“Yes, we can!”… ¿o quizás no?

Lo que se ve desde aquí, no se ve desde allí”. Una frase que hizo popular un primer ministro israelí necesitado de justificar el incumplimiento de sus promesas electorales desde la oposición. Es evidente que desde el despacho del jefe de Gobierno las cosas se ven muy diferentes de como se ven desde la bancada de la oposición.

Obama llegó a la primera magistratura de su país porque supo conferir a su pueblo lo que este necesitaba: ilusión. “Yes, we can!”. Fue galardonado con el premio Nobel de la Paz apenas nueve meses después de su acceso a la Casa Blanca, más que por sus logros por lo que el mundo espera de él. Un premio a la esperanza de paz y no un reconocimiento por haber hecho la paz. Desde este momento, Obama tiene una “deuda de honor”: justificar el galardón.

En Oriente Medio tiene las cosas muy difíciles. La concesión del premio ha tenido gran repercusión en los medios de comunicación, lo que le ha puesto bajo una lupa bastante incómoda: a esta parte del mundo ha dedicado desde el momento mismo en que asumió su cargo esfuerzos significativos, algunos audaces. Por el momento, sin resultados tangibles. Seguramente Obama ya estará aprendiendo que desde el despacho Oval las cosas se ven, efectivamente, diferentes. Ha heredado un legado casi imposible. Focos de violencia casi insuperables: Iraq, Irán, Israel, Líbano, Siria, Palestina. Con Afganistán, Pakistán y Sudán en la periferia, además del terrorismo de la escuela de Al Qaeda y la proliferación nuclear. Obama, implicándose directamente, lanzó una serie de iniciativas simultáneas para acometer los complejos problemas de la región. Pero parecería que la estabilidad de esta sufrida parte del globo se aleja con el horizonte.

Al cumplirse los primeros seis meses del mandato de Obama, quien escribe estas líneas concluía un artículo afirmando que aún no es momento para la decepción. La magnitud de los problemas que afronta en condiciones tan adversas es tal que su solución exige tiempo y paciencia. El cambio en la política exterior de Estados Unidos es dramático, pero no garantiza resultados inmediatos. ¿Ha llegado el momento para la decepción a los nueve meses de su mandato, aunque sus logros no justifiquen las expectativas? En lo que respecta al proceso de paz palestino-israelí, que ocupa la atención de Obama desde el momento mismo de su elección, la decepción parece prematura, pese a la inmovilidad. Pese a sus esfuerzos, poco o nada se ha avanzado y las sustanciales diferencias entre las partes han crecido, impidiendo la reconducción de las negociaciones.

El primer ministro Netanyahu y el presidente Abas no pueden – o no quieren-deshacerse de las presiones internas que inmovilizan a ambos. Los países árabes moderados, de quienes Obama exige pasos constructivos de apoyo a su iniciativa, no se apresuran a darlos. Las reiteradas llamadas del presidente Obama a “actos” para reactivar el proceso de paz han caído en oídos sordos. Cada parte impone condiciones a sabiendas de que no pueden ser aceptadas por la otra. Lo que no ha sido óbice para que, pacientemente, Obama insista. Merece el premio Nobel de la Paz, se podría acotar con una buena dosis de cinismo, aunque más no sea por su paciencia para lidiar con los reacios políticos locales.

Los palestinos no ocultan su decepción y acusan a la Administración Obama de “ceder a la presión del lobby proisraelí” en Washington al retroceder en sus exigencias al Gobierno israelí sobre el congelamiento de la construcción en los asentamientos en los territorios palestinos. Según un memorando interno de Al Fatah, el partido gobernante en la Autoridad Nacional Palestina, las esperanzas cifradas por los palestinos en la Administración Obama “se han evaporado”. La división interna es el mayor escollo al cumplimiento de las aspiraciones nacionales palestinas. En Israel, la decepción entre aquellos que (aún) esperan que encarrile nuevamente el proceso de paz es notoria. No así en la derecha ultranacionalista, donde no faltan los que se burlan de Hussein Obama, a quien “le han ganado” la batalla de los asentamientos, mientras que el Gobierno israelí, preocupado prioritariamente por su supervivencia, que depende de ese sector, no se da prisa en cumplir con su compromiso de desmantelar los enclaves ilegales.

Aunque tres de cada cuatro israelíes y palestinos quieren los dos estados, el campo de la paz calla. La desconfianza mutua es cada vez mayor. Los desaciertos de una y otra parte debilitan la capacidad de acción de Obama, necesitado urgentemente de ese “acto” que pide para reactivar el proceso de paz. La falta de progreso en la implementación de la visión de dos estados conducirá inexorablemente a israelíes y palestinos a otro periodo de violencia y eventualmente a un Estado en el que en pocos años habrá mayoría palestina y en el que Israel podrá mantener su carácter de Estado judío solamente si adopta las reglas del aborrecido apartheid, lo que por supuesto es algo impensable para la gran mayoría de los israelíes.

En este contexto visitó la región el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, en vísperas de la presidencia española de la Unión Europea, superada ya la crisis en las relaciones con Israel. De laUEse espera algo más que declaraciones de apoyo a la paz. Su contribución más importante será la de impulsar una convergencia de los socios transatlánticos que se impliquen con visión y voluntad política en la búsqueda de una solución al conflicto.

Samuel Hadas, analista político, ex embajador de Israel en España y en la Santa Sede.