¿Y si envejecer fuera solo un accidente?

La semana pasada tuve el placer de charlar con el profesor Thomas von Zglinicki, una de las personas de este planeta que más saben del envejecimiento celular. Era una tarde raramente soleada de primavera inglesa y estábamos sentados ante unos cafés mientras nos contábamos los últimos resultados de nuestros laboratorios. La conversación fue derivando hacia un tema que ha preocupado a la humanidad desde el principio de los tiempos: ¿qué sentido tiene que envejezcamos?

Entendemos la evolución como un proceso aleatorio que a lo largo de milenios ha transformado una simple bacteria en un animal capaz de plantearse el origen del universo. ¿Por qué, pues, se ha detenido a un paso de la perfección y no nos ha hecho inmortales? A menudo caemos en la tentación de creer que la evolución sigue una especie de plan casi divino. Como me recordó el profesor Von Zglinicki, su trabajo no es velar por nuestros intereses, sino simplemente aumentar nuestra capacidad de procrear.

Todo es culpa de cómo funciona el mecanismo. Las variaciones de nuestro ADN que hacen que generemos más descendencia se convierten, precisamente por este motivo, en más frecuentes en la siguiente generación. Si son suficientemente importantes, al final acaban formando parte de nuestro bagaje como especie. Es cierto que la selección natural también perpetuará genes que nos ayuden a sobrevivir, pero solamente cuando sus efectos nos conduzcan a reproducirnos con más eficacia. Si a lo largo de la historia una mutación nos hubiera hecho insensibles a una enfermedad que aparece solo en edades avanzadas, la selección natural no habría hecho ningún esfuerzo para conservarla, porque no nos hubiera dado ninguna ventaja a la hora de tener hijos. Por eso acabamos siendo víctimas de enfermedades cardiovasculares o del alzhéimer, contra las que solo estamos blindados mientras somos jóvenes y fértiles. Del mismo modo, no hemos desarrollado nada que nos salve del envejecimiento. Así es cómo con el paso del tiempo nos hemos convertido en unas máquinas perfeccionadas de esparcir genomas. El resto (la música, las guerras, la literatura, la filosofía, la política, la ciencia…) no son más que efectos secundarios.

Hay unas cuantas teorías prevalentes que explican por qué envejecemos. La más obvia es que nuestras células acumulan daños y llega un momento en que ya no los podemos reparar. También se ha propuesto que los mismos mecanismos que nos protegen durante la primera parte de nuestra vida nos empujan hacia un desgaste celular progresivo. Por ejemplo, los genes que frenan el cáncer pueden favorecer la acumulación de células envejecidas prematuramente. Una de las teorías más recientes y provocadoras va aún más allá y lo ve casi como una enfermedad infecciosa: las células viejas liberan una serie de productos tóxicos que podrían dañar a sus vecinas. De este modo, la progresión sería lenta, pero geométrica, porque se irían contagiando en cadena unas a otras. A partir de una masa crítica de células afectadas, el impacto sobre el organismo sería cataclismático.

«Todo eso nos lleva a la conclusión de que el envejecimiento es una consecuencia inevitable de respirar, como la polución que sale de un motor en marcha», resumí. El profesor Von Zglinicki se terminó el café de un trago, miró unas nubes grises que se acercaban y me dijo: «Pero ¿y si envejecer fuera solo un accidente, no la consecuencia de nada? La imagen de la balanza en equilibrio entre la vida y la decadencia tiene un indudable atractivo poético, pero hay otras opciones. Nos dejamos llevar por la idea de que la selección natural solo guarda las cosas buenas. Olvidamos que tampoco tiene ninguna presión para eliminar las malas, siempre y cuando estas nos afecten a partir de cierta edad. Quizá la cascada de acontecimientos que participa en el envejecimiento celular es una pequeña desviación accidental de otros mecanismos que ya existían en la célula, mecanismos útiles y necesarios en su forma original. La evolución no habría podido eliminar esta versión pervertida que habría aparecido de forma inesperada, simplemente porque solo se ven sus efectos nocivos cuando ya hemos pasado los genes a nuestros descendientes».

El resto de la tarde no pude dejar de pensar que quizá tenía razón. Si envejecer no es ningún impuesto que tenemos que pagar para poder estar vivos, sino solo un accidente trivial incorporado a nuestro genoma, de repente pierde todo el aura de castigo bíblico que siempre le hemos dado. El tiempo, nuestro gran enemigo, no lo sería por ninguna necesidad biológica ineludible, sino por casualidad. La moneda podría haber caído de la otra cara hace unos cuantos millones de años y ahora tal vez no sabríamos qué son las arrugas. Viviríamos en una sociedad de individuos casi eternos que se aferrarían a la vida y a los recursos con el egoísmo de quienes no quieren compartir sus bienes ni con los hijos. Y seguramente sería una pesadilla horrible.

Salvador Macip, médico, científico y escritor.

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