Zaragoza, del blanco y negro al color

Por José Antonio Labordeta, cantautor, profesor, escritor y político aragonés, diputado en el Congreso de los Diputados por la Chunta Aragonesista en la (VII y VIII legislaturas (EL PAÍS, 25/05/08):

Esta vetusta ciudad / vieja como ninguna / que te observa caminar / como si vas por la Luna: la amo, la odio, le tengo un cariño ancestral.

Este texto corresponde a una vieja canción mía, cuyo título, Zarajotablues, remarcaba el sentimiento que uno muestra hacia esta cesaraugusta ribereña del Ebro que anda, entre el hiperrealismo gracianesco-pilarista y el surrealismo de Buñuel y muchos de sus paisanos, y donde dentro de tres semanas se abrirá la Exposición Internacional sobre el Agua

En mi caso, casi 70 años dejando las huellas de tus zapatos por las lindes zaragozanas te hacen tener un conocimiento de la ciudad que va, desde los humildes cigarrillos de manzanilla, adquiridos a una abuelica que vendía sus mercancías al lado de la vieja y entrañable pasarela, que unía con su modestia las dos orillas del río, hasta la explosión urbanística que derrocha barrios nuevos, carreteras modernas, altos y asépticos edificios y una larga caravana de gente joven dispuesta a convertir a la “ilustre gusanera zaragozana” que escribía mi hermano Miguel hablando de ella a fines de los cuarenta, en una poderosa y brillante imagen hacia el futuro. Pasar del blanco y negro al color. De la melancolía de las últimas horas de los domingos escolares a un aluvión que hace girar los sueños hacia una visión diferente, guardando en sus entrañas, todavía, la vieja memoria de lo que fue.

Aquellos famosos Sitios de la ciudad por la francesada sirvieron, sobre todo, para que cayeran las viejas murallas de ladrillo -las de piedra romana ya habían sido derribadas-, y se abriesen nuevos horizontes para desplegar el plano urbano; unas veces con sentido, otras con mero motivo especulativo y a veces, por puro sentimiento destructivo.

El sentimiento de la piqueta que hubo que utilizar tras el bárbaro asedio napoleónico quedó en el inconsciente colectivo de la ciudad, y, unas veces por abrir y otras por cerrar, la ciudad fue perdiendo tesoros arquitectónicos como los palacios renacentistas o la hermosa Torre Nueva, una joya mudéjar, desde la que los vigías anunciaban por donde venían los franceses y a donde había que acudir para cerrar los portillos abiertos por la artillería.

De los palacios pocos sobrevivieron y algunos, como el hermoso de los Zaporta, con el increíble patio de la Infanta, donde se desarrollan los signos del zodiaco, tuvo un viaje de ida y vuelta curioso: lo adquirió un francés, se lo llevó a su patria y cuando con el tiempo descubrió que no sabía que hacer con él, lo ofreció a una entidad de ahorro aragonesa, que andaba construyendo su sede central, y en cuyo interior esa obra magnífica vuelve a ser orgullo de tanto ciudadano iconoclasta como por aquí se da.

Bajo esa piqueta destructiva también estuvo a punto de sucumbir un edificio emblemático de la historia de la ciudad y de España: el palacio sede de los reyes Taifas de Saracosta, la Aljafería, que posteriormente sería sede de los Reyes Católicos y cuna de la infanta Isabel, futura reina de Portugal y elevada a los altares.

Este hermoso lugar estuvo convertido en cuartel, cuyo cuerpo de guardia hacía la vigilia en el mihrab de la hermosa mezquita. La explanada que lo rodeaba estaba llena de camiones que aparcaban allí porque era el paso forzoso de Barcelona hacia Madrid o viceversa.

A nosotros, pequeños adolescentes, un profesor nos llevaba, una vez cada curso, a visitar el Castillo: el salón del Trono -con su maravilloso artesonado mudéjar- estaba repleto, casi hasta el techo, de mosquetones de la guarnición. El profesor nos explicaba la importancia de toda aquella magnífica obra de arte, pero a nosotros, lo que nos gustaba era acariciar las culatas de los mosquetones y los naranjeros y de alguna ametralladora.

