Ya no hay pacto posible

Aunque el movimiento del 15-M ha tenido la virtud de subrayar que hay otros debates posibles, aparte del territorial o identitario, es obligado hacer un breve análisis sobre el futuro del modelo autonómico al cumplirse un año de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Reflexión que se acompaña, a su vez, de otra sobre qué podemos hacer ahora los federalistas tras un proceso del que hemos salido anímicamente derrotados. Empecemos por reconocer que, lejos de solventar la sempiterna cuestión del encaje, el proceso sufrió tantos avatares que se ha agravado entre los catalanes la sensación de incomprensión. Digo sensación, porque me parece irrefutable que el avance del autogobierno no es menor, así como la mejora efectiva en la financiación, aunque el impacto de la crisis en los ingresos de la Generalitat no nos permita hoy darnos cuenta. En cualquier caso, habrá que esperar a finales de año para ver qué resultados ofrecen las balanzas fiscales y proceder a hacer una primera evaluación, sin la cual me parece un disparate lanzarse a nuevas reivindicaciones.

Dicho esto, nuestras frustradas expectativas no se han convertido en una victoria real de las tesis neocentralistas y soberanistas. Los primeros lograron una sentencia del Tribunal Constitucional agónica, desconfiada, y obtuvieron un triunfo simbólico en el título preliminar, imponiendo una lectura barroca sobre la unidad de España. No obstante, el recurso contra el Estatut en sus aspectos prácticos fue sustancialmente rechazado. Lo resumía muy bien un titular de EL PERIÓDICO, el pasado 28 de junio: La sentencia que no cambió nada. A ello hay que añadir que muchas otras autonomías han modificado en estos años sus estatutos y que, aunque se inspiraron en Catalunya, el mapa resultante es muy heterogéneo y se asemeja más a una tabla de quesos que a la tan denostada figura homogenizadora del café para todos.

En cuanto a los soberanistas, es cierto que han logrado que el independentismo haya alcanzado altas cotas de penetración social, pero la secesión sigue sin ser la opción preferida de los catalanes. Por delante está el Estado federal, seguida del modelo autonómico actual, según la última encuesta del CEO, que tan tendenciosamente ha introducido por primera vez una pregunta directa sobre la independencia. Dicha novedad forma parte de una estrategia para ir moldeando los imaginarios ciudadanos y, llegado el caso, indicar a Artur Mas cuál es el mejor momento para convocar un referendo, no fuera a ser que los catalanes digamos, ante el mundo, que queremos seguir siendo españoles.

En cualquier caso, los expertos coinciden en que, tras este proceso de reformas estatutarias, el modelo exige de una revisión constitucional que le otorgue un sustento jurídico federal. Pero, por desgracia, esto no va a producirse en los próximos años. Para empezar, porque la enorme gravedad de la crisis ha acabado por fulminar un debate que ya de por sí había dejado bastante carbonizados a todos los partidos. Del que todos salen perdedores: también CiU y PP. Visto lo cual, no creo que nada sustancial vaya a moverse en España, incluso aunque Mariano Rajoy ganase las próximas elecciones con mayoría absoluta. Solo que, en este caso, CiU lo tendría más complicado y entonces se vería obligada a equilibrar sus apoyos en el Parlament. Con todo, tampoco me parece descabellada una alianza de largo recorrido entre populares y convergentes, en la que la imposibilidad de extender el concierto insolidario de vascos y navarros se compensase mediante un proceso de recentralización limitado a las autonomías castellanas, que el PP controla. Ello daría satisfacción a los imaginarios de ambos nacionalismos. Al español, para el que siempre es bueno acotar «tanto gasto y disparate autonómico», y al catalán, que siempre ha considerado insufrible la homogeneización competencial.

La tarea que tenemos los federalistas por delante es enorme, pero el bloqueo actual, que se avecina de larga duración, nos da la ocasión de rehacernos. A menudo se afirma que en España no hay federalistas, lo que me parece inexacto y ligado sobre todo a un malentendido semántico. De entrada, habrá que deshacer el equívoco que para algunos convierte el término federal en un sinónimo de separatismo y, para otros, en una formula que permite estructuras confederadas. Solo si somos capaces de extender en España una auténtica cultura federal, política y socialmente transversal, podrá plantearse dentro de unos años una reforma constitucional en esta dirección. Entre tanto, ahora toca rearmarse, reflexionar sobre el pasado reciente, reconocer errores, extrayendo algunas lecciones, entre las cuales salta a la vista que el pacto entre federalistas y soberanistas ya no es posible en Catalunya. Porque federalizar España es, ante todo, como explica el letrado aragonés José Tudela Aranda, «ordenación del Estado y construcción de ciudadanía común en la aceptación natural de la diferencia». Y esto es imposible volver a intentarlo con aquellos que rechazan compartir el Estado.

Joaquim Coll, historiador.

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