Y todo por una foto…

El llamado pacto de Estado contra el yihadismo, que firmaron Gobierno, PP y PSOE, el pasado lunes en el palacio de la Moncloa está a años luz de lo que dice ser. A lo sumo, se le puede otorgar la categoría de acuerdo parcial entre dos formaciones políticas en un asunto que, obviamente, sí que es de Estado. Nadie duda de la necesidad de articular una respuesta ante la amenaza terrorista que deriva de las banderas de Al Qaeda y, más recientemente, del Estado Islámico (EI), que han alcanzado una nueva vuelta de tuerca en la despiadada virulencia de sus acciones y la difusión planetaria a través de las nuevas tecnologías. Al ya habitual rechazo y repugnancia por este tipo de actos terroristas se ha añadido, tras los sucesos de París del pasado mes de enero, el miedo de la ciudadanía. Esta circunstancia, sin duda, está facilitando que los gobiernos aprovechen para echar mano de iniciativas que tenían guardadas en los cajones y que no encontraban la manera de activar, tanto en el ámbito legislativo como en el gubernamental.

¿Por qué no es un pacto de Estado? Fundamentalmente por dos cosas. La primera de fondo y la segunda de forma. Todas y cada una de las fuerzas políticas que tienen presencia en el Parlamento representan de una u otra manera al Estado. Un pacto a dos como el suscrito, sin invitación expresa a formar parte a los partidos que tienen grupo parlamentario, en una cuestión tan trascendental, rebaja el necesario consenso, expulsa a formaciones con una hoja de servicios en cuestiones de Estado tan pulcra como la de los firmantes y lo reduce a una simple iniciativa política más. En el aspecto formal, la firma del acuerdo nos ha ofrecido un desatino colosal. Ver al secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, utilizar su intervención pública tras rubricar el pacto para anunciarnos que si gana las elecciones y llega a la Moncloa lo cambiará porque no está de acuerdo con uno de sus puntos más importantes, el que permite la prisión permanente revisable hasta convertirla en cadena perpetua, tiene algo de pornográfico, además de presentarnos al máximo dirigente socialista como un político desnortado.

Otra cosa muy diferente es que la fotografía del solemne acto en la Moncloa y su impacto mediático permita durante unas horas a los protagonistas flotar por encima de sus propios problemas, contrarrestar marchas de protesta en la calle como la de Podemos en Madrid del pasado sábado y ganar sin hacer nada unos minutos de televisión. El impasible Mariano Rajoy ha caído encima de Pedro Sánchez, le ha dado el abrazo del oso ante el aplauso inmisericorde de Felipe González, y un flash de tenue luz de la gran coalición se ha dejado entrever ni que sea durante unos instantes. El gallego le ha ganado holgadamente la partida de la responsabilidad y la sensatez a Sánchez llevándolo a su terreno de juego: seguridad antes que libertad. El miedo como agente corrosivo de principios inmutables. La photo opportunity pretende anclar un proyecto político en el hoy inexistente punto intermedio entre el inmovilismo popular y la atractiva agenda de Podemos, que para mucha gente se basa en un programa electoral de objetivo único: expulsar con urgencia a los que están, a la famosa casta. ¡Qué lejos del debate que se está produciendo en Francia, no tan centrado en pactos contra el terrorismo, que se dan por supuesto, sino en la recuperación de los valores republicanos fundacionales en la escuela como una manera de luchar contra el fundamentalismo! Autoridad del profesor, igualdad de los alumnos, uniforme o potenciación de símbolos de la República como la bandera tricolor y La marsellesa.

El último CIS ha venido a certificar una vez más que el mapa político español tal como lo hemos conocido desde el inicio de la transición forma parte ya del pasado. El sondeo resulta aterrador tanto para el PP, obligado a pactar con su gran adversario histórico, como para el PSOE, que desciende a los infiernos donde la oscuridad es absoluta y el futuro parece no existir. Es evidente que una photo opportunity no puede sustituir las carencias de los dos grandes partidos españoles, no puede ocultar la grieta que se ha abierto en la sociedad engullendo las clases medias, ni los altos índices de paro, ni el nivel de pobreza, ni tantas otras cosas. ¡En todas las bolsas de votantes pesca Pablo Iglesias! Jóvenes y jubilados, hombres y mujeres, urbanos y rurales, parados y trabajadores en precario. Mientras, los dos grandes partidos lejos de formular un proyecto político regenerador y atractivo consumen buena parte de su tiempo en batallas internas para la designación de candidatos, olvidando que muchos ciudadanos les han retirado ya su confianza y que esta no se recupera con recetas pasadas de moda.

Quizás por eso, el mal llamado pacto de Estado no ha llegado ni a noticia destacada de la semana, eclipsada como ha estado por la encuesta del CIS y, sobre todo, por siete días muy marcados por el óbito del irrepetible José Manuel Lara, el más grande editor español del siglo XXI, merecedor de todos los elogios que ha acaparado tras su fallecimiento y de casi todos los calificativos que ha recibido. Personaje directo, claro y honesto, de una capacidad de trabajo desbordante, urdidor infatigable, pero siempre de cara. Se puede discrepar con algunos, incluso con muchos de sus planteamientos, pero no se le puede negar el convencimiento, la pasión, a veces tan apabullante como su presencia física, con que afrontaba los retos. Brillante, atrevido, incluso temerario. Y visionario. ¿Quién no tiene una anécdota de José Manuel? Lo más meritorio es la rapidez con que construyó su imperio a partir de los libros y coleccionables de Planeta, al frente de cuya editorial se situó tras la trágica muerte de su hermano Fernando y desde donde fraguó toda una historia de éxito.

El norteamericano Jeff Koons, que expone en el Pompidou hasta finales de abril, tiene entre sus logros que una obra suya sea por la que más se haya pagado hasta la fecha de un artista vivo en el mundo, por encima de los 43 millones de euros en la casa de subastas Sotheby’s. Koons, cuyas obras están presentes en museos de todo el mundo, trabaja en formatos de grandes dimensiones, como sus famosas esculturas de globos de animales. En España es también conocido por ser el autor de Puppi, el cachorro terrier de doce metros de altura que vigila el Museo Guggenheim de Bilbao, a cuya ciudad irá en junio la retrospectiva del Pompidou. Pues bien, Koons empezó su actividad profesional como corredor de bolsa en el competitivo Wall Street durante seis años, también muy alejado de la actividad que le proyectaría a la fama. Hasta que un día cogió el dinero que había ganado en transacciones financieras, creó su propia agencia como artista y se transformó en el polémico y exitoso artista que es hoy. ¿Azar?, ¿evolución?, ¿suerte? El arte ganó un controvertido artista; el turbio mundo de las finanzas bursátiles nunca sabrá qué hubiera sido de Jeff Koons.

José Antich

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