¿Y si Rajoy tuviera razón?

Sí, me refiero a Mariano Rajoy, ese señor barbado, al que los humoristas pintan tendido en la hamaca, fumándose un puro, mientras el país se hunde alrededor y Rubalcaba pasa raudo a su lado con botas de siete leguas. Como resulte que, al final, quien tiene razón es Rajoy, estaríamos ante la versión moderna de la fábula de la tortuga y la liebre, junto al planchazo monumental de cuantos le han venido criticando, responsabilizando, acusando y ridiculizando, no sólo desde la oposición, de quien se espera ese rudo comportamiento, sino también desde su propio partido, de quien podrían esperarse maneras más civilizadas. Quiero decir que su victoria iba a convertir el escenario político español en Fukushima después del tsunami: hecho añicos. Y lo más grave para esos críticos es que empieza a haber indicios de que es lo que va a ocurrir.

Ya sé que los indicios son tan vagos como minúsculos. Que queda todavía mucho camino por andar y muchos sacrificios por hacer. Que hasta que el paro baje a niveles dignos de un país desarrollado se necesitarán años. Que la situación internacional es todo menos estable y la interna española, menos estable aún. Que junto a cada dato positivo puede presentarse otro negativo. Pero lo que importa, y esto es algo que tenemos que aprender los españoles, incapaces de ver más allá de la última noticia sin darnos cuenta de que es la última hasta que llega la siguiente, lo que importa, digo, es la tendencia. Y la tendencia de unos meses a esta parte es buena para Rajoy. Diría incluso, mejor de lo esperado. Las exportaciones, que han sido siempre el punto flaco de nuestra economía, vienen siendo las que están tirando de ella. Los precios parecen haberse estabilizado y las inversiones extranjeras empiezan a volver. Los intereses del bono a 10 años han bajado del 4 por ciento, lo que hace que la prima de riesgo, especie de barómetro de una economía, empiece a acercarse a la normalidad, después de haber sobrepasado las líneas rojas. Las agencias de calificación han elevado la nota de España y Rosa Díez ha roto su pacto de gobierno con el PSOE en Asturias. Demasiadas casualidades para no apuntar a una realidad.

Me dirán algunos que la situación internacional ha mejorado. Bueno, sí. La situación internacional ha mejorado algo, pero ahí tienen a Grecia, que sigue igual o peor que antes y empieza a necesitar otro rescate. Si se lo dan. O a Italia, que nos sacaba una buena ventaja y ahora estamos a su altura o incluso un poco mejor, aunque ya sabemos que los italianos son expertos en salir de situaciones apuradas, algo que nosotros no dominamos.

Pero si no hubiera habido una acción por nuestra parte, si todos esos inversores y calificadores no hubieran visto algo más, tal cambio de corriente no hubiera tenido lugar. Y esa acción interior no puede ser otra que el golpe de timón dado por Rajoy. Un golpe de timón criticado por demasiado fuerte por unos y por demasiado tímido por otros, pero golpe de timón a fin de cuentas. Lo más fácil hubiera sido seguir poniendo parches, como hacía Zapatero, o acogerse al rescate, como aconsejaban muchos expertos, y dejar que nos llevaran. Pero tras el error inicial de esperar a las elecciones andaluzas, Rajoy se trazó un plan que ha seguido a rajatabla, sin importarle las críticas que cosechaba: sanear la economía y olvidarse de todo lo demás. De las próximas elecciones. De lo que ETA pudiera hacer. De lo que el independentismo catalán pudiese tramar. De lo que las voces dentro de su partido le pudieran pedir. Sin decirlo, Rajoy ha puesto en práctica lo que Clinton gritó a uno de sus ayudantes que le venía con la política: «¡Es la economía, idiota!», convencido, al parecer, de que si se resuelve el problema económico, todo lo demás se resolverá por añadidura.

¿Tiene razón? Sólo el futuro podrá decírnoslo, pues seguro no lo sabremos hasta que los hechos nos lo confirmen o nos lo denieguen, al haber imponderables difíciles de evaluar. El problema catalán, por ejemplo, tiene un componente emocional que puede no resolverse con una mejora económica, pese a ser los catalanes mucho más realistas con el dinero que el resto de los españoles, cosa que hay que alabarles, dicho sea de paso. Pero son ellos quienes han descartado contentarse con concesiones económicas, que tampoco serían aceptables para el resto de los españoles, al haber ya demasiadas asimetrías en España para añadirles otra.

Otro tanto puede decirse del problema vasco. Tras asegurarse que ETA ha dejado de matar –aunque no haya entregado las armas–, Rajoy no ha querido ir más lejos, sin preocuparse demasiado de los presos etarras o de la sentencia del Tribunal de Estrasburgo que les libera, lo que ha causado, como podría imaginarse, indignación entre las víctimas del terrorismo, que vienen a ser algo así como la reserva espiritual del PP. Y el «yo no les vuelvo a votar» empieza a oírse demasiadas veces en ese santuario como para no resultar alarmante en Génova. Se trata de dos colectivos, el independentista y el de las víctimas del terrorismo, tan fáciles de soliviantar como difíciles de convencer. Y de ninguno de ellos, como de la oposiciones externa e interna, va a llegarle ayuda a Rajoy. La única ayuda sólo puede venirle de que las cuentas le salgan, de que la tendencia que empieza a marcarse continúe y, a ser posible, se acelere. Los demás van a hacer cuanto esté en su mano para impedir su triunfo, que significaría su derrota

Rajoy sabe que tiene sólo un año para que su plan surta efecto. El 2015 será ya año de elecciones, en el que poco podrá hacerse, convirtiendo 2014 en el año clave de su mandato o mandatos, pues una victoria parcial no le vale, como no le valió la de Andalucía. Tiene que volver a obtener la mayoría absoluta, algo que sólo podrá obtener si la recuperación está claramente en marcha. ¿Lo logrará?

Según mi opinión, sí. No por lo que haga Rajoy, que va a seguir haciendo lo mismo, sino por lo que no van a hacer sus enemigos: el PSOE está roto, los nacionalistas empiezan a recoger velas y los rivales dentro del PP serán los primeros en callarse por la cuenta que les tiene. Y, en último término, porque la historia discurre más rápida que nunca.

Puedo, naturalmente, equivocarme. Puedo incluso confundir deseos con realidades. Pues la realidad que emerge tras una derrota de Rajoy, aunque logre más votos, sería la que impera hoy en Cataluña y en Andalucía. Y hasta ese punto no creo que estemos tan confundidos la inmensa mayoría de los españoles.

José María Carrascal, periodista.

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