Zapatero: el lado lírico

Lo ha dicho Arcadi Espada en repetidas ocasiones: Zapatero, en el fondo, es un literato. Como no se puede ser un literato en el fondo sin serlo también en la forma, cabría añadir: se adivina al literato que hay en Zapatero observando cómo habla, perora, debate o escribe. Arcadi desciende a precisiones, y sostiene que la figura retórica más visitada por el hombre que vela en La Moncloa es el quiasmo. En el quiasmo se repiten dos términos, primero en un orden, y luego en el inverso. El retruécano y la paranomasia, esto es, el empleo de palabras que, siendo casi homófonas, soportan significados distintos, acuden con igual solicitud a los labios del presidente. ¿Por qué conmutan los poetas las palabras, o fuerzan la sintaxis, o expresan a través de metáforas lo que podría enunciarse a la pata la llana? Resultaría extemporáneo plantearse el asunto en una columna meramente política. Esta Tercera, sin embargo, va de política y de poesía, o de aquélla en cuanto fundada en ésta, y no puede eludir determinadas cuestiones, por remotas o impertinentes que se nos antojen. Así que pido al lector una pizca de paciencia.

Según una doctrina más o menos oficial, el lenguaje aloja bellezas que el largo uso o la inadvertencia de las gentes mantienen en estado de latencia. Es misión del poeta romper este equilibrio a la baja, esta especie de pasmo. ¿Cómo? La idea es embestir el lenguaje y desgarrarlo, hasta que salgan por los costurones las esencias que esconde en su interior. Los poetas aplican la violencia verbal a todos los géneros, desde el místico, al amatorio o erótico. Permítanme que les ofrezca una joya erótica, extraída del canto VII del Orlando Furioso. Alcina, una maga que Ariosto tomó prestada de Boyardo, seduce a Ruggiero, caballero andante. Sus cuerpos se estrechan, como la hiedra cuando envuelve el tronco del árbol, y sus labios se juntan. Escribe Ariosto: a menudo tenían más de una lengua en la misma boca.

En cierto modo, Ariosto ha acudido a una elipsis para decir que la lengua de cada uno ha penetrado en la boca del otro. Al tiempo, convierte este dato mecánico en un hecho misterioso y fascinante: en la boca de Alcina, o en la de Ruggiero, se mueven, de súbito, otras lenguas, además de la propia. Notamos el trabajo de la lengua ajena, su presencia extraña, y especialmente, intuimos su peligro. Nos encontramos frente a la poesía a su más alto nivel: lo vulgar, percibido desde un ángulo nuevo, retorna a nosotros como una revelación, una epifanía.

Pero Ariosto, acabo de decirlo, es excepcional. Es más frecuente que la poesía sea banal, o infantil, o sirva sólo a fines didácticos o mnemotécnicos. Reparen en los ejemplos siguientes, espigados de los libros o autores que dentro de un rato se verán: «Hemos tenido ocho años de derechas y uno de derechos»; «Del harapo, poco saco»; «Menos rebote y más bote»; «Cambiemos cemento por conocimiento»; «Todos los animales son iguales, aunque unos son más iguales que otros»; «Las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras»; «El rey es bastante republicano».

Propongo dividir las siete locuciones en dos lotes. Al primero pertenecen aquéllas que buscan un efecto, por así decirlo, estupefaciente. Las consonancias o las paranomasias asocian contenidos sueltos, sin elaborar. El poeta, o como prefiramos llamarlo, no ha explorado los caminos que comunican dos cosas distintas, aunque secretamente afines, sino que las ha pegado con el adhesivo de la rima en su acepción más simplona. «Menos rebote y más bote» (lema publicitario de la ONCE) se halla incursa en esta categoría. Está bien, porque la ONCE ha indagado un eslogan pegadizo, no una idea o un mensaje. «Del harapo, poco saco» (traducción libérrima de the more stitches, the less riches) merodea por los mismos pagos. Es hallazgo de Aldous Huxley, el autor de Un mundo feliz. El mundo feliz es esencialmente consumista, y combina la aniquilación de las mentes con la ingesta masiva de drogas y sexo. De ahí la censura de la escasez, abreviada en una fórmula que los ciudadanos de la distopía huxleyana recitan con tenacidad de autómatas.

Nos remite a un orden superior el lema celebérrimo «todos los animales son iguales, aunque unos son más iguales que otros». Se trata de una muestra del newspeak, que Orwell introdujo oficialmente en 1984 pero que ya había ensayado en Rebelión en la granja, texto al que me he remitido en este caso. Ahora nos hallamos un poco menos lejos de la alta tecnología ariostesca. El retruécano orwelliano no sólo fija una imagen, sino que subvierte un sentido, es decir, se apoya en un mensaje directo para construir otro de carácter, por así decirlo, mutante. Orwell imputa la habilidad a Squealer, un precursor porcino del Gran Hermano. ¿Qué le falta al Gran Hermano -o equivalente- para ser poeta auténtico? Muchas cosas, pero, sobre todo, integridad. El Gran Hermano es un cazador de voluntades, no de verdades, y acude a embelecos y juegos de palabras con objeto de bloquear la facultad crítica de sus súbditos.

Las cuatro frases restantes son de filiación zapateresca. Me apresuro a aclarar que Zapatero es un político normal. Nada relaciona a España con 1984, ni con Un mundo feliz. España es una democracia, algo destartalada si se quiere, pero democracia inequívoca. La retórica comparada, con todo, insinúa paralelismos interesantes, siempre y cuando se recojan con las cautelas debidas. Bien, yo colocaría «Cambiemos el cemento por el conocimiento» en la categoría donde antes puse «Del harapo, poco saco»: por más vueltas que le doy al asunto, no se me ocurren lecturas más profundas. «Hemos tenido ocho años de derechas y uno de derechos» se sitúa en una posición híbrida; y «El rey es bastante republicano», o «Las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras» pueden ser adscritas, con toda naturalidad, al territorio de lo semánticamente perverso.

Transitemos hacia la ciencia política. ¿Usa Zapatero los retruécanos para persuadir a los demás, o se persuade a sí mismo por medio de retruécanos? Ésta es la pregunta del millón. Se trata a la vez de una pregunta para la que, lo confieso con entero candor, carezco de respuesta. Sin duda alguna, el presidente es un hombre hábil, y también, un hombre astuto. Pero la hipótesis de la habilidad, o de la astucia, se me antoja, aunque exacta, parcial. Quienes hayan seguido los debates, de trayectoria ya larga, entre Rajoy y Zapatero, habrán constatado un fenómeno curioso. Pese a ser Rajoy mejor orador que Zapatero, y también más coherente, no sale de los encuentros con su rival tan bien librado como cabría esperar. Existe para ello, en mi opinión, un motivo. Entre lo que siente Rajoy, y lo que dice Rajoy, se percibe una holgura, una especie de distancia. Se tiene la impresión de que el jefe popular manejara su discurso por control remoto, y sólo consiguiese salvar ese abismo en los momentos de cólera, quizá más frecuentes de lo deseable. Entonces se dispara, como un resorte comprimido durante demasiado tiempo. La identificación de Zapatero con sus sucesivas encarnaciones, por lo común inconciliables en el plano de la lógica estricta, es, por el contrario, completa, total. Esto… no se puede simular. Para esto hay que valer. La conclusión, es que Zapatero combina el cálculo con una entrega radical a las consignas errabundas, a los flashes verbales, que le recomienda su intuición táctica. El proceso inverso es también posible: que las consignas le sugieran tácticas. Como ves, querido Arcadi, no hemos salido del retruécano.

Álvaro Delgado-Gal