ZP no es Mr. Chance

Por Antonio Rivera (EL CORREO DIGITAL, 19/01/07):

Hace sólo unas fechas que murió Gerald Ford, el único presidente norteamericano no elegido, que alcanzó tan alta dignidad al tener que sustituir al rufián pillado de Richard Nixon. De Gerald Ford se contaba un chiste malévolo, en el sentido de que era un hombre capaz de hacer dos cosas a un tiempo: andar y mascar chicle. Nuestro presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, ha recibido el acoso permanente de quienes el 14-M se llevaron la morrocotuda sorpresa de perder unas elecciones al ser pillados por rufianes, cuando éste fue capaz de capitalizar la mala leche que se había ido acumulando en el tiempo del ‘aznarismo’. Al frente de ese acoso han estado y están las terminales mediáticas -sobre todo radiofónicas- de una derecha escasamente liberal, y la derecha política no hace sino ir a rebufo de semejante ‘intelectual colectivo’. En ese viaje hacia el abismo, el último ataque que su máximo dirigente, Mariano Rajoy, ha tomado prestado de sus pensadores periodísticos ha sido la ocurrencia de que ZP sea un «bobo solemne», cuestionando aquel viejo adagio de que cualquier ciudadano puede ser presidente en un sistema democrático. Se supone que siempre que sea elegido por los ciudadanos.

Empecemos por ahí. ¿Es necesario algo más que ser de tu país y mayor de edad para ser candidato a presidente? Pues, realmente no. Hubo un tiempo -que a la derecha de nuestro país le resultará familiar, porque se empeñan en reclamar como antecedente político- en que no era así, que se sostenía que sólo quien tenía que perder podía aspirar a poner en peligro. Y quien tenía que perder, al parecer, era quien tenía propiedades. Eran los tiempos del sufragio censitario, de Cánovas y de los grandes héroes de la derecha patria. Pero cuando el sufragio fue realmente activo para todos y todas (aquí sí viene al caso), cualquiera podía convertirse en presidente. Y en ese ‘cualquiera puede ser presidente’ se encierra lo mejor y lo peor de la democracia: de un lado, todos podemos aspirar a lo mismo y a prosperar en razón de nuestras capacidades, no de nuestro origen; pero de otro, cualquier insensato puede gobernarnos con nuestra anuencia y voto, aunque lo haga en nuestra contra. La historia reciente tiene una larga lista de gobernantes votados que confirman que la mayoría no tiene por qué tener la razón; sólo tiene la mayoría. Y en eso consiste.

Queda, para no ponerse estupendo, comparar lo que hay con lo que hemos conocido. ¿Realmente un ciudadano no contaminado se cree que ZP es más o menos inteligente que Suárez, Calvo Sotelo, González o Aznar, por no salirnos de su lista? Como le pasaba a Gerald Ford, hay algunos a los que la leyenda les ha tratado mejor o peor. Basta hacer memoria. El tiempo pasado tiende a atenuar los recuerdos negativos. Lean un libro de historia y se les refrescará la memoria, y verán a un Suárez abrumado por las difíciles circunstancias que protagonizó, a un Calvo Sotelo que nunca dejó su cara de estupefacción y al que le deshicieron su partido desde dentro, a un González acogotado y agotado por el ensimismamiento del llamado ‘síndrome de La Moncloa’ o a un Aznar con los pies encima de una mesa fumándose un puro, con lo que pensaba era el reingreso de España en la primera esfera internacional, después de la definitiva despedida del Congreso de Viena. La historia y la memoria no son una misma cosa. Compruébenlo.

Pero es que, además, el político, por definición, no es inteligente, sino listo. Para que un político llegue a presidente de su país -si no le pasa lo de Gerald Ford- o a simple candidato a ello ha tenido que demostrar su capacidad para moverse en su propio partido. Un partido es la entidad privada que en democracia gestiona los asuntos públicos y que selecciona internamente los candidatos para esa gestión. Ahí es donde se celebra el ‘casting’, no en otro sitio. Y, si hablamos de ZP, los socialistas leoneses, sus partidarios y sus detractores dejados en el camino, saben de las habilidades requeridas de este ‘Bambi’. Habrá que reconocer que ZP se lo trabajó él, y que tuvo la suerte que Maquiavelo, junto a la virtud, asociaba a la figura del ‘príncipe’ para serlo. El que ahora sólo repite lo que oye a las mañanas en el transistor, como mucho, iba en el paquete del anterior presidente, y éste lo dejó de heredero casi seguro cuando resolvió que ya no seguía. No pasó ni el ‘casting’ interno ni la elección universal de la ciudadanía. Algo ya entiendo su enojo.

