¿Y si al mundo lo salvan los pobres?

Todo lo sucedido en lo que va de 2012 confirma una nueva asimetría global. Atrapados entre una inseguridad financiera nunca antes vista y un sombrío panorama económico, los países ricos de la OCDE y sus clases medias temen la pérdida de poder geopolítico y el descenso en la escala social. Pero en gran parte de Asia, África y América Latina reina el optimismo.

Este inesperado vuelco de la fortuna alentó a los países desarrollados a tomar medidas proteccionistas, de lo que son buen ejemplo los llamados franceses a la desglobalización. En las economías emergentes, en tanto, se ha visto al orgullo manifestarse, a veces, como un exceso de confianza, que no está exenta (tras décadas de arrogancia del Primer Mundo) de cierto matiz de Schadenfreude. Pero las economías del mundo (desarrolladas, emergentes o en desarrollo) están todas en el mismo barco; si no logran remontar esta crisis juntas, entrarán en una zona de peligro como no se ha visto desde la década de 1930.

El final de la Segunda Guerra Mundial dio paso a una nueva economía global en la que muchos países en desarrollo comenzaron a adoptar modelos de crecimiento basados en las exportaciones, lo que los convirtió en proveedores de materias primas y artículos domésticos para los países industrializados. El éxito de esta nueva economía fue innegable: durante el siglo XX salieron de la pobreza más personas que en los dos milenios anteriores. Además, los países de la OCDE se enriquecieron, ya que la importación de bienes y servicios baratos fortaleció su poder adquisitivo.

Pero este modelo debilitó las estructuras sociales de los países ricos, al ampliar las desigualdades y excluir del mercado laboral a una proporción cada vez mayor de sus poblaciones. También es responsable de los desequilibrios financieros en los que estamos atrapados, ya que para contrarrestar los efectos del aumento de la desigualdad y el freno al crecimiento, los países de la OCDE impulsaron el consumo a través del endeudamiento, tanto público (lo que llevó a la crisis de deudas soberanas de Europa) como privado (factor que contribuyó a la crisis de las hipotecas subprime en los Estados Unidos).

Esto hubiera sido imposible si los principales proveedores de energía y productos manufacturados para los países de la OCDE no se hubieran convertido, con el tiempo, en sus acreedores. En lo que constituye un notable giro de la historia, ahora los pobres del mundo financian con sus grandes reservas de divisas a los ricos. De hecho, la hipertrofia actual del sector financiero internacional refleja, en gran medida, el intento de reciclar el superávit cada vez mayor de los mercados emergentes para contener el déficit rampante de los países ricos.

Se pensaba hasta no hace mucho que esta dinámica sería transitoria. El crecimiento de las economías emergentes conduciría, necesariamente, a una convergencia de salarios y precios globales que detendría el desgaste del sector fabril en los países de la OCDE. Se esperaba que la transición demográfica en los países emergentes alentaría el desarrollo de los mercados locales y la caída de sus tasas de ahorro, y que eso llevaría a un nuevo equilibrio en el comercio internacional.

Esto puede ser válido en teoría, pero el caso es que se subestimó mucho la duración del período de transición, elemento central de la crisis financiera internacional. La “inversión de la escasez” (ahora que abundan hombres y mujeres que participan activamente en la economía mundial, mientras es cada vez más evidente la limitación de recursos naturales otrora abundantes) amenaza con prolongar la transición indefinidamente. Hay dos razones para sostener esta afirmación.

La primera razón es macroeconómica: uno de los estabilizadores económicos en tiempos de crisis, el abaratamiento de las materias primas, está descartado. La demanda creciente de los países emergentes obliga a pensar más bien que el costo de los recursos naturales será una restricción cada vez más importante.

La segunda razón es social: durante el siglo XX la fuerza laboral del mercado mundial de trabajo se duplicó, lo que dio lugar a la aparición de otro “ejército industrial de reserva” en China y entre los tres mil millones de habitantes de los países en desarrollo.

Intentar equilibrar rápidamente el crecimiento global reduciendo los desequilibrios financieros entre las economías de la OCDE y los mercados emergentes acreedores sería arriesgado, porque provocaría una recesión a gran escala en las economías ricas, que se extendería después al resto. Además, es difícil que ocurra, porque implicaría que los países emergentes mantengan un déficit comercial con los países de la OCDE y que sus mercados locales se conviertan en los motores del crecimiento global.

Si este análisis es correcto, lo que se necesita es una nueva estrategia de rebalanceo global que no empiece por las economías ricas de la OCDE. Al menos una parte del faltante de demanda que la economía mundial necesita con urgencia se puede suplir mediante la implementación de nuevos modelos de crecimiento en los países en desarrollo (las regiones del sur de Asia, América Latina y África que no han adoptado estrategias basadas en las exportaciones).

El éxito de este supuesto depende de la combinación de tres dinámicas. En primer lugar, es preciso impulsar el comercio internacional entre los mercados emergentes y los países en desarrollo, para crear entre ellos el mismo tipo de relación consumidor‑proveedor que hay entre los países emergentes y los avanzados. En segundo lugar, deben desarrollarse los mercados internos de los países más pobres del mundo, para fomentar más crecimiento desde el interior mismo de esas economías. Y en tercer lugar, hay que aumentar los flujos financieros hacia los países en desarrollo (tanto en la forma de ayudas oficiales al desarrollo como de inversión extranjera directa), y estos flujos no deben proceder solamente de las economías industrializadas, sino también de los países emergentes y los exportadores de petróleo.

Reciclar el superávit global a través de las multitudes más humildes de la Tierra implica una revisión completa de los modelos económicos usuales, que básicamente presuponen que el milagro económico asiático es reproducible. Después de todo, incluso si de aquí a 2050 el mundo logra un crecimiento económico significativo, dos de sus nueve mil millones de habitantes todavía deberán vivir con menos de dos dólares por día, y otros mil millones con apenas un poco más.

Tanto en las economías emergentes como en las desarrolladas debe evitarse el considerar a los pobres del mundo como una carga, porque en nuestra actual crisis económica internacional, ellos son la mejor estrategia de salvación que tenemos.

Por Jean-Michel Severino, director de investigaciones en la Fondation pour les Études et Recherches sur le Développement International (FERDI) y director de Investisseur et Partenaire; y Olivier Ray, economista especializado en desarrollo para el Ministerio de Relaciones Internacionales de Francia. Ambos son autores del libro Le temps de l’Afrique. Traducción: Esteban Flamini.

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