Ya no raptamos a las sabinas

En 1975 no existía el «acoso sexual». Las mujeres, claro está, sufrían violaciones, tocamientos no deseados, proposiciones no solicitadas, comentarios vulgares, chantajes en el empleo y no sé cuántas cosas más, pero por lo general las víctimas guardaban silencio, mientras que los depredadores consideraban que esas prácticas eran un atributo de su poder, una prueba positiva de su machismo, es decir, una sana cultura del ligue. Hasta que en 1975 una periodista estadounidense, Lin Farley, militante feminista y profesora de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, reunió todas esas prácticas humillantes bajo la expresión genérica de sexual harassment.

La expresión se tradujo bien pronto a todos los idiomas y se encuentra en todas las legislaciones occidentales, equiparada a una falta o a un crimen, según la gravedad de los comportamientos. Recordarán también que Lin Farley concibió esta expresión en el marco de una investigación sobre las mujeres en el trabajo, lo que ponía de relieve que la mayor parte de las agresiones, desde la microagresión verbal hasta la violencia física, se producían en el trabajo, en situaciones de dependencia, situaciones que quitan el habla a las víctimas ante el riesgo de perder su empleo. Lin Farley confirmó la intuición acertada de las pioneras del feminismo, que habían sido las primeras en denunciar la alianza del dinero, el poder y el sexo, para relegar a las mujeres a una humanidad de segunda clase, el segundo sexo de Simone De Beauvoir, la profetisa. Lin Farley acaba de retomar la palabra, no para reivindicar sus derechos de autor, sino para señalar que, cuarenta años después, las leyes han cambiado, pero las costumbres, no.

La revelación del acoso sistemático perpetrado por el magnate de Hollywood Harvey Weinstein a actrices famosas y no tan famosas ha vuelto a abrir un debate que, por desgracia, está muy lejos de haberse agotado. Ha sido necesario que algunas de estas actrices llegaran a ser lo bastante independientes como para denunciar a Harvey Weinstein, porque de ahora en adelante podrán hacerlo. Weinstein ha caído, y terminará probablemente ante un tribunal, si no en prisión, condenado por violación. Todo Hollywood se estremece, y de rebote, el mundo del espectáculo en toda Europa occidental, un medio endogámico que compartía a veces las hazañas de Weinstein y –vayan a saber si es mejor o peor– guardaba un silencio cómplice.

El caso Weinstein ha devuelto el habla a miles de mujeres que comparten su desgraciada experiencia en las redes sociales, en concreto Twitter, reunidas bajo la bandera del Yo también. Las víctimas hablan poco, porque la mayoría permanece en silencio por las razones enunciadas por Lin Farley: sobre todo el miedo, pero también debido a la complicidad entre los depredadores sexuales; algunas mujeres hablan, los hombres callan. En el mejor de los casos, algunos lamentan públicamente haber sido cómplices por pasividad. Pero también los hay que hablan no para hacer penitencia, sino para apoyar a Harvey Weinstein, como Woody Allen, que conoce el tipo y teme que no se pueda ser concupiscente sin ser tachado de acosador. Existe un fondo de verdad en las palabras de Woody Allen y se da el caso de mujeres en busca de notoriedad que denuncian sin importar cómo a supuestos depredadores más famosos que ellas. Aunque Woody Allen tiene algo de razón, es muy poca. Sin embargo, no vamos a hacer que las víctimas se sientan culpables, esa vieja maniobra de los violadores. En lo esencial, las leyes contra el acoso sexual no se respetan y a las pocas víctimas que presentan una denuncia les cuesta mucho hacerse oír, «por falta de pruebas», evidentemente.

Pues bien, debemos lamentar profundamente que todavía haya depredadores sexuales merodeando por ahí que consideran que están en su derecho; no renuncian fácilmente al poder, al sexo o al dinero. También debemos felicitarnos de que la violación en todas sus formas, que en la civilización occidental fue legítima desde el rapto de las sabinas hasta la revolución francesa –fue en Francia, bajo la influencia del Romanticismo y de la Ilustración, donde la violación se castigó por primera vez–, se denuncie por fin como un crimen. Una auténtica revolución: las costumbres, antes o después, sobrevivirán, con variantes culturales. El mundo estadounidense, que es el fermento de la innovación en nuestros tiempos, avanza el primero. Le sigue el mundo latino, con reticencias. Se puede comparar la caída brutal de Weinstein con la suerte más benévola de Dominique Strauss-Kahn, que nunca ha sido condenado y prosigue su carrera mundana y mediática de economista internacional. En Francia pocos se ofenden; todavía se respeta a los ligones, los mujeriegos o los machistas. En París, incluso hay algunos «intelectuales» reaccionarios que critican las denuncias de las feministas en lugar de tomar partido por las que sufren; esos intelectuales que se alinean espontáneamente del lado del poder, cualquiera que sea su forma, rinden culto a la fuerza y no sienten piedad por los débiles. En mi opinión, esta batalla infructuosa durará poco: cuando los estadounidenses prohibieron fumar en público, si me permiten la comparación, los europeos se mostraron sarcásticos antes de unirse a ella, con diez años de diferencia.

La lección última del asunto Weinstein es que, salvo excepciones, rara vez se mira hacia el lugar adecuado: hechos menores, como la actualidad política, reclaman sin cesar nuestra atención, mientras que lo decisivo se desarrolla en otro lugar y, en este caso, además, afecta a la mitad de la humanidad. Riámonos un poco: la prensa oficial china asegura que el asunto Weinstein solo afecta al Occidente decadente. ¿Qué piensan los chinos al respecto?

Guy Sorman

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