Yo soy yo y mis bacterias

Cuando hablamos de bacterias, lo primero que nos viene a la mente es la palabra ‘enfermedad’. La gonorrea, la sífilis, el tétanos, la tuberculosis, el tifus, el cólera, la difteria, algunas neumonías y meningitis, la salmonelosis, la legionelosis y muchas otras infecciones terribles y conocidas por todos están causadas por estos microbios. Pero el impacto que tienen en el ser humano va mucho más allá de brotes y epidemias mortales: un buen número de bacterias son, en realidad, grandes aliados nuestros, unos compañeros de viaje tan bien compenetrados con sus huéspedes que, como confirman una serie de descubrimientos recientes, se han acabado convirtiendo en una parte esencial de nosotros.

Hace tiempo que sabemos que las bacterias son los reyes de este planeta. Fueron los primeros pobladores, hace unos 4.000 millones de años, y aquellos microorganismos primitivos acabaron convirtiéndose en los ancestros de todas las formas de vida que conocemos. Son capaces de adaptarse a cualquier condición, por adversa que sea, hasta el punto de que, si algún día los humanos nos cargamos la Tierra, es muy probable que las bacterias sobrevivan a la catástrofe. Del más de un millón de tipos diferentes que se conocen, solo un millar y medio causan enfermedades. El resto coexiste pacíficamente con nosotros. Es más: varios centenares de estas especies benévolas viven dentro y encima nuestro y colaboran estrechamente en muchas de las funciones diarias del cuerpo.

Esta simbiosis quedó cuantificada cuando, en 1972, se calculó que un humano adulto tendría diez veces más bacterias que células propias. Un artículo publicado en enero en la revista ‘Cell’ presenta un análisis más riguroso que lo deja en una sola bacteria por cada célula humana. Sea como sea, es un número fenomenalmente grande (un número uno seguido de 13 o 14 ceros). Es lógico deducir que este ejército de microbios que acarreamos por todas partes debe tener algún tipo de efecto en nuestra fisiología. Y así es: en los últimos años hemos descubierto que el ‘microbioma humano’ (el conjunto de de microbios que habitan un cuerpo) juega un papel clave en procesos digestivos, en protegernos de sus congéneres ‘malo’s e incluso en determinar la tendencia que tenemos a engordar.

La importancia de tener un microbioma sano y equilibrado incluso ha hecho que algunos expertos propongan que a los niños nacidos por cesárea se les debería exponer artificialmente a las bacterias vaginales de sus madres para que la flora que los empiece a colonizar sea ​​lo más parecida posible a la que se consigue en un parto natural. En un artículo publicado en ‘Nature medicine’ el mes pasado se confirma que este procedimiento restablece las bacterias que no se adquieren con la cesárea. Todavía no se sabe si tendrá consecuencias positivas en la salud, pero se cree que podría reducir los casos de obesidad y asma, que son más frecuentes en estos niños.

Relacionado con esto, también se está tratando de definir una ‘terapia bacteriana’ que se pueda aplicar a los cerca de 180 millones de niños que sufren desnutrición. Tres estudios publicados en ‘Science’ y ‘Cell’ este febrero demuestran que tener el microbioma adecuado puede ayudar al desarrollo, incluso cuando la alimentación es escasa, gracias a cómo las bacterias modulan los niveles de varias hormonas. La flora de los intestinos de los niños malnutridos es más inmadura que la que les tocaría por su edad y, al menos en ratones, cuando se les ‘trasplantan’ las bacterias adecuadas recuperan la masa muscular y ósea.

La policía científica también se beneficiará de los nuevos conocimientos sobre las bacterias. Por ejemplo, algunos estudios han revelado que el microbioma de cada uno es lo suficientemente diferente como para constituir una especie de huella única e intransferible. Con las herramientas adecuadas podríamos averiguar quién ha estado en la escena de un crimen solo determinando qué bacterias ha dejado allí.

Son técnicas basadas en leer el ADN de los microbios y todavía están en fase experimental, pero no sería de extrañar que, en un futuro más o menos próximo, existiera una base de datos con el microbioma de los criminales, como tenemos una con las huellas dactilares o, en algunos lugares, con el ADN. Además, el estudio de los microbios presentes en un cadáver nos podrá decir con mucha exactitud cuándo murió esa persona.

Cada vez es más obvio que, parafraseando la máxima de Ortega y Gasset, yo soy yo y mis bacterias. La relevancia que tienen en nuestra vida es sorprendente, hasta el punto de influir decisivamente en la salud y formar parte de nuestro carnet de identidad. La próxima vez que alguien les hable de bacterias, no piensen solo en enfermedades: recuerden también todo lo bueno que hacen por nosotros y hasta qué punto somos inseparables.

Salvador Macip, médico e investigador de la Universidad de Leicester.

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