Sin embargo, si yo fuera ZP me preocuparía sobre todo por la sospecha sobre su inteligencia que albergan los propios, los intelectuales y publicistas del bando de la izquierda. Su asesor de cabecera, el diputado Torres Mora, en aquella memorable e interminable loa que le hizo el escritor Juan José Millás en el colorín de ‘El País’, explicaba que la animadversión de la ‘inteligentsia’ izquierdista hacia ZP tenía una razón generacional. Yo me lo creo. Mis maestros han vivido influyendo a nuestros políticos en la antecámara -o pensando que lo hacían-, a la manera decimonónica, y por eso se respetaban de mutuo. ZP parece que no es partidario, que no les reúne lo suficiente, que no les hace el debido caso y que, además, no les aguanta el diálogo: él es un político posmoderno, y los posmodernos (en el peor y mal sentido del término) no tienen tanto ideas para encabezar proyectos como olfato para ponerse al frente de la manifestación social. El político posmoderno, como mucho, demuestra tener una inteligencia funcional, capaz de picotear en muchos sitios sin quedarse para enseñar en ninguno. Es lo que hay. ¿Cuántos políticos conoce el lector capaces de escribir tres folios de ideas propias y de mediana proyección sobre cualquier tema? Son excepción. Prima otro clásico: ‘sabedor de todo, experto en nada’. Y así son todos. O casi. No nos engañemos. Los de ahora y los de antes de ayer.

Esa intelectualidad de izquierdas (o así) ha tomado prestada también una figura elaborada en la factoría de ideas de la derecha: aquella de que ZP es como Mr. Chance, aquel personaje cinematográfico que hizo Peter Sellers, un jardinero cuyo contacto con el mundo era la televisión y que recitaba axiomas incomprensibles que, por casualidad y tras su manipulación interpretativa, se constituían en consejos privilegiados para decisiones bursátiles. Un genio de chiripa. Y ahí querían ver a Rodríguez Zapatero, subido en la ola de la reacción del 11-M o a la chepa de ministros eficientes (Solbes, la vicepresidenta) o de bonanzas heredadas. Un ZP axiomático, vacío y suertudo, como Mr. Chance.

Bueno, puestos a creer, hasta la ‘inteligentsia’ de izquierdas es creyente y depende de la fe más que de sus análisis razonados y sesudos. Lejos de evaluar y valorar si la bonanza económica la está aprovechando ZP para poner en marcha unos cambios en políticas y en valores sociales -e incluso su iniciativa en materia terrorista- que otros políticos no hubieran intentado, prefieren quedarse en la espuma que les ofrece cada mañana la publicística de extrema derecha. Que si fue con un avión oficial a ver a su mujer a un concierto a Alemania, que si sus ministras se fotografiaron para el ‘Vogue’, que si se volvió a Doñana después del atentado de la T4 (mal hecho, por cierto). Todo eso; sólo eso. Pero hay algo peor en esa vagancia intelectual, y es cuando esa ‘inteligentsia’ adopta el estilo de pensamiento de la derecha. Ese estilo se condensa en la brutal acusación de Rajoy el otro día: si no te bombardean es porque ya has cedido, y si lo hacen es porque aún no has cumplido. Es un razonamiento circular, tramposo e inevitable. Yo no se lo aceptaría a un alumno, y tampoco se lo debo aceptar a un dirigente político. Es intrínsecamente falaz: no en los resultados del aserto, sino en la propia construcción del razonamiento. Pero ése es el estilo, cuyo antecedente próximo es que ZP era un sofisticado y sibilino destructor de las esencias del país -unidad patria, terrorismo, valores eternos- y a la vez un tonto que no se enteraba. No puede ser una cosa y la otra a la vez. Es inaceptable como esquema mental. Y ahí, una intelectualidad de izquierdas repitiendo como papagayos las melonadas que cada mañana inventa una publicística de extrema derecha que, además y con motivos, les desprecia, no es de recibo.

Rodríguez Zapatero se me hace inaguantable cuando silabea un discurso, cuando lo repite tres veces para que los periodistas tomen buena nota de la idea fuerza del día o cuando recita axiomas de libros de autoayuda o de voluntarismo gaseoso, en la mejor tradición del otro de las cejas arcadas, de Ibarretxe. Ahora, cuando el proceso se ha ido al traste, es cuando tiene que demostrar si tenía una flor en el culo o es un político de raza y de cabeza. Pero entretanto, más allá de por ser de izquierdas, simplemente por reclamarnos capaces de utilizar con rigor los mecanismos del pensamiento y de la reflexión racional, no podemos tragarnos los anzuelos discursivos y retóricos de una derecha tosca y, precisamente, antiintelectual. Porque, más allá de ZP y de sus inteligencias, fuera debería quedar alguna para después.