Zapatero en el proscenio

Zapatero se ha iniciado en el cargo de presidente de la UE bajo dos advocaciones superpuestas y difícilmente conciliables: la de Mr. Bean y la de Alejandro Magno. Nuestro mandatario se ve como lo segundo, en tanto que no pocos de sus colegas europeos lo perciben más bien como lo primero. La cosa, por supuesto, viene de lejos. La terrible parodia que, usando a Mr. Bean de contrapunto, ha hecho la Rai del secretario general del PSOE, muy divulgada por la red durante estos días, data de 2006, cuando Zapatero viajaba aún con el viento a favor. En su momento, pudo parecer una broma divertida y un punto malasombra, no más digna de ser tenida en cuenta que otras de las muchas que se ensayan en los espacios cómicos de televisión a expensas de políticos y famosos. Ahora, con el viento en contra, suena a otra cosa. Suena a actual, como si las farsas de antaño hubiesen adquirido el carácter de documentos… milagrosamente proféticos. A principios de enero, Mr. Bean volvió a colarse en las páginas web de la presidencia española de la UE. Ya no se trataba de una broma, sino del sabotaje de un hacker. Los hackers no son grandes intelectuales. No razonan, no discuten, no analizan. Se limitan a deslizar iconos elementales y archisabidos, y, por archisabidos, inmediatamente comprensibles. Un publicitario sacrificaría su ojo derecho y la mitad del otro porque la marca que intenta difundir adquiriese rango icónico. Pero daría los dos ojos por borrar el icono cuando éste se revira y vuelve en contra del producto que le importa vender. Me temo que Mr. Bean pertenece a la especie de los iconos aviesos. El 5 de enero, el Financial Times sacaba sobre Zapatero un editorial muy displicente en que salía a relucir el caricato inglés. Poco después, nuestro hombre deslució aún más su imagen proponiendo, inauditamente, sanciones para los países que no cumplieran objetivos de crecimiento fijados políticamente. El Wall Street, en su editorial del 13, se permitía algún sarcasmo sobre esta idea, digna de los inventos del TBO. La opinión mundial, en fin, ha recibido a nuestro presidente con algo peor que rechinar de dientes. Ha empezado por partirse de risa, lo que suena mal para España, y, de paso, mal para la UE.

De todo esto se ha hablado harto en los medios nacionales. Sin embargo, ha tendido a pasarse por alto un artículo mucho más lesivo, aparecido en el Frankfurter Allgemeine Zeitung también el 5 de enero. La Prensa alemana cultiva un género especial: el del editorial rubricado. Por aparecer en primera página, el texto aloja una dimensión o peso corporativo de que están desprovistos los escritos de las páginas interiores. El artículo, bastante largo, llevaba por título «España en el agujero» y ostentaba al pie la firma de Leo Wieland, corresponsal del Frankfurter en España. Los dos tercios iniciales del editorial hacían un resumen convencional de la situación económica española y despachaban con brevedad los servicios que Zapatero pudiera hacer a la Unión, o viceversa. El último tercio era, sencillamente, letal. Tras señalar que la mayor fuerza de Zapatero es la debilidad del PP, reducido a un espectro tras la era Aznar, Wieland nos retrataba como un país doblemente escindido. En primer lugar, escindido territorialmente, con una Cataluña al borde de la insumisión y un País Vasco añorante del liderazgo nacionalista. Para referirse a España Wieland usaba, por cierto, un término casi intraducible: Vielstämmestaat, o «estado pluritribal». Un estado «pluritribal» no es lo mismo que un estado compuesto, en la acepción que los juristas dan a este concepto. Basta repasar las páginas de Google para advertir que se aplica la denominación, no a la República Federal Alemana o a los Estados Unidos, sino a Irak o Afganistán.