Era la Zaragoza en blanco y negro, que mientras tanto crecía con sus avenidas -paseo de Sagasta, la apertura de la Gran Vía y el hermoso paseo de la Independencia, que abría sus calles laterales a los espacios de la antigua huerta del Convento destruido de Santa Engracia y bajo cuyas arcadas se abrían cafés, los más grandes del mundo, decían del Ambos Mundos-. Era la ciudad, mi ciudad, que guardaba cines baratos, cuasi parroquiales, que proyectaba las películas desde detrás de la pantalla y en los que, cuando los protagonistas se besaban, la mano del coadjutor de la Acción Católica se interponía y un enorme griterío de protesta ascendía desde las butacas a los pasillos de la general.

Esta ciudad siempre tuvo la moral muy relajada y en ella, a pesar de esa visión de ciudad mariana con Academia Militar, los prostíbulos tenían alcurnia y humildad, y dos entidades gloriosas producían alegría y jolgorio entre sus visitantes: El Oasis y El Plata. El primero era un teatro musical que intentaba desvergonzarse contra tanta censura eclesial, y el segundo, un café cantante, con un pequeño escenario en el que los tres músicos aparecían en fila india porque si no, no cabían, y la maciza vocalista entonaba siempre aquello de: “No te vayas de Navarraaa…”, para el jolgorio de los espectadores, en su mayoría campesinos que, a esa hora, las tres de la tarde, ya habían comido en cualquiera de los restaurantes de los existentes en lo que se conoce como el Tubo, que, entre otras entidades comerciales, albergaba una pequeña tiendecita rotulada como Gomas la Francesa y era el único lugar de Zaragoza donde se podían adquirir preservativos. El blanco y negro a raudales.

De ese blanco y negro mi Zaragoza se salvaba porque un par de librerías, Pórtico y Libros, nos alimentaban clandestinamente de todo lo que se podía leer por el mundo, al tiempo que cuatro importantes poetas, Ildefonso Manuel Gil, mi hermano Miguel, Manuel Pinillos y Julio Antonio Gómez, más un gran prosista Manuel Derqui, nos colocaban en el huracán de la cultura nacional, junto a tres grandes pintores -Lagunas, Laguardia y Aguayo-, que, a fines de los cuarenta, inauguraban una exposición de pintura abstracta, la primera de España, bajo las denuncias de las gentes de orden zaragozanas.

Gentes de orden a las que, aunque la Virgen del Pilar tenga su gran templo a orillas del Ebro, el río les parecía desde siempre un lugar para cruzarlo, y nada más. En la otra orilla, en la de la izquierda, estaban los arrabaleros, los huertanos, gentes que cada noche acudían al hermoso Mercado Central y extendían en su exterior, rodeándolo, todas sus verduras y frutas de cada estación.

Lo hacían bajo mi ventana y siempre me imaginé que allí estaba mi puerto de mar, que nunca tuve, pero que ansiaba. Y antes de acostarme, noche tras noche, me asomaba para verlos, para aspirar el aroma de las verduras frescas y escuchar el runrún suave de las mulas y de los machos.

Un día aquella ciudad reventó, se aupó sobre su pequeña medianía y comenzó a crecer, a hacerse mayor y a llenarse de gentes que traían un nuevo concepto de la ciudad y de la vida. Un aire joven puso color al blanco y negro, que pasó a la historia con el final de la Dictadura y que, poco a poco, se fue abriendo hacia horizontes más complicados pero más llenos de entusiasmo: pintores, escritores, editores, colectivos rompedores, crecen y se multiplican -somos los mejores en rap con los Violadores del Verso y de los mejores en el pop con Amaral y los Héroes del Silencio-. Mientras, el Ebro, eterno olvidado, se recupera y se convierte en una entidad cubierta de vida que muy pronto nos abrirá mejores perspectivas que aquellas que nos dejaron los Sitios y la Dictadura.

Mi Zaragoza está -en realidad, siempre ha estado pero lo desconocía- en mitad de un territorio con futuro. ¡Que los dioses nos cojan confesados!