Yo no soy Boris

Desde que Boris Johnson se mudó a 10 Downing Street, jurando renegociar el acuerdo de retirada del Reino Unido con la Unión Europea, muchos oponentes al Brexit han dicho que el nuevo primer ministro británico está “haciendo la de Varoufakis” y que del mismo modo terminará derrotado.

Katya Adler, de la BBC, informó desde Bruselas que los funcionarios de la UE hablan de “Varoufakis: la secuela”; en concreto, que prevén “‘montones de reuniones sin ningún sentido’ con el primer ministro Johnson, como creen que sucedió con el controvertido ministro de finanzas de Grecia en lo peor de la crisis de la deuda griega”. Andrew Adonis, ex secretario de transporte y ministro de educación laborista, añadió a la comparación su admiración por la canciller alemana: tuiteó que “[Angela] Merkel está tratando al RU como a Grecia, y a Johnson como a Varoufakis”.

Seguro que a Johnson todo esto le resultará muy gracioso. Sabe que en la etapa previa al referendo de junio de 2016 para el Brexit estuvimos en campos opuestos. Mientras él viajaba por el RU en su infame autobús liderando la campaña por la salida de la UE, yo me lo pasé yendo y viniendo por el país con políticos como John McDonnell (laborista) y Caroline Lucas (del Partido Verde), para pedir a los votantes que resistieran los cantos de sirena del Brexit.

Pero Johnson es demasiado inteligente para que le importe. Él, su mano derecha Dominic Cummings y Michael Gove (un veterano miembro del gabinete y partidario a ultranza del Brexit) saben cómo dividir y conquistar a sus oponentes, lo que confirma que los halcones del Brexit son mucho más duchos en estrategia que los partidarios de permanecer en la UE.

En un artículo para el Times publicado dos meses antes del referendo para el Brexit en 2016, Gove se deshizo en elogios hacia un libro de mi autoría en el que resumo la evolución de la UE, desde ser un mercado común hasta convertirse en una unión monetaria rígida y antidemocrática; pero omitió convenientemente mencionar el hecho de que me opuse al Brexit o a cualquier otro intento de romper la UE o el euro. Asimismo, hace un año, Johnson (en referencia a mi libro Adults in the Room) escribió en su columna en el Telegraph: “Como explicó (…) Varoufakis, la tragedia de los griegos fue que nunca tuvieron coraje para mandar al diablo a sus amos de la UE” (y también olvida mencionar que yo no buscaba un Grexit).

Más recientemente, el Telegraph (un diario pro‑Brexit) recordó a sus lectores: “Al principio del proceso del Brexit (…) Varoufakis predijo que si el RU entraba en negociaciones, Bruselas intentaría intimidarnos igual que a los griegos, y que lo mejor que podíamos hacer era levantarnos de la mesa (…)”. Luego añadió: “Boris Johnson (…) entendió el mensaje”.

La única enseñanza que al parecer Johnson aprendió de mí es que nunca hay que entrar en una negociación si no se está dispuesto a abandonarla sin un acuerdo. Pero es algo que sabe cualquier persona sensata, con la triste excepción (evidentemente) de la predecesora de Johnson, Theresa May, y del ex primer ministro griego Alexis Tsipras. Ahora, la mayor enseñanza que hay que aprender es que el enfrentamiento entre un Johnson resuelto y una UE constitucionalmente inflexible va a provocarle enorme daño a Europa.

A comentaristas y políticos les encanta explotar al máximo el paralelismo Brexit‑Grexit (un paralelismo cuya promoción se facilita por el hecho de que ambos países celebraron referendos contrarios a los deseos de la dirigencia europea). Pero es una comparación ociosa que dificulta comprender las cuestiones cruciales que enfrentan nuestros países, y peor aún, puede acercar un Brexit sin acuerdo en el que ambas partes saldrán perjudicadas.

