Zapatero, pertinaz en el error

Por María San Gil, presidenta del PP del País Vasco (EL MUNDO, 13/02/07):

¿Ha resultado fructífera la aventura política de Zapatero, una vía inédita después de Argel y los GAL, que se basa en el diálogo, la negociación y el pacto con ETA-Batasuna para la consecución de la llamada «paz»? ¿Estamos ahora más cerca de vivir sin escolta en el País Vasco, de conseguir la ansiada libertad por la que muchos llevamos tanto tiempo luchando desde la trinchera democrática y legal? ¿Estamos, en definitiva, más próximos a conseguir la erradicación del terrorismo, la derrota de ETA y la deslegitimación de su proyecto totalitario y anexionista, profundamente antidemocrático? Rotundamente, no.

Se van a cumplir ahora tres años de la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero y el balance de su Gobierno en esta materia no puede ser peor. La aventura Zapatero conocida como proceso de paz ha fracasado estrepitosamente. Nada me gustaría más que poder felicitar al presidente del Gobierno y a su partido por su actuación en materia antiterrorista, pero en este capítulo sólo cabe el reproche y la exigencia seria de una rectificación.

Es un misterio aún no resuelto la razón por la que Zapatero dio un giro radical a la política heredada de los gobiernos del PP recogida en el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que él mismo había apoyado. Una política con visión de Estado, que sumaba a los dos grandes partidos españoles, los únicos con posibilidad de gobernar el país.

Una política basada en la firmeza y el empleo de todos los recursos del Estado de Derecho. Un Pacto Antiterrorista, el mismo que ahora desprecia la vicepresidenta De la Vega llamándolo «papelito», que es la fórmula que mejores resultados ha dado en nuestra historia en el debilitamiento de ETA y sus apoyos. Una política que había dejado a Batasuna fuera de las instituciones, reducido a la mínima expresión la kale borroka y terminado con el mito de la imbatibilidad de la banda terrorista.

¿Imperativos inconfesables producto de sus conversaciones con los terroristas antes de su llegada al poder? ¿Necesidades de un proyecto para España que pasa por el aislamiento del PP y el acuerdo con los nacionalistas? ¿Afán de mantenerse en el poder a toda costa? Lo cierto es que la vía del diálogo de Zapatero no ha dado resultados y lo que ha producido es un enorme retroceso democrático y la convicción de haber perdido tres años valiosos y los logros conseguidos con anterioridad. El diálogo con ETA debilita siempre al Estado de Derecho y fortalece a los terroristas. La democracia no se puede nunca poner en pie de igualdad con quienes la combaten.

Cuando escuchamos a Zapatero decir sólo dos semanas después de los asesinatos y la voladura de la T-4 en Barajas que «ETA esté posiblemente en su recta final, aunque pueda durar años», no sabemos si es que el mandatario socialista maneja información privilegiada y no dice lo que sabe (hecho que se ha demostrado falso por todo lo ocurrido desde el anuncio del alto el fuego) o es que, en realidad, el presidente no sabe lo que dice.

Justo un día antes del atentado en Madrid, Zapatero se jactaba en una comparecencia pública de que, en lo referente a ETA, ahora estábamos mejor que hacía un año y que dentro de un año estaríamos aún mejor. Mientras Zapatero decía esto, los terroristas aparcaban en la T-4 la furgoneta con una bomba reforzada que harían estallar al día siguiente y que terminaría con la vida de Carlos Alonso Palate y la de Diego Armando Estacio. Fue el propio presidente el que reconoció su «error» en el debate celebrado en el Congreso de los Diputados el 15 de enero.

¿Por qué razón entonces sigue Zapatero hablando de esa forma sobre ETA, diciendo que la banda tiene los días contados, que se encuentra en su recta final? La respuesta es clara: Zapatero sigue empecinado en su error, sigue pensando que tiene la fórmula mágica para acabar con ETA, para conseguir lo que él llama la «paz». Zapatero es como un encantador de serpientes que, a pesar de haber recibido la mordida venenosa de la cobra, sigue tocando la flauta (nunca mejor dicho) convencido de su poder para domesticarla.

El proceso de Zapatero no está «liquidado» como el ministro Rubalcaba afirmó tras la conmoción social generada por el brutal bombazo de ETA. El proceso no está «roto», sino sencillamente sumergido, y cada día vemos que sale más a flote y recobra nuevos bríos en una acción política conjunta que concita el acuerdo de socialistas y nacionalistas. Ahí están las reuniones tras el atentado de Barajas: Zapatero con Ibarretxe, Ibarretxe con Otegi, reuniones que denotan la voluntad clara de seguir adelante con el famoso proceso de paz, un proceso de negociación política con ETA o, lo que es lo mismo, el pago de un precio político a ETA.

Lo mismo que durante los meses del alto el fuego, el Gobierno trató de minimizar los centenares de actos de terrorismo callejero y ocultar la extorsión a empresarios y se negó a reconocer el robo de 350 pistolas en Francia, ahora parece que Zapatero ha optado por hacernos creer que los asesinatos y la destrucción del aparcamiento de Barajas fue un «accidente» y por conceder valor al deplorable comunicado de ETA tras el atentado.

