¿Y si Pedro Sánchez no es un traidor a la patria?

Los anglosajones piensan fuera de la caja y yo me siento como en Dogville, dentro de un escenario que es como una caja de zapatos. Así que he decidido hacer como Grace y prender fuego a mis presupuestos. ¿Y si Pedro Sánchez no fuese un traidor a la patria?

Me resulta intelectualmente muy confortable tratar a Sánchez como un traidor. Me aquieta el ánimo y me deja con la tranquilidad del hombre bien comido y bien dormido, como esos burgueses complacientes de las novelas de Balzac.

Tengo sobradas razones para no fiarme de él. No me resulta muy difícil situarme en el escenario minimalista, sin paredes, con las habitaciones pintadas en el suelo, y actuar como si el referéndum fuese inminente y el cambio del modelo de Estado del 78 fuese a derivar en una confederación de Estados. Hay razones para pensarlo.

El federalismo, que es la forma tradicional de descentralizar los Estados nacionales de la vieja izquierda afrancesada, hace tiempo que llegó a nuestro país. Y casi todos nos hemos acostumbrado. Sólo algunos hacen una lectura en clave soberanista y nostálgica de un Estado centralizado y siguen soñando con unos Nuevos Ministerios aun más grandes, graníticos y germánicos.

Pero la mayoría ha asumido que el Estado de las Autonomías establece un modelo particular de descentralización y solidaridad nacional al mismo tiempo que ha ido evolucionando a partir de ciertas asimetrías constitucionales, como el cupo vasco, y de los desarrollos competenciales establecidos por los estatutos autonómicos.

El ADN federal del PSOE y nuestra deriva histórica, que no es sólo debida al socialismo, nos deben situar en un plano de sana precaución frente a un horizonte secesionista.

Puedo pensar en la hoja de ruta que seguiría Sánchez si quisiese el desmembramiento del Estado. El presidente podría allanar el camino para que, cuando gobierne la derecha, se pueda plantear un referéndum que contemple una o dos cuestiones, como la independencia o la reforma del Estatuto. Para ello habría que reformar la Ley Orgánica de 1980 sobre referéndums e intentar que estos se puedan aplicar en el ámbito autonómico.

Sería más difícil justificar que la consulta se saliese del ámbito competencial autonómico sin cambiar también el artículo 92 de la Constitución. Pero ya sabemos que para todo hay un sucedáneo y que lo importante es el destino final.

Unos pocos retoques legales hoy dejarían preparado el telón de fondo para que la tragedia se pusiese en escena con el próximo Gobierno de derechas. No hay prisa. Da igual que el referéndum sea consultivo o no. La pregunta dotaría de legitimidad al proceso y al fondo de la cuestión.

Si sumamos algunos ajustes penales y modificamos los delitos de rebelión y sedición, si limitamos los órganos de control constitucional y llevamos los indultos hasta las últimas consecuencias, entonces habremos escrito un guion perfecto al que sólo faltaría un final a la altura de las circunstancias.

Ese final podría ser feliz, como una comedia clásica en la que todo acaba recolocándose, y limitarse a la reforma de algunas de las patas de nuestro sistema político. Como por ejemplo la forma del Estado, la relación con Europa o la organización territorial.

Pero para ello sería necesario un amplio consenso y en España no tenemos tradición de Gobiernos de concentración ni práctica de grandes acuerdos. Esta vía en España ha sido posible cuando nos ha gobernado un déspota ilustrado como Carlos III o un déspota iletrado como Fernando VII.

Quizá Sánchez aspire a representar alguno de esos dos papeles, pero difícilmente podrá hacer de Isabel la Católica. El escenario de confrontación es más creíble y, por tanto, lo previsible es que cualquier tipo de reforma venga inspirada por un modelo de principado autoritario que excluya totalmente a una de las partes en cuestión.

El final también podría ser amargo, como de película de sobremesa. La reforma constitucional sería la excusa para cambiar una España rancia, vieja y en blanco y negro que nunca gustó a los progresistas. Sería el final de un proceso nunca acabado. Las cabezas que no rodaron con las guillotinas en la Puerta del Sol rodarían doscientos años después, cortadas por el filo de las hojas del BOE.

Todo esto podría ser, no lo sabemos. Pero ya les decía que quería prender fuego a mis convicciones, aunque sólo sea como hipótesis. ¿Y si Sánchez no es un traidor?

La película se complicaría sustancialmente si creyésemos que sí existen líneas rojas para él, que con el modelo de Estado no se negocia, que la única motivación de Sánchez para gobernar no es mantenerse en el poder y que realmente está dispuesto a sacrificar prestigio y poder a cambio de explorar una vía que garantice otros 20 o 30 años de estabilidad en un contexto complejo e inestable.

No sé si es muy creíble, la verdad. Y, además, en política es muy sano no confiar demasiado, sobre todo cuando no se tienen muchas razones para ello. Pero es útil para que veamos que demonizar a Sánchez nos impide hacer los deberes. No tenemos que proponer alternativas porque la mejor alternativa es que se vaya. Es muy fácil vivir de una simplificación.

Eso sí, el enfermo de poder es Sánchez. Lo nuestro es amor por España. Y por el camino hemos dilapidado la paz social sobre la que deberíamos construir el futuro Gobierno, hemos roto las vías de comunicación con el adversario y, lo que es de necios, hemos hecho al enemigo más fuerte y numeroso.

¡Qué cómodo es pensar que Sánchez es un traidor para no hacer las tareas! No hay alternativa, no la tenemos y no sabemos que no la tenemos. Pero da igual, no es momento de pensar en construir. Ahora sólo hay que derrotar al adversario. Vale con hacer del 78 un mito y agitar las banderas.

Parece como si no hubiesen pasado 40 años sobre el texto constitucional y que los desarrollos autonómicos, legales, nacionales y supranacionales no hubiesen dejado huella en nuestra forma política. “El 78” responde a todo y a todos porque es una fórmula facilona.

Este inmovilismo hará que dentro de poco veamos, por ejemplo, un nacionalismo mesetario reivindicativo de las cesiones que hizo en el 78 y de los agravios recibidos a lo largo de más de 40 años. A una izquierda fortalecida, a una derecha radicalizada y a una sociedad más polarizada. Y seguiremos echándole la culpa a Sánchez.

Ese giro de guion no nos lo esperamos. Pero es que esta obra es demasiado buena como para que sea previsible.

Armando Zerolo es profesor de Filosofía Política y del Derecho en la USP-CEU.

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