Zapatero en la Casa Blanca

Qué fotografía tan trabajosamente obtenida. Ha costado más de cuatro años conseguirla. La de Zapatero con Bush en la entrada de la Casa Blanca. De manera harto transparente, las caras de cada uno de ellos reflejan sus encontradas disposiciones. Bush, posiblemente cansado tras haber dado la mano a otros cuarenta líderes políticos para la misma ocasión y curado de espantos después de ocho años en la residencia presidencial, ofrece una sonrisa de resignado compromiso. La de Zapatero, por el contrario, no puede ocultar una satisfacción evidente: semanas de conciliábulos, peticiones, ruegos y, según algunos medios de comunicación, rotundas promesas, habían conseguido lo que durante cuatro años, caso insólito entre los presidentes de Gobierno de los países de la OTAN, le había sido negado. Visitar la residencia de los presidentes de los Estados Unidos en el número 1.600 de la avenida de Pennsylvania en Washington, D.C. El pretexto era, como todo el mundo sabe, asistir a la Cumbre económica convocada por el presidente Bush para concertar acciones contra la crisis económica mundial por parte de los más significativos entre los países desarrollados y emergentes, pero la foto, el reflejo de la realidad política hispano-norteamericana que el momento encarnaba, no estuvo en la reunión, en los discursos o en las propuestas del presidente español -a las que poca atención se les ha prestado- sino en esos segundos que muchos, probablemente el mismo Zapatero, habían considerado imposibles. Y otros muchos, por razones encontradas, indeseables.

Veamos las cosas de otra manera. Según la tradición cainita, los males de los demás -sobre todo si son de Zapatero, como antes los de Aznar- sirven para el inmoderado regocijo. En la óptica de los intereses nacionales, sin embargo, el rencor, del que los gobiernos de Zapatero desgraciadamente han dado tantas nefastas pruebas, sólo alimenta frustraciones. La conspicua ausencia del presidente del Gobierno español en la Casa Blanca -reflejo de sus propias opciones- ha venido afectando de manera muy negativa a las relaciones entre los dos países y, consiguientemente, a los importantes intereses que España debe derivar de las mismas. El abundante número de veces que los portavoces oficiales españoles se han esforzado en explicar, desmintiendo lo evidente, que las relaciones atravesaban por momentos de feliz normalidad eran clavos añadidos en el ataúd de los hechos. Hasta Condoleeza Rice tuvo dificultades para encontrar el camino a Madrid.

La foto podría valer para cerrar simbólicamen- te la época de los desencuentros y presagiar la vuelta a lo que el mismo presidente Zapatero ha calificado de relaciones propias de un aliado amistoso y fiel. Es decir, las que existían en abril de 2004, cuando él llegó a la Moncloa. Y deberemos reconocer, y agradecer, los esfuerzos que el presidente Zapatero presumiblemente habrá tenido que realizar para desandar el camino que entonces, e incluso un poco antes, había emprendido.

El 12 de octubre de 2003, con ocasión del desfile militar de la fiesta nacional de España en el Paseo de la Castellana de Madrid, Zapatero, entonces jefe de la oposición, permaneció ostensiblemente sentado al paso de la bandera americana, en gesto que los observadores españoles y extranjeros, y ciertamente los americanos, consideraron gratuitamente ofensivo. El 17 de abril de 2004, el mismo día que tomaba posesión como presidente del Gobierno, anunció abruptamente -y, a lo que parece, con un preaviso de cinco minutos- al presidente Bush que las tropas españolas desplegadas en Irak al amparo de las resoluciones de las Naciones Unidas serían retiradas inmediatamente. En los meses posteriores no ocultó su deseo de que los protagonistas de la conferencia de las Azores todavía en el poder -Bush y Blair: Aznar no se había presentado a las elecciones en 2004- fueran derrotados en las urnas e hizo llamamientos públicos a los países con tropas en Irak para que, siguiendo su ejemplo, las retiraran. Otras manifestaciones antiamericanas provenientes de él mismo o de significativos miembros de su Gobierno, de las que conviene hacer gracia para no alargar demasiado el relato, no han dejado de multiplicarse hasta fechas muy recientes. De manera que doblemente es de agradecer y comprender el esfuerzo patriótico desarrollado por Rodríguez Zapatero para decir digo donde ayer decía diego y, cual camino penitencial, recorrer la senda que lleva a posar sonriendo con el otrora denostado presidente Bush. Y, si de bien nacidos es ser agradecidos, suficientemente lo ha demostrado nuestro presidente al expresar profusamente al americano su reconocimiento por haber sido invitado a participar en la cumbre.

Seguramente el camino de Damasco particular de Zapatero tenía ya recorrido un cierto trecho antes de esta visita otoñal a Washington. Las estrechas relaciones trabadas entre España y los Estados Unidos entre 1996 y 2004 por el presidente Aznar y los presidentes Clinton y Bush -continuación de las buenas ya mantenidas por los últimos Gobiernos de González con Bush padre y con Clinton- habían producido múltiples frutos favorables para nuestros intereses políticos, económicos y de seguridad. Buenas relaciones que, por otra parte, contribuyeron a reforzar nuestra influencia exterior en el seno de la Unión Europea y con relación a los países iberoamericanos. El poso importante en el haber de nuestra relación con los esta-dounidenses quedó súbitamente desbaratado el día que Zapatero tomó posesión y, aunque el arrepentimiento no sea un sentimiento habitualmente exteriorizado por los políticos, es de suponer que el paso del tiempo y el grado tozudo de los acontecimientos posteriores harían meditar al presidente español, cuya inteligencia natural nadie pone en duda, sobre las consecuencias de sus tempranas y mal aconsejadas decisiones. Desde la juvenil «sentada» ante la bandera hasta España fiel amigo y aliado existe un largo y retorcido sendero del que conviene retener y recordar el final. El Zapatero que ya ha sentido los efluvios de la Casa Blanca -y que ahora, dentro de poco habitada por Obama, presumirá más propicia- no querrá volver a las andadas. La patria se lo agradecerá.

Como la patria agradeció a González que del «OTAN, de entrada, no» transitara hacia la «OTAN en el interés de España». Y tan contundente fue la transformación que Solana, el otrora feroz adversario de la OTAN, acabó siendo su secretario general. Los socialistas siempre hacen perder el tiempo a la ciudadanía en los complicados trámites que necesitan para debatir entre sus conflictivas y contrapuestas almas -y en el cálculo preciso de sus necesidades electorales, no siempre coincidentes con lo que uno estimaría el bien superior de la nación-. Pero, como diría el clásico castizo, «solo aciertan cuando rectifican». O, en otra versión, nunca es tarde cuando la dicha es buena. En este caso, la normalidad de las relaciones entre España y los Estados Unidos de América. En el fragor de la vida política conviene dejar aparcados en el andén del consenso los temas de la proyección exterior, tan fundamentales para la previsibilidad del comportamiento patrio. Aunque no quepan muchas ilusiones al respecto: una foto no es más que una foto, y el movimiento, como tantas otras cosas, se demuestra andando. No faltarán los que opinen que Zapatero es a la foto en la Casa Blanca lo que a Enrique IV fue la misa en París. Es decir, una fruslería sin más consecuencias. Es de imaginar que no será así: para un presidente español, incluso para Zapatero, aunque sea tarde y a regañadientes, las expresiones de fidelidad, amistad y alianza con los Estados Unidos no pueden ser otra cosa que manifestaciones de una firme convicción. Muchos españoles, con independencia de sus preferencias partidistas, así lo esperan.

Javier Rupérez, embajador de España.