Zafoniana

«La vida te da unas cartas que no escoges y las juegas como mejor sabes y puedes». La frase predilecta de Carlos Ruiz Zafón. En su posteridad, todo son efemérides enredadas con los recuerdos. Otro noviembre, de 2016: el escritor culminaba su tetralogía del Cementerio de los Libros Olvidados con «El laberinto de los espíritus».

Hace casi veinte años, junio de 2001, entrevisté en el hotel Condes de Barcelona al todavía desconocido autor de «La sombra del viento». Lo describí con camisa hawaiana. No me pareció un escritor al uso, más bien un dibujante de cómics o un productor de cine. La camisa no era hawaiana, sino con dragones estampados, me aclaró, sonriente, años después.

Ruiz Zafón fue un niño prodigio. Apuntaba maneras en el teclado del piano, pero se le daba mejor el lápiz y papel. «Fui precoz en grado de gravedad máxima y de muy pequeño empecé a contar historias, a imaginar personajes. Salí así de fábrica», bromeaba.

ZafonianaA los 24 años era el creativo bien pagado de una agencia de publicidad: se aburrió y se pasó a la novela juvenil. Vendió trescientos mil ejemplares. Con el dinero ganado se fue a Los Ángeles, dispuesto a triunfar como guionista. Que alguna productora descuartizara sus stories puede explicar su aversión a las adaptaciones cinematográficas de sus novelas. «La mejor película es la que el lector ve en el teatro de su mente, así que lo correcto con estos libros es dejarlos como están», reiteraba.

Hasta que un día, en un hangar de libros de lance al que se accedía con linterna, imaginó el Cementerio de los Libros Olvidados. Desde la luminosidad californiana Ruiz Zafón columbró un lóbrego almacén del barrio chino barcelonés. Daniel Sempere se adentra con su padre en la calle Arco del Teatro una madrugada de 1945: «Rodeado de millones de páginas abandonadas, de universos y almas sin sueño, que se hundían en un océano de oscuridad, mientras el mundo que palpitaba fuera de aquellos muros perdía la memoria sin darse cuenta, día tras día, sintiéndose más sabio cuanto más olvidaba».

Siguió «El juego del ángel», «El prisionero del cielo» y «El laberinto de los espíritus». Había jugado muy bien sus cartas: 30 millones de ejemplares en todo el mundo, siete en lengua española.

En Los Ángeles gustaba del anonimato. Sus visitas a Barcelona eran cada vez más espaciadas. Cuando nos veíamos retornábamos al casco antiguo: si no había turistas, cosa difícil, mejor. Si los había, Ruiz Zafón se mimetizaba con la indumentaria y el aire despistado del visitante.

Así fue en abril de 2014 cuando retornó a su ciudad para interpretar en el Palau de la Música una decena de piezas inspiradas en el Cementerio de los Libros Olvidados. La nostalgia, decía, es una ciencia peligrosa e inexacta.

Abominaba de la vida literaria; no quería quedar atrapado en las redes del éxito: los festivales y plúmbeos simposios con escritores que no escriben le provocaban migraña. «No tiene mucho de vida, y mucho menos de literaria». Si no tenía más remedio que volar de aquí para allá se llevaba su dragón favorito: uno francés de madera fragmentado en un puzle.

Populismos y nacionalismos le sacaban de quicio. Eran, a su juicio, la derrota de la racionalidad y el triunfo del resentimiento. Mientras Ruiz Zafón, escritor catalán en castellano, triunfaba en el mundo, en Cataluña, la gran plaza del libro hispanoamericano, el nacionalismo solo entendía la cultura catalana en catalán.

En 2005, cuando la Feria del Libro de Fráncfort comunicó que Cataluña sería la cultura invitada a la edición de 2007, el Tripartito (PSC, Esquerra e Iniciativa) priorizó «la presencia del libro y el multimedia catalán como identificador único de la literatura catalana». En los escaños de Esquerra, una escribidora de culebrones de TV3, blasonó de aquel apartheid: «En Fráncfort sólo habrá escritores que escriben en catalán, con independencia de que las editoriales lleven otros productos de o sobre Cataluña en alemán, árabe o castellano».

Se enviaba extramuros a los catalanes que cultivan la lengua de Cervantes: Juan Marsé, Ana María Matute, Juan y Luis Goytisolo, Javier Cercas, Ana Maria Moix, Félix de Azúa, Eduardo Mendoza... No es extraño que Ruiz Zafón huyera de la cultura de invernadero nacionalista: «Cuando te vas nunca vuelves del todo. Perteneces a una nación flotante». Invitado por sus editores (Fischer y Planeta), el autor español más reconocido en Alemania vio en la selección monolingüe oficial «un comisariado político, más que de literatura o de cultura».

Huía también del elitismo literario que masca con desprecio la palabra best seller. Lo que, tal vez, reconcomía a los voceros del monoteísmo lingüístico y a los «autores de culto» era la envidia hacia el escritor universal que elogió Stephen King. La sociedad literaria norteamericana, decía, «no está tan politizada y condicionada por intereses sectarios como la española».

Ruiz Zafón murió el 19 de junio de este año maldito en Los Ángeles. Se cumplen cinco meses. Al acabar su tetralogía novelesca quiso agavillar en «La ciudad de vapor» once relatos que franquean pasadizos entre «La sombra del viento», «El juego del ángel», «El prisionero del cielo» y «El laberinto de los espíritus». El último paseo por «su» Barcelona, rumbo al Cementerio de los Libros Olvidados.

Allí está David Martín, el periodista y autor de folletines en los años del pistolerismo de «El juego del ángel» y su triste infancia del barrio de la Ribera. La atmósfera mórbida de «una señorita de Barcelona». El castillo de Montjuic donde David estuvo preso en 1939, contando a sus compañeros de cautividad «una historia de sombras y ceniza, como mandan los tiempos».

En «El príncipe del Parnaso», Cervantes revive los días barceloneses de 1610 que inspiraron la segunda parte del Quijote. Gaudí viaja a Manhattan con un proyecto de rascacielos que deviene encargo siniestro. El arquitecto aparece como «un hombrecillo de cabello cano con los ojos más azules que he visto en mi vida y la mirada de quien ve lo que los demás sólo pueden soñar…». La reencarnación barcelonesa del mezquino Scrooge del «Cuento de Navidad» de Dickens y los días malditos de 1938 que hirieron para siempre a Alicia, protagonista de «El laberinto de los espíritus». Los malvados de siempre vuelven a retozar en sus abusos de poder.

Desde noviembre de 2018, doliente por la enfermedad que se resistía a nombrar, describía una California «calcinada por incendios infernales». Ya no hablaba de Pacific Palisades, Mulholland Drive, Farmer’s Market o Fairfax, sino de hospitales.

Otra efeméride. En 2021 se cumplirán veinte años de «La sombra del viento», la novela española más leída después del Quijote.

La posteridad del escritor son sus lectores y a Ruiz Zafón nunca le faltarán. Otra cosa es el olvido en su país… No cabe esperar el reconocimiento de la Cataluña oficial. Debería llegar del Gobierno español o de su ciudad. La Barcelona que puso en el mapa literario mundial. La que pronuncian cincuenta lenguas: Bar-ce-lo-na.

Sergi Doria es escritor y periodista.

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