Zambrano y los fundamentos de Europa

Nadie como María Zambrano ha explicado con tanto pormenor esa segunda naturaleza que el exilio confirió a tantos españoles ilustres, pero fue tanto lo que duró ese exilio, que la naturaleza que confirió a cada cual pasó de segunda a primera. Más de un exiliado vivió en el extranjero más años que los que había vivido en España. Yo he reflexionado también sobre el exilio, no por haberlo experimentado, sino por haber convivido con él. Esa convivencia era en cierto modo una obra de misericordia en la que recibí ciento por uno. Me explico. Los exiliados, que entre sí se lo tenían dicho todo, tenían necesidad de oír lo que tuvieran que decir gentes que acababan de llegar de la patria y ver en ellas cómo ésta seguía viva y palpitante. Por otra parte, los que traíamos ese testimonio, nos beneficiábamos de unos recuerdos y unos testimonios de una España que no habíamos conocido y de la que nos separaba la zanja de la guerra. Para mí no había más que una España, que era tan de los exiliados como de los que vivíamos en ella, y por eso me pareció bastante ofensivo que, en la presentación en Roma de un libro de Alberti o de María Teresa León, la escritora Angela Bianchini se refiriera a ellos como representantes de la «vera Spagna», como si hubiera una España verdadera y una falsa, a la que evidentemente otros pertenecíamos. Francamente, del mismo modo que no me hizo nunca gracia la exclusión de España de los exiliados, tampoco me la hacía que el mundo de los exiliados me excluyera a mí. Todos nos necesitábamos y España era tan de unos como de otros.

Hay que decir que la mayoría de los exiliados que yo alcancé a conocer eran exiliados por principio y si no volvían a la patria no era porque nadie se lo prohibiera, sino porque no les daba la gana mientras cierto personaje rigiera sus destinos. La longevidad de este personaje, y el carácter vitalicio de su magistratura, hizo que estos exiliados contumaces volvieran cuando ya estaban, como decía Jorge Manrique, en el «arrabal de senectud». Ya era poco lo que tenían que ofrecer, pero era mucho lo que simbolizaban. Además, eso de vivir en el extranjero daba entonces un prestigio adicional. Yo que, insisto, nunca fui exiliado, que si viví en otros países fue por mi gusto, y en ninguno más por mi gusto que en Italia, decidí repatriarme en 1975 y, hablando por mí sobre todo, en un homenaje que se me hizo en Sevilla, dije lo siguiente: «En estos años de repatriación de intelectuales se ha podido comprobar en España que a muchos les favorecía la distancia; quedaban más bonitos vistos de lejos. Si esto les ha pasado a los intelectuales que volvieron aprovechando la marea política, no veo porqué no había de pasarme a mí, que volví contra corriente. Mi presencia en Sevilla no era ya la del peregrino en su patria, sino la del profeta en su tierra». Hay que decir que todas las plazas de profeta estaban ocupadas, muchas de ellas por ex exiliados que no habían tenido la paciencia de aguardar a la muerte del Caudillo. Uno fue por ejemplo el hijo de Pedro Salinas, Jaime Salinas, a quien animó a venir a España Carmen Castro, hija de don Américo y esposa de Zubiri, diciéndole que «en España somos doscientos», dándole a entender con ello que esos doscientos eran los amos del cotarro intelectual.

Yo he aprendido mucho de María Zambrano, sobre todo de su palabra hablada, e incluso diría de ella lo que en su día dije de Zubiri: que lo que pueda decir ahora sobre ella lo debo, más que al esfuerzo de haberla leído, a la suerte de haberla escuchado. El hecho es que, contra lo que pueda desprenderse de su biografía, la política ha lastrado muy poco el vuelo de su pensamiento. En una entrevista televisiva dijo Octavio Paz que la gran equivocación del siglo XX había sido la de suplantar por la política a la religión y a la filosofía, siendo así que la política, a diferencia de la religión, es incapaz de salvar al hombre y, a diferencia de la filosofía, es incapaz de darle sabiduría. Bien es sabido que el pensamiento de María Zambrano se ha movido siempre por esa difícil zona de penumbra entre la poesía y la filosofía, de suerte que pocas personas tan bien situadas como ella para opinar, como lo hacía a propósito de Unamuno, sobre el conflicto entre filosofía y religión. Vale la pena recordar sus palabras:

A partir del idealismo alemán, los límites entre filosofía y religión, y los límites entre filosofía y poesía, han peligrado. A veces la poesía ha querido ser filosofía, a veces la filosofía ha sido poética, como en Schelling. La filosofía ha querido suplantar a la religión, como en Hegel, y ha querido también hacer una religión filosófica, como en Schleiermacher.

Todo ello es sumamente grave, pues puede suceder que la filosofía, al pretender tomar el lugar de la religión, nos deje sin ella, huérfanos de las religiones, en verdad, y sólo logre aquello del refrán cazurro español del perro del hortelano, que «ni come ni deja comer». Y la verdad es que, al menos, para gran parte de los europeos, así ha sido: la filosofía, al pretender guiar su vida y resolver los enigmas del universo, ha mantenido al hombre europeo en la más insípida desnutrición: ni le ha dado el alimento que necesitaba, el alimento de creencias, de fe, de esperanza, ni le ha enseñado tampoco a vivir heroicamente, al estilo de otro gran suplantador de religiones, al estilo Nietzsche.

Así ha venido a suceder que el hombre europeo se ha ido vaciando lentamente, quedando indefenso, sin creencias; es decir, según Ortega ha mostrado con su genialidad, sin realidad, porque las creencias no son el añadido, sino la realidad, la realidad más real de nuestra vida.

Palabras como éstas, que resumen la verdadera sabiduría de Occidente, permiten que no nos pillen de sorpresa los actuales palos de ciego de la Europa de los mercaderes, una Europa que, al renegar de sus fundamentos, teme que los llamados «fundamentalismos» pongan en peligro sus «valores», que no son otros que los que se cotizan en Bolsa.

Aquilino Duque, escritor.

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