Lo mismo que durante nueve meses Zapatero ha tratado de anestesiar a la sociedad con la cantinela de la «paz», ahora quiere hacerlo con la falsa unidad contra ETA. Digo falsa porque consiste básicamente en buscar apoyos para su negociación con ETA. Apoyos que ya ha encontrado en los de siempre, en los nacionalistas que nunca han dejado de defender el diálogo político con los terroristas. Y apoyos que no va a encontrar en el Partido Popular, que siempre ha defendido, y no va a dejar de hacerlo ahora, la derrota de ETA.

Zapatero no renuncia a su aventura pese a que ETA se encuentra reorganizada, rearmada y con disposición de atentar y matar, según se desprende de detenciones como la del etarra que se dirigía a Valencia o de los informes policiales que llegan de Francia; no renuncia pese a que la voluntad de los terroristas no ha sido nunca la paz, que implicaría un arrepentimiento, la entrega de las armas y pasar a disposición de la Justicia, sino el logro de sus objetivos (Batasuna en las elecciones, Navarra anexionada a Euskadi y la autodeterminación); y no renuncia pese a los asesinatos de la banda en la T-4.

Los «compromisos» del Gobierno con ETA, a los que aluden los terroristas en sus comunicados, se mantienen intactos y ahí están cesiones claras que ha realizado Zapatero como el «pasillo» que se le hizo al PCTV para que concurriese a las elecciones vascas, la reunión de julio de Patxi López con Otegi o el traslado al Parlamento europeo de una moción a favor del proceso, cediendo así a una de las aspiraciones históricas de ETA, que es la de internacionalizar lo que ellos llaman el «conflicto».

Los últimos acontecimientos son también sintomáticos de la situación política que vivimos: hemos asistido al espectáculo en las calles de Bilbao de un PNV tratando de coaccionar y presionar a los jueces y reclamando un trato privilegiado al lehendakari, un Ibarretxe que considera éste un «país de locos» por ser llamado a declarar tras haber dado cobertura política a una Batasuna ilegalizada que aún hoy no condena los asesinatos. El PNV ha mostrado su cara totalitaria, la de un partido que pretende el control de la Justicia, las prebendas para sus dirigentes y que desprecia la división de poderes.

Sintomático es que Zapatero no haya salido en defensa de los jueces y, en cambio, desde su partido se haya declarado que Ibarretxe perseguía un «fin noble» al reunirse con Batasuna. Es con este Ibarretxe con quien Zapatero pretende construir esa falsa unidad. Otro acontecimiento reciente sólo comprensible en este estado de cosas del proceso de paz es la entrega de los huidos de Jarrai en un acto propagandístico con la presencia de los líderes de Batasuna, lo que supuso una auténtica burla y un signo de la debilidad de este Gobierno ante ETA-Batasuna. Sintomático de que no se están haciendo las cosas bien es que ya se han producido seis grandes manifestaciones de las víctimas exigiendo a Zapatero el final de la negociación con los terroristas, la última de ellas organizada por el Foro Ermua y que fue un ejemplo de civismo y de claridad en los planteamientos, incluido el himno nacional, que tanto ha molestado al PSOE.

El caso del etarra De Juana Chaos es otro ejemplo de que los etarras encuentran en Zapatero y en su Gobierno signos de debilidad. De Juana ha recurrido al chantaje de la huelga de hambre voluntaria para exigir su libertad después de que fuese condenado por un delito de amenazas cuando iba a quedar en libertad sin cumplir ni siquiera un año por cada uno de sus 25 asesinatos. Y De Juana ha conseguido, finalmente, que el Supremo rebaje su condena a tres años de prisión. A través de una filtración al periódico inglés The Times, hemos sabido que De Juana se reafirma como terrorista y no reniega ni se arrepiente de sus crímenes.

Diálogo y negociación es lo que pide De Juana y lo que piden siempre los terroristas, siempre desafiantes en los juicios, siempre sonrientes, soberbios y amenazadores tras los cristales de los juzgados; diálogo y negociación es lo que piden Ibarretxe y los nacionalistas vascos; y diálogo y negociación es la apuesta última, aunque fracasada, a la que se aferra José Luis Rodríguez Zapatero.

Nosotros negamos que exista un conflicto político que deba resolverse haciendo más cesiones al nacionalismo y a los terroristas. La discrepancia política es la esencia de la democracia y los proyectos distintos también, pero éste no es el caso. Aquí lo que tenemos es un problema de terrorismo, la existencia de una banda terrorista que nos impide vivir en libertad; que asesina, secuestra, extorsiona y amenaza a quienes se oponen a su proyecto; y que ha contado por desgracia con la comprensión y el apoyo del nacionalismo gobernante en el País Vasco, que se ha beneficiado de ella.

España necesita un presidente de Gobierno que sienta y crea que España es una gran nación. Un presidente de Gobierno que confíe en la democracia, en el Estado de Derecho y en sus instrumentos para derrotar al terrorismo. Un presidente de Gobierno que sepa que España es más fuerte que ETA y que los españoles somos capaces de acabar con la banda terrorista. Un presidente de Gobierno que, convencido de que representa a una gran nación, no se siente a negociar con Josu Ternera, padre e hijo. Un presidente de Gobierno que crea firmemente en la derrota de ETA y no en la negociación política con los terroristas. Un presidente de Gobierno que deposite su confianza en los españoles en lugar de depositarla en los terroristas.