Yo también pido un referéndum

Nunca fue tan cierto aquello de que el tiempo es oro. Me refiero al hecho de que todavía el Gobierno de la Nación dispone de una muy clara mayoría que le puede permitir actuar con toda la firmeza y determinación que la situación planteada por el nacionalismo catalán requiere.

Llevamos ya demasiado tiempo contemplando cómo los nacionalistas catalanes, con su ambigüedad calculada, prueban una y otra vez el grado de resistencia y resolución del Gobierno en la lucha que han emprendido para alcanzar la independencia. No olvidamos que la batalla táctica y posicional arrancó al poco tiempo de aprobarse el Estatuto de Autonomía, situándose el asalto final en el período correspondiente al mandato del presidente Rodríguez Zapatero. Antes ya, tanto Felipe González como José María Aznar debieron otorgar pingües beneficios al taimado dirigente Jordi Pujol, quien, a cambio de lo que iba consiguiendo, dispensaba a uno y a otro los votos necesarios para mantenerse en el poder. La lesiva y disparatada declaración del presidente Zapatero al afirmar que apoyaría sin reservas el nuevo Estatuto de Autonomía que aprobara, en su momento, el Parlamento catalán supuso el comienzo de la recta final en la que ahora nos encontramos. El país, sin embargo, en las siguientes elecciones reaccionó congruentemente otorgando una holgada mayoría en el Congreso y en el Senado al Partido Popular que difícilmente se repetirá en el futuro.

El presidente Rajoy creyó en un principio que debería dedicar el mayor de sus esfuerzos a la resolución de la grave crisis económica que heredaba, no tomando debidamente en consideración la amenaza que estaba urdiendo el nacionalismo separatista en Cataluña. Con el paso del tiempo se le han ido agolpando numerosos casos de corrupción en su propio partido que están horadando el prestigio y la autoridad de un Gobierno que da síntomas de desorientación y agotamiento y muestras de manifiesto temor ante cualquier iniciativa que suponga riesgo o confrontación. La continua apelación que suele hacer el Gobierno, a pesar de la mayoría que disfruta, a la necesidad de encontrar el consenso no deja de poner de manifiesto su incapacidad para asumir la responsabilidad que la actual coyuntura exige. Los tan cacareados «tiempos de Rajoy» que propalan habitualmente sus aduladores de cámara han resultado, en realidad, un camelo. Sus habituales silencios y sus frecuentes puestas de perfil han venido a suponer una demostración de sus miedos y su falta de arrojo y, como es lógico, de todo ello sacan partido, demasiadas veces, sus adversarios políticos.

Distintos historiadores y ensayistas coinciden en señalar que nuestro cuerpo nacional –España– posee un virus crónico representado por el nacionalismo separatista que se manifiesta habitualmente con mayor virulencia cuando bajan las defensas del país, mientras que permanece controlado cuando su estado de salud es fuerte y vigoroso.

La confluencia de la crisis económica con la corrupción y el desprestigio que alcanza a los dos partidos nacionales están siendo aprovechados de manera descarada por los separatistas que intentan dar, en momentos de debilidad, el golpe definitivo a la unidad nacional.

Recojo, en este sentido, con la atención que merecen, las manifestaciones efectuadas por Jordi Turull, portavoz de CIU, a distintos medios de comunicación, cuando dice: «El domingo pasado ganamos la semifinal por goleada. Ya jugaremos la final cuando sea el mejor momento para ganarla».

Queda todo, pues, muy claro. El mejor momento al que se refiere el representante catalán será probablemente el que ha de venir después de las próximas elecciones generales, cuando el PP pierda –como acreditan todas las encuestas– la espléndida mayoría que ahora ostenta.

Señor Rajoy: no se debe esperar más. Después de las elecciones municipales y autonómicas de la primavera próxima me temo que se encontrará usted, a pesar de su todavía mayoría parlamentaria, en peores condiciones para abordar tan espinosa situación. Ya en otras desgraciadas épocas de nuestra historia las elecciones municipales supusieron el principio del final. Dado que el nacionalismo catalán se permitió el pasado domingo darle una bofetada en público al sacar las urnas a la calle –cuando usted siempre mantuvo que nunca habría votación–, le ruego encarecidamente, con el mayor respeto y consideración, que someta a referéndum de todo el país la cuestión que nos ocupa. Es el pueblo español, en su conjunto, el que debe pronunciarse sobre si acepta que cualquier comunidad autónoma tenga el derecho a la independencia. Convoque usted, señor Rajoy, un referéndum con todas las de la ley para que el pueblo español, único titular de la soberanía nacional, se exprese en libertad con todas las garantías necesarias. El nacionalismo catalán, entonces, y cualquier otro nacionalismo en la gatera podrán defender abiertamente las razones y argumentos que fundamentan su actual postura. Pero debe usted dar la oportunidad al conjunto de los españoles para que se pronuncien sobre si una comunidad autónoma puede tener el derecho de romper la unidad nacional y declarar su independencia.

Después del referéndum consultivo que propugno, señor presidente del Gobierno, habremos doblado con toda seguridad el cabo de las tormentas y usted y España entera sabremos, en adelante, a qué atenernos.

Ignacio Camuñas Solís, exministro de Relaciones con las Cortes.

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