaza frontalmente su legalización, ya que sería en la práctica un regalo para los proxenetas y los traficantes. Y, finalmente, se centra en perseguir el negocio y al cliente, al tiempo que busca salidas laborales para estas mujeres. Admite que su erradicación total es improbable, pero parte de la base de que la prostitución es esencialmente explotación, fruto de la desigualdad social y de género. Suecia dio el primer paso en esta dirección en 1999 y el balance hoy parece positivo. Al igual que en la lucha contra la esclavitud, la batalla por la abolición de la prostitución es una tarea de todos. Y, sin duda alguna, de los hombres en primer lugar.

Joaquim Coll, historiador.

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