Zaragoza líquida

Por Luis Fernández-Galiano, arquitecto (EL PAÍS, 12/06/08):

Una expo es una expo es una expo es una expo. No puede juzgarse con los criterios de la construcción habitual, porque su éxito o su fracaso se dirimen en un territorio diferente.

Para comenzar, una expo es una operación urbana que aspira a transformar una ciudad con inversiones excepcionales que se justifican, precisamente, por el evento; lo más importante sucede fuera del recinto, y son las nuevas infraestructuras de movilidad -puentes, autopistas, estaciones o aeropuertos- el más productivo legado de la celebración.

En segundo lugar, una expo es un laboratorio de arquitecturas que no persiguen tanto la consistencia mutua como la innovación técnica y estética; permanentes algunas y efímeras muchas, la algarabía de construcciones pone a prueba la verosimilitud futura del emplazamiento como fragmento urbano.

Por último, una expo es una reflexión colectiva y una fiesta ciudadana, que aspira a publicitar grandes temas sociales sin renunciar a su condición lúdica; los pabellones son escenarios de competencia simbólica entre entidades políticas o económicas que proponen sus prioridades al turbión de visitantes.

Hoy, en el umbral de su apertura, y en esos tres renglones, la expo de Zaragoza merece ser calificada con un notable urbano, un aprobado arquitectónico y una incógnita festiva.

Dentro del capítulo de infraestructuras del transporte, la llegada de la alta velocidad ferroviaria a la estación diseñada por Carlos Ferrater y José María Valero, el nuevo aeropuerto levantado por Luis Vidal y la mejora de la red viaria potencian el evidente protagonismo logístico que confiere a la ciudad su posición geográfica, en el cruce del eje Madrid-Barcelona con el que une el Cantábrico con el Mediterráneo, en el baricentro de la España más próspera; por otra parte, los nuevos puentes sobre el Ebro -proyectados por los ingenieros Juan José Arenas y Javier Manterola-, la pequeña dimensión del recinto expositivo y el acompañamiento de la operación con una acertada secuencia de parques fluviales -en los que han intervenido numerosos arquitectos paisajistas, desde Enric Batlle y Joan Roig hasta Iñaki Alday y Margarita Jover con Christine Dalnoky- auguran una eficaz integración de los nuevos espacios en el tejido urbano de la capital aragonesa.

En el terreno de la arquitectura, la decisión de albergar la mayoría de los pabellones bajo un mismo techo -un edificio horizontal y sinuoso realizado por la ingeniería Idom- limita la innovación esperable, constreñida aún más por los programas convencionales de obras excelentes como el vertiginoso Palacio de Congresos de los madrileños Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano o el refinado Edificio Expo del aragonés Basilio Tobías, algo que también ocurre en el hotel de los catalanes José Antonio Martínez Lapeña y Elías Torres o en el acuario diseñado por Álvaro Planchuelo.

La actitud experimental -excluyendo las pequeñas construcciones efímeras- queda así reducida a la elegante Torre del Agua de Enrique de Teresa, el festivo Pabellón de Aragón de Daniel Olano y Alberto Mendo, el escultórico gesto biomorfo del Pabellón Puente de Zaha Hadid y Patrik Schumacher y, last but not least, el extraordinario Pabellón de España del navarro Francisco Mangado, un lírico y riguroso bosque de columnas cerámicas que salva la muestra.

Para terminar, y aunque el balance definitivo del evento deba esperar a la clausura, ya puede adelantarse que parece un acierto el tema seleccionado como hilo conductor de exposiciones y encuentros -el agua y el desarrollo sostenible-, aunque no es seguro si la imprescindible pedagogía se sabrá reconciliar con la inevitable diversión que estos grandes parques temporales de atracciones deben ofrecer.

Cien años después de la Exposición Hispano-Francesa, Zaragoza ha preferido eludir su protagonismo histórico en la mítica Guerra de la Independencia para centrarse en el gran tema de nuestro tiempo, la gestión de los recursos del planeta, fijando su atención en el agua como corresponde a su paradójica condición de ser a la vez la mayor ciudad que baña el más caudaloso río de la Península y la capital de una región árida, moteada por auténticos desiertos, donde el agua es sueño regeneracionista, emoción irredenta y núcleo medular de la política contemporánea.

Dejando a Madrid y a los Goyas del Prado el debate sobre la nación y sus metáforas, indiferente ante las renovadas polémicas entre absolutistas y liberales, y sorda también ante la discusión sobre si “la guerra del francés” -que los británicos llaman the Peninsular War- fue o no una de las revoluciones que sacudieron América y Europa en torno a 1800, Zaragoza celebra los dos siglos de su episodio bélico con una fiesta líquida -entre dos citas asiáticas, la de Aichi en 2005 y la de Shanghai en 2010-, que reúne las urgencias de un globo apremiado por los millones de personas que carecen de agua potable o saneamiento y las demandas de una tierra seca que ha hecho del agua su patrimonio físico y sentimental.