Al desgarro territorial se sumaba, según Wieland, el moral, provocado por Zapatero para marginar a la derecha. Resultado de esta labor había sido la destrucción de los consensos que presidieron la Transición. Wieland se mostraba específicamente sorprendido por lo que conocemos aquí como Recuperación de la Memoria Histórica, un intento, según el corresponsal, por reabrir la Guerra Civil e, invirtiendo el pasado, ganarla ahora en el plano simbólico para la izquierda. Wieland cerraba su terrible escrito notando que la supervivencia del régimen alumbrado tras la muerte de Franco no puede darse por descontada.

Ciertamente, no conviene exagerar la agudeza de la Prensa extranjera en los asuntos tocantes a España. La americana se ocupa de nosotros poco y mal, y la británica es propensa a empalmar, a nuestra costa, tontería tras tontería. Hace pocos años, The Economist sacó un editorial económico encabezado por el titular «¡Un hurra por Zapatero!». Hace un mes, nos calificaba como «el hombre enfermo de Europa». La contundencia boba del escrito remoto debería ponernos en guardia sobre la exactitud del pronóstico posterior. El Financial Times, igualmente, una vez que dejó de trabajar en él Tom Burns, ha menudeado sobre este país opiniones tajantes y superficiales. Esto dicho, no conviene tomar el artículo de Wieland a la ligera.

Lo primero, porque Wieland lleva bastantes años entre nosotros. Lo segundo, porque ha cambiado de parecer. Conocí a Wieland hace cuatro o cinco años. Era un alemán silencioso, que escuchaba con reserva cortés los pronósticos pesimistas de algunos de sus colegas españoles. «¡Cómo exageran los del sur!», parecía pensar. Debe de estimar ahora que, lejos de exagerar, nos quedábamos cortos. Haciendo balance, y sin presuponer en nadie una penetración excepcional, parece razonable llegar a la conclusión de que los desajustes nacionales han adquirido un volumen aparatoso. El suficiente, al menos, para que los foráneos nos tasen a bulto y sacudan impresionados la cabeza. En los buenos tiempos, les impresionaba que perseverásemos en crecer al tres o cuatro por ciento. Ahora les impresionan los cuatro millones de parados y que España, por las trazas, se esté desvencijando.

En efecto, muchas de las cosas que ha escrito Wieland son mera crónica, no apreciaciones personales. El señor Castells acaba de aseverar que la Transición se hizo mal; la clase política catalana prepara, llevada de la mano del señor Montilla, la desobediencia preventiva ante un fallo quizá adverso del Tribunal Constitucional, el cual ha sido descalificado mucho antes de que se pronuncie materialmente sobre el Estatut; y nadie habla del imperio de la ley, que ese tribunal tendría que garantizar, sino de pulsos entre magistrados, cuyos nombres trascienden a la opinión herrados con la marca de un partido. Quien piense que estos achaques son los típicos de una democracia, ha perdido el sentido de la realidad. En la misma deriva hacia el disparate, se habla de federalizar al Estado como el único movimiento que podría evitar una metástasis a la yugoslava. Me permito recordar algunas de las cifras que ha resumido Francisco Bello en un artículo reciente -«El Estado español: una rara avis camino de la extinción», Actualidad Económica, 8-1-2010-. Incluso después de haber descontado la factura de Defensa, el Gobierno federal norteamericano gasta, en proporción al PIB, 2,7 veces más que los estados, es decir, el doble de los recursos que el Gobierno central español emplea con relación a las regiones, Seguridad Social incluida. ¿Es éste el Estado que aún no hemos tenido el arrojo de «federalizar»? El arrojo, no nos engañemos, nos será dado por la imposibilidad de contener el fermento catalán que irresponsablemente se activó durante la legislatura pasada. El ministro de Justicia ha insinuado ya que podría acudirse al artículo 150.2 de la Constitución para transferir a Cataluña lo que el TC pudiera negar a ésta si incurre en el fanatismo de aplicar la ley a rajatabla. Cabría decir, parafraseando a Groucho Marx: éste es nuestro caos, y si no le gusta, tenemos otro mejor. No es maravilla que se compare a Zapatero con Mr. Bean. Los dos son expertos en poner las cosas patas arriba.

Álvaro Delgado-Gal