Seré claro: jamás defendí un Grexit (y eso me ocasionó la pérdida de incontables amigos de izquierda). Los votantes griegos nos eligieron en enero de 2015 para poner fin al sufrimiento innecesario que les habían impuesto unas políticas ridículas que convirtieron una recesión económica en una crisis humanitaria. Ni ellos ni yo, como negociador oficial con la UE, queríamos un conflicto con el bloque. Lo único que demandábamos era políticas razonables que nos permitieran permanecer en la unión monetaria en forma viable y con un mínimo de dignidad.

Tres días después de mi asunción al cargo, el presidente del Eurogrupo de ministros de finanzas de la eurozona, Jeroen Dijsselbloem, me amenazó con un Grexit si insistía en renegociar nuestra insostenible deuda pública y la contraproducente austeridad que la acompañaba. Mi respuesta fue: ¡Hagan lo que quieran! Y no estaba echándome un farol. Yo no quería un Grexit, pero una mayoría de los griegos creían (y yo sigo creyendo) que la esclavitud de la deuda dentro del euro era peor.

El Grexit, en síntesis, fue un arma que la UE creó y usó para obligar a sucesivos gobiernos griegos a aceptar el encarcelamiento de su país en el equivalente neoliberal de una workhouse de la era victoriana. El Brexit, en cambio, fue una aspiración nacida dentro del RU, enraizada en la incompatibilidad estructural entre el capitalismo anglosajón del laissez-faire y el corporativismo continental, e invocada por una coalición formada por sectores de la aristocracia británica, que consiguieron cooptar a las comunidades de clase obrera arruinadas por los estragos industriales de Margaret Thatcher. Esos votantes estaban ansiosos de castigar a las élites cosmopolitas londinenses por tratarlos como a ganado sin ningún valor.

Irónicamente, el trato que dio el establishment de la UE a Grecia contribuyó en gran medida a la exigua mayoría por la que ganó el Brexit. En mis mitines anti‑Brexit, especialmente en el norte de Inglaterra, me encontré con muchas personas que aunque simpatizaban con mis argumentos, iban a votar por abandonar la UE. Muchos me decían: “Después de ver el trato que le dio la UE al pueblo griego, no podemos votar por quedarnos”.

De modo que poner en una misma bolsa los dos actos de oposición al establishment europeo es una total tontería. Cuando los partidarios de la permanencia en la UE (como Andrew Adonis o una corresponsal de la BBC en Bruselas) describen a Johnson como el nuevo Varoufakis, no le hacen a su causa ningún favor. Theodore Roosevelt dijo con razón que si un presidente estadounidense le fallaba a su país, no oponérsele era antipatriótico. Del mismo modo, ceder ante la amenaza de Grexit que nos lanzó el Eurogrupo hubiera sido lo más antieuropeo que yo podía hacer. Mi objetivo era fortalecer a Europa convirtiéndola de unión de austeridad en ámbito de prosperidad compartida. A diferencia del gobierno de Johnson, teníamos un nuevo mandato democrático y una gran mayoría, como quedó demostrado por el referendo del 5 de julio de 2015 a favor de una estrategia europeísta progresista, que dijera a Europa: no queremos el Grexit, pero estamos dispuestos a aceptarlo si fuera necesario.

Si yo hubiera tenido éxito, hoy Europa estaría más fuerte, más unida y más capaz de oponerse al aliado natural de Johnson en la Casa Blanca. Pero por supuesto, a diferencia de Johnson, yo era un mero ministro de finanzas. Tsipras cedió, y el resultado fueron otros cuatro años de crisis, más bríos para el Brexit y una UE más débil, mientras la austeridad generalizada contribuía al mal desempeño económico de la eurozona.

Los que creen que oponerse a la élite de la UE es axiomáticamente antieuropeo no comprenden que la condescendencia ociosa hacia esa élite es el mejor aliado de los halcones del Brexit. Están ayudando a Johnson a hacer la de Dijsselbloem, no la de Varoufakis.

Yanis Varoufakis, a former finance minister of Greece, is leader of the MeRA25 party and Professor of Economics at the University of Athens. Traducción: Esteban Flamini.

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