Yugoslavia o el error especular

Por Miguel Herrero de Miñón, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (EL PAÍS, 31/01/07):

Yugoslavia, tras de su desaparición, continúa siendo un paradigma. El paradigma de los errores especulares, cada uno de los cuales reproduce, deformado, el anterior y es deformado y reproducido por el siguiente. Como en un local de feria, pero jugando no con imágenes, sino con pueblos, vidas y haciendas y teniendo como espectador a la historia universal. Frontera de tres mundos -romano, bizantino e islámico-, mosaico de lenguas, semillero de identidades nacionales, las grandes potencias y quienes aspiraban a serlo han utilizado tan explosivos materiales para proyectar su poder cuando no -lo que por menos racional es aún más peligroso- para satisfacer sus pasiones.

La historia de Yugoslavia es sobradamente conocida, desde su creación en 1919 hasta su última disolución, con la independencia de Montenegro, el pasado año. Pero lo que caracteriza tan atormentada peripecia es el encadenamiento por acción y reacción de graves errores políticos. Así, el sueño sudeslavo, cuya matriz ilírica parece fue acuñada en la bella Ragusa, tuvo en los Habsburgo sus primeros mentores. Y ello por dos razones: como monarcas de Croacia, la parte más próspera y culta del área por ser la primera liberada del dominio turco y porque el eslavismo del Reino unitrino de Croacia-Dalmacia-Eslavonia (a no confundir con Eslovenia) permitía contrapesar, desde el sur, al siempre indómito Reino de Hungría. Pero cuando se vieron claras las reticencias austriacas a la gran Croacia, la llama del sudeslavismo pasó a un pueblo vigoroso, recientemente independizado del Imperio Otomano, aunque de vieja estirpe y con profundos lazos afectivos con Rusia: Serbia. Este primer error austriaco, iniciado en la época de Metternich, consistente en mirar a los Balcanes, enfrentarse por ello con Turquía y Rusia, y, a la vez, no ser capaz de capitalizar las reivindicaciones de sus pueblos, culminó con la anexión de Bosnia en 1908 y, más todavía, en 1911. En esas fechas -¡tres años antes de que el enfrentamiento austro-serbio produjera la I Guerra Mundial!- Serbia propuso su ingreso en el Imperio Austro-Húngaro y la propuesta fue rechazada porque hubiera aumentado el peso eslavo, frente a alemanes y magiares, transformando la Monarquía de doble en cuádruple y, probablemente, salvándola.

El error costó caro. En vez de integrar al adversario se optó por radicalizar el enfrentamiento que provocó el conflicto con Rusia primero, con el mundo después y se saldó con la derrota y desmembramiento de Austria-Hungría. Llegó entonces el turno de los errores serbios con la creación de un gran Estado de los eslavos del Sur o Yugoslavia, progresivamente centralizado y concebido como la gran Serbia. No faltaron voces sensatas, precisamente las de los jefes militares que habían operado en el norte contra las tropas austriacas y conocían la irreductibilidad de la nación croata a la pauta de Belgrado, que recomendaran prudencia y una moderada extensión por el sur de la costa croata y las zonas serbias de Bosnia-Herzegovina. Pero la Corte quiso emular la misión unificadora de los Saboyas en Italia y absorbió en el nuevo Estado a croatas y eslovenos. Una Serbia, tan heroica como imprudente, pagó con creces en la II Guerra Mundial el enfrentamiento con los germanos y el sometimiento de los croatas. La restauración de Yugoslavia tras la paz tampoco atenuó los conflictos nacionales, Serbia vio progresivamente erosionada su hegemonía en la Federación y cuando Milosevic pretendió restablecerla brutalmente, Yugoslavia estalló. Pero el precio de la insensata hiperextensión de 1919 iba todavía a ser más alto por la torpeza de las terceras potencias.

