Yo acuso

Sin pretender evocar al caso Dreyfus, y la carta publicada en 1898 en el diario parisino L’ Aurore, que Émile Zola tituló «J’accuse» –en aquel affaire que marcó un hito contra el antisemitismo en Francia–, hoy tengo que hacer público mi particular «yo acuso». En primer lugar a mí misma, como política, como ciudadana de Occidente y como mujer; y extenderlo después a aquellas otras personas e instituciones que se encuentran en una situación similar en relación con el rapto de las niñas nigerianas por parte del grupo islamista Boko Haram. Y me acuso porque, quizá, todos podríamos haber hecho más para evitar este secuestro que se ha puesto de manifiesto como punta de un problema vergonzoso, inadmisible punta del iceberg, que afecta a millones de mujeres en el mundo.

La sociedad occidental se ha sentido insultada por las despreciativas –palabras, tono y mirada– de Abubakar Shekau, cabecilla de esa organización islamo-terrorista, que como principal argumento para justificar el rapto de cientos de niñas esgrime como única razón su kalashnikov. Y, así, con ese fusil en la mano, comunica que la educación occidental está prohibida para las adolescentes nigerianas.

En Occidente lo debemos de haber hecho muy mal para que un terrorista, ejemplo de otros muchos criminales, se jacte de que su arma de fuego tiene más influencia que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Como se dice en ese texto, los derechos fundamentales del hombre se basan en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de hombres y mujeres; y que es mediante la enseñanza y la educación como se conseguirá el respeto a la libertad de pensamiento, conciencia y religión. La educación, por tanto, tiene por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos y a las libertades fundamentales de todos.

Dicho lo cual, y si uno de los mayores derechos del ser humano es el libre albedrío para tomar las propias decisiones, ¿cómo pueden hacer uso de ese derecho personas, mujeres en su mayoría, que no han tenido la oportunidad de educarse?

Para poder leer a pensadores como Erasmo, Tomás Moro, Aristóteles, Sócrates, Nietzsche, Platón, Marx, Descartes, Confucio, Kant, Rousseau, Voltaire, Schopenhauer, Sartre, Montesquieu, Tolstoi, Kafka, Dostoievski, Séneca, Foucault, Rusell, Camus, Bakunin, Tagore, Chesterton, Arendt, Trotsky, Cicerón, Maimónides, Averroes, Tomás de Aquino… lo primero que hace falta es saber leer, y luego tener la oportunidad de poder hacerlo, con fin de analizar lo leído y llegar a una conclusión, de forma libre, personal e intransferible. Y después, haciendo uso del libre albedrío, que cada cual opte por hacerse prosélito de esta o aquella religión; o de ninguna. Pero no hay ningún argumento para raptar a niñas, impedir su derecho a la educación y convertirlas de facto porque sí (fusil en mano) a una religión. Y menos aún para tener la osadía de venderlas como esclavas en el siglo XXI.

Parafraseando a Zola, impedir el derecho a la educación a millones de personas –mujeres en su mayoría– será una mancha, y la historia consignará que semejante crimen social se cometió al amparo de nuestra indiferencia. Por tanto, con esta denuncia cumplo con mi deber. No quiero ser cómplice de tales hechos. Las gentes honradas no pueden admitir lo que está ocurriendo ante millones de personas en el mundo –incluso en numerosos barrios de ciudades europeas– sin que sus almas se llenen de indignación y sin que se asome a sus labios un grito de rebeldía.

Cada cual es responsable de sus propias actuaciones, y en mi caso, si me callase, sería más culpable aún, porque conociendo la injusticia no levanté mi voz para impedirla. No conozco a las personas que acuso ni siento particularmente por ellas rencor u odio. Las considero como entidades, como espíritus de maleficencia social. Y el acto que realizo aquí no es más que un medio provocador para activar la explosión de la verdad y de la justicia. Todos estamos convocados a participar en aquellas actividades e iniciativas necesarias para que la libertad sea entendida en todo el mundo, tal y como lo entendemos en Occidente.

Como dijo Zola, solo un sentimiento me mueve: deseo que la luz se haga. Y lo imploro en nombre de las mujeres, que están sufriendo tanto y que tienen derecho a ser libres y felices. Mi ardiente protesta no es más que un grito del alma.

Así lo espero.

Carmen Quintanilla Barba, presidente de la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados.

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