Yo soy nacionalista

Yo soy un acérrimo nacionalista de mi pueblo, Gondomar, cuyo aguerrido escudo llevo orgullosamente en una pegatina en mi coche. Gondomar es mucho mejor que la vecina Bayona. Ellos presumen mucho de su bahía, sus playas y su precioso castillo (tan ligado a mi familia), pero nosotros tenemos un pazo, también precioso, y nuestro clima es mucho más sano con tanto bosque. Así es que: ¡VIVA GONDOMAR! Sin embargo, ambos pueblos están hermanados en el valle Miñor. Es a los de Vigo a los que no hay quien aguante, engreídos con su puerto, su industria y sus miles de habitantes, que dicen que los del valle somos «de aldea» y que hacen chistes a nuestra costa. Bastante penitencia tienen con su tráfico endemoniado, y el ruido y el aire irrespirable. Así es que: ¡VIVA EL VALLE MIÑOR! Claro que Vigo está también en la provincia de Pontevedra, la mejor de Galicia, que es, a su vez, la mejor tierra de España, con nuestra gastronomía incomparable: el marisco, la empanada, los viniños blancos… Así es que: ¡VIVA GALICIA! Por algo se jactan los vecinos del otro lado del río Eo de que «gallegos y asturianos primos hermanos», y la verdad es que ellos también tocan la gaita (peor que los gallegos), y compartimos unos campos verdes y feraces, un clima húmedo y templado y unas preciosas costas marítimas, en contraste con otras regiones españolas.

Naturalmente, entre todas esas regiones formamos España, tan estupenda en su diversidad cultural, paisajística, folclórica y gastronómica.

Cuando uno está en el extranjero, vibra por igual al oír una muñeira, una jota, unas sevillanas, etcétera.

Y para comer, es dificilísimo elegir entre unos mariscos gallegos, un asado castellano, una paella, un bacalao al pil-pil, una fabada o un gazpacho andaluz seguido por una fritura malagueña.

España fue la primera nación europea y nuestra idiosincrasia es una rica mezcla de aborígenes celtíberos cultivados por la Roma eterna, con la aportación práctica y guerrera de los godos del Norte europeo y el refinamiento y el sensualismo árabes.

España salvó a Europa de la invasión árabe y luego de los turcos, en Lepanto y, más tarde, de tener una república soviética lindando al sur. Completó el mundo conocido descubriendo América, creó allí veinte naciones de cultura occidental y gobernó uno de los imperios de mayor trascendencia de la historia.

¡Hasta dónde llegaría el famoso chovinismo francés si pudiera alardear de algo parecido! Esos franceses que no piensan más que en el sexo («¡Cherchez la femme!»), que guisan con la empalagosa mantequilla, que presumen tanto de vinos (como si los nuestros no fueran mejores) y con los que hemos andado a trastazos a lo largo de los siglos.

Peores son los ingleses, raza de corsarios en el pasado, flemáticos y aburridos hoy, todo el día tomando te.

¿Y los alemanes «cabezas-cuadradas», rellenos de salchichas y cerveza?, ¿Y los nórdicos descocados?, ¿Y los italianos gesticulantes atiborrados de espaguetis?

Claro que, a la recíproca, todos ellos dicen que en España, cuando no estamos durmiendo la siesta, no hacemos más que bailar flamenco o ir a los toros. ¡Pura envidia! Así es que: ¡VIVA ESPAÑA! Pero con todas esas importantes naciones amigas constituimos Europa, basada en las culturas griega y romana, conjuntadas por el cristianismo, foco de una forma de ser y de encauzar la vida y la sociedad que ha irradiado su esencia a casi todo el mundo.

Ahora veintiocho naciones pertenecemos a la Unión Europea, uno de los pilares básicos socioeconómicos de la humanidad, y tenemos comunes los carnés de conducir, los pasaportes (innecesarios ya para viajar dentro de nuestras fronteras comunes), la moneda, el flamante euro, y hasta existen fuerzas militares conjuntas.

Los Estados Unidos de América tienen la hegemonía mundial de los dólares y las armas, pero su historia y su cultura no pueden compararse con las de la vieja Europa que los creó. Así es que: ¡VIVA EUROPA! Sin embargo, Estados Unidos e Iberoamérica, con Canadá, Australia y Nueva Zelanda, conforman, con nosotros los europeos, la cultura occidental, y uno se encuentra «en su mundo» en Chicago y en París, en Sydney y en Madrid en Montreal y en Buenos Aires.

No ocurre lo mismo en los exóticos países árabes, en la pobre y sangrienta África y en el misterioso Oriente. Así es que: ¡VIVA OCCIDENTE! El día menos pensado aparecerán los marcianos dispuestos a invadirnos, y será el momento del nacionalismo global y de gritar: ¡VIVA LA TIERRA! Es decir, ¿nacionalismo? Sí, a tope, pero de diverso grado, según de lo que se trate y de con quién se hable. Nacionalismo a nivel del interlocutor y del tema, «nacionalismo relativo», nunca excluyente y compatible con sus diversos niveles.

Yo me siento profundamente gondomareño, gallego, español, europeo, occidental y terráqueo, y una cosa no quita la otra.

Enrique Fernández de Córdoba y Calleja, doctor inginiero y escritor.

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