Primero, desde Europa Occidental y los Estados Unidos, se intentó apoyar la unidad de la inviable Yugoslavia. La tradicional amistad franco-serbia, los prejuicios heredados de Seton Watson y de alguien más, entre los anglosajones, y el eco de la colaboración con la heroica resistencia serbia frente a los nazis influyeron, sin duda, en la inicial miopía de Londres, Washington y París, como los recuerdos de dos guerras mundiales -y, su consecuencia, la gran emigración croata en Alemania-, pesaron en su unilateral apoyo a Croacia. Y todo ello encrespó las tensiones y prolongó el primer conflicto armado entre Belgrado y Zagreb, hasta llegar a la inevitable y deseable independencia de naciones que nunca debieron ser confundidas.

Segundo, lo que en medios ycírculos influyentes y políticamente correctos había sido fobia anticroata y fervor yugoslavo se transformó, como por arte de magia, en fobia antiserbia. Quienes habían denostado la independencia de un país milenario como Croacia tachándolo de cantonalismo, se empecinaron en la independencia de Bosnia, primero, luego de Macedonia y de Montenegro. Los anti-identitarios, en lo que a las naciones históricas se refiere, se hicieron sus apasionados defensores en Bosnia y, en un alarde de sensatez, propugnaron para dicho territorio, dos tercios de cuyos habitantes prefieren ser croatas y serbios, una Constitución morehelvético (sic) según Cyrus Vance. En las conexiones de la nueva república con sectores fundamentalistas del Islam, desde Turquía a Pakistán, no se reparó demasiado. ¡Para escandalizarse primero y bombardear después siempre habrá tiempo! Los errores intelectuales generan errores morales y, por ello, la necedad se transformó en sangre y fuego. Las guerras de Occidente contra Serbia, por Bosnia primero, por Kosovo después, contrarias a todo derecho nacional e internacional, que a punto estuvieron de provocar un conflicto con Rusia y que preludiaron el ataque a Irak, de tan brillantes consecuencias para todos. El entonces llamado Nuevo Concepto Estratégico, publicado a la luz de los bombardeos sobre Belgrado, anticipaba lo que después se ha hecho en Bagdad. Quienes hoy se escandalizan de ello debieran recordar su entusiasmo a la hora de agredir a Serbia violando la Carta de las Naciones Unidas y las normas vigentes del derecho de guerra, so capa de defender los derechos de las minorías. Si el coste económico de aquel esfuerzo militar y de las destrucciones causadas se hubiera empleado en una reagrupación étnica, pacífica y financiada, los bosnios nadarían hoy en la opulencia.

Tercero. ¿Y todo para qué? Kosovo es el corazón histórico de Serbia -algo así como Asturias y Ripoll juntos en España- en donde la inmigración de las últimas décadas, provocada por la mejor situación del país en comparación con Albania, ha dado lugar a una mayoría demográfica albanesa cuya convivencia con los serbios autóctonos resultaba, sin duda, conflictiva. La intervención euro-americana segregó de facto Kosovo de Serbia, aunque con el compromiso de respetar la soberanía de ésta, dio el poder a los albaneses y toleró una persecución de estos contra la minoría serbia, que es pura limpieza étnica con persecución de personas y destrucción de sus bienes económicos y culturales. ¡Una nueva versión de la defensa de los derechos humanos que motivó la intervención armada!

Ahora se está en trance de cometer un error más. Al margen de todo derecho, con violación de los compromisos adquiridos, independizar un Kosovo, financiado por la Unión Europea, que recogerá y agravará las conocidas virtudes del Estado y la sociedad albanesa, eso sí, bajo el amparo de una poderosa base militar. El primer resultado ha sido provocar la reacción ultranacionalista del electorado serbio. Europa pagará, a más de los costes financieros de la operación, las consecuencias de tales focos de desequilibrio, y el juego de los espejos, que reproducen los mismos errores, cada vez más distorsionados, continuará para convertirlos en horrores.