Zaragoza ya mira hacia el Ebro

Las relaciones de las ciudades con sus ríos son tan complicadas como las relaciones de pareja. La ciudad se asienta al lado del río, porque necesita su agua, pero a medida que la ciudad crece se olvida de su origen y el río queda como un pariente pobre, en una de las esquinas de la ciudad. Ahí está Roma, que al barrio que creció al otro lado del río lo llama Trastevere, o sea, al otro lado del Tíber, para que nadie dude de su lejanía del centro. Londres ha gastado ingentes cantidades de dinero, y ha establecido numerosos servicios públicos para que los londinenses no se quedaran en la orilla norte del Támesis, pero son muchos los que creen que la ciudad concluye cuando Westminster se topa con el río. Incluso París, que parece que ha crecido armónicamente a los dos lados de la Seine, siempre ha distinguido entre la Rive droite y la Rive gauche. En la ribera derecha se asentaba la burguesía, y en la ribera izquierda, la bohemia, aunque bien es verdad que hoy alquilar un apartamento en el bulevar de Saint Michel es tan caro como hacerlo en cualquiera de las grandes avenidas del otro lado del Sena, debido a la literatura, el cine y demás factores que ayudan a la mitificación de los lugares.

A Zaragoza le ha pasado algo semejante con el Ebro, y aunque es ciudad que presume de su indisoluble matrimonio con el río, siempre ha permanecido de espaldas a él. Quien primero observó ese fenómeno –por cierto, en una «tercera» del desaparecido diario Pueblo– fue el escritor y médico Santiago Lorén. Nacido en Belchite, médico en Calatayud y asentado como un excelente ginecólogo en Zaragoza, le dio tiempo a ganar un Planeta y a escribir con un gran sentido del humor, y a tomar nota de lo que ocurría en la ciudad del Ebro. Y lo que ocurría en la ciudad del Ebro era que le daba la espalda al río, no de una manera sutil, sino abrupta y toscamente. Tan es así que al barrio situado al otro lado del Ebro se le denominó Arrabal, al estilo de Roma, para evitar confusiones sobre su situación. No olvidemos que el DRAE define «arrabal», en su primera acepción, como «barrio fuera del recinto de la población a la que pertenece», y en su segunda, por si hay dudas, «cada uno de los sitios extremos de una población». Es decir, que en cuanto cruzabas el río te ibas fuera de la ciudad o a un extremo, aunque la distancia fueran los doscientos metros del puente.

La basílica del Pilar le da la espalda al Ebro. El nuevo Ayuntamiento de Zaragoza, construido a mediados de los sesenta, en un estilo renacentista aragonés con huellas mudéjares, ni siquiera tuvo la delicadeza de diseñar una puerta en la fachada posterior que mira al río. La antigua Lonja sí que la tiene, pero no se usa, y el palacio arzobispal, que también fue seminario, mira hacia el casco romano. Porque el trazado de los fundadores le reservó al río el papel de frontera, y esa dura herencia llegó hasta finales del siglo XX.

La primera iniciativa para dignificar la otra orilla data de 1925, cuando se crea el Centro Naturista Helios con objeto de fomentar el deporta, la vida sana y… el naturismo. Se instala en terrenos cedidos por el ayuntamiento y se intentan cumplir los estatutos, pero me contaba el escultor Armando Ruiz que, en cuanto vieron que en una zona de solárium había un grupo que tomaba el sol «in puris naturalibus», les empezaron a llover cantazos y piedras en tal cantidad que debieron renunciar a los baños de sol en pelota. Tras la Guerra Civil, el Centro Naturista Helios pasó a denominarse Centro de Natación Helios, más acorde con la moral de la época, y me extraña que dejaran la helénica y pagana terminología del astro rey sin añadirle un santo. También a mediados de los sesenta, un pionero del piragüismo, Félix Marugán, en la orilla del Pilar promociona un Club Náutico, que todavía se mantiene en pie. Poco más. Asomarse a la orilla del Arrabal era contemplar escombreras, chatarras, abandono y suciedad. Zaragoza se enorgullecía del Ebro, se consideraba más propietaria que inquilina del río, pero a medida que te acercabas al Ebro, por la noche, disminuían las luces, y todo te avisaba de que estabas a punto de salir de la ciudad.

Fue la unión del bicentenario de los Sitios y la Expoagua 2008 la que recuperó el Ebro para la ciudad. Y, salvo algunas excepciones, la propuesta de Juan Alberto Belloch tomada del arquitecto Carlos Miret, en 1999, fue pasando filtros, gobiernos de uno y otro signo y, salvo alguna excepción, tanto PSOE como PP, desde Madrid, la autonomía o el ayuntamiento, pusieron su esfuerzo para que en 2008 se celebrara la Expo Universal, dando una lección de que los partidos se hacen más grandes cuando no intentan partir, sino colaboran por un objetivo común.

Cuatro o cinco meses antes de dejarnos, me contaba José Antonio Labordeta el placer de andar varios kilómetros por las orillas del Ebro, aseadas, limpias, desbrozadas, preparadas para el disfrute del caminante o del ciclista. Él, que se había pateado el Pirineo, y que se conocía los senderos del Bronchales turolense, o los vericuetos del Moncayo, sonreía casi receloso de que aquello sólo fuera un sueño pasajero. No lo es. Desde la estación del AVE parte el puente de los Peregrinos hacia lo que ya no es arrabal, porque ha crecido la población, se ha urbanizado la zona, y lo que eran parcelas desperdigadas, talleres pequeños, restos de derribos, incluso alguna chabola, es hoy una zona tan llena de servicios que hasta ha instalado uno de sus almacenes El Corte Inglés, que es una especie de certificado de vida urbana en las ciudades.

Hace poco, asomado al río, recordaba mis aventuras de niño por las orillas, cuando escapábamos de la vigilancia de los mayores, y nos adentrábamos bajo los arcos y nos creíamos formar parte de un safari peligroso, cuando salía huyendo una rata del tamaño de un conejo.

La idea de la Expo se produjo porque al arquitecto Carlos Miret se le murió un hijo con 19 años. Y su mujer le animó a que no se encerrara en la depresión y pensara en algo nuevo. Y de esa manera tan dolorosa se inició un proyecto que cambió la faz de la ciudad.

De vez en cuando, el río reclama su cauce, inunda huertas y cuadras y viviendas. Es el tributo periódico por la invasión de su terreno. O puede que sea su pequeña venganza por tantos lustros en los que la ciudad le dio la espalda, aunque hoy podemos decir que Zaragoza ya mira al río que dio nombre a la península.

Luis del Val, escritor.

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