ZP se parece demasiado a Suárez

En el libro Anatomía de un instante Javier Cercas va mas allá de lo sucedido el 23-F y, tras ejercer de psiquiatra de nuestra transición, ofrece la radiografía definitiva de Adolfo Suárez. Además, aporta un valor subliminal añadido: después de mostrar con frialdad y perspectiva la manera de ser y actuar de Suárez, somos muchos los que encontramos sensibles paralelismos entre el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y él. Especialmente, su capacidad de encarar con brillantez lo más difícil y, luego, de aflojar o incurrir en errores apreciables al gobernar situaciones menos tensas.

Adolfo Suárez merece una valoración global positiva. La transición le debe mucho a su falta de escrúpulos frente a quienes no los merecían: sus antiguos camaradas del Movimiento y los militares franquistas. Limitado por una formación personal poco sólida, cuando el rey Juan Carlos le propuso implicarse en un gran proyecto, el de reimplantar la democracia parlamentaria, salió adelante aplicando aquello de que el fin justifica los medios. Para ello, superó el hándicap de que nadie aceptaba de corazón su liderazgo. Los centristas le consideraban un populista; la derecha, un trepa y un traidor, y tanto la izquierda como los nacionalistas despreciaban su origen falangista y se limitaron a aprovecharse de aquel compañero de viaje que remaba en la dirección que les convenía. Adolfo Suárez no seguía ninguna hoja de ruta concreta, sacó adelante el cambio pacífico de régimen y luego, por falta de solidez, no supo gobernar el día a día ya más anodino.

Con todo, Suárez cometió un error histórico. Hizo la transición con juegos de manos, pero el último de sus malabarismos improvisados, el café para todos autonómico, a la larga ha salido mal. Desaprovechó el momento dulce de la buena fe colectiva del país y los partidos, y cuando tuvo a su alcance definir un Estado federal o reconocer –aunque fuese limitadamente, dadas las circunstancias– la especifidad de Catalunya y Euskadi se sacó de la manga la genialidad de diluirlas en un mar en el que todos los territorios de España eran autonomías equiparables. Parcheó este problema histórico quizá la única vez que pudo afrontarse con posibilidades de consenso. Y puso las bases para la situación desencajada y desabrida de hoy.

Zapatero al principio también lo encaró todo, cuando lo tenía peor. Llevaba, como Suárez, un gran proyecto difícil bajo el brazo, y lo abordó con empuje y sin ortodoxias formales: dar marcha atrás a la insensata subordinación a George Bush que había aplicado su antecesor, José María Aznar, ensanchar de verdad las libertades y, en lo territorial, subsanar el error de Suárez levantando la bandera de la España plural para desarrollar un formato federal.

De las dos primeras cuestiones nació el aura del zapaterismo como variante fresca del socialismo europeo, tras la acomplejada etapa hiperliberal en la que se aceptó casi sin pestañear la doble dictadura del mercado y las multinacionales. El factor añadido del declive de ETA le ayudó. La ilusión colectiva por un final del terrorismo dio alas suplementarias a su proyecto. Hizo bien lo difícil: fue un adelantado en desmarcarse de Bush, devolvió a España su sitio en la Unión Europea, e hizo vibrar a la opinión pública con ofensivas sociales tan emblemáticas como la igualdad de la mujer, la lucha contra la violencia doméstica, el final de la discriminación legal de los homosexuales o el empujón de la ley de dependencia…

Pero en el otro reto, el de relanzar la España plural, Zapatero topó con el desdichado debate del nuevo Estatut catalán. En momentos de gran bonanza económica, tanto el Partido Popular como los sectores mediáticos centralistas convirtieron la cuestión territorial en la trinchera de la resistencia al presidente del Gobierno. Y ante eso Zapatero, light, enlazando con el café para todos de Suárez, se acobardó. Por renunciar, renunció incluso al trámite desbloqueante de convertir el Senado en una cámara de las autonomías.

Después de eso vino un arrugón mas general. Y más tarde, en plena carrera hacia atrás, la ligereza del presidente le hizo cometer el otro gran error que ha quebrado su credibilidad: negó la crisis económica cuando ya era tangible. Después de eso, cuando el país sufre ahora de lleno la presión de la tenaza que forman la crisis internacional y la crisis específica de la economía española, un Zapatero atrapado por una debilidad parlamentaria muy relacionada con su renuncia a profundizar en la España plural tiene cada vez más difícil desarrollar su política ordinaria. Como le ocurrió a Suárez.

En estos momentos, Zapatero se mantiene forzando sus dotes para la proyección mediática. Eso no hace otra cosa que acercarle todavía más a las prácticas de Suárez, un gran maestro cuando se dirigía sin intermediarios a la opinión pública, a través de la televisión, para decirle el «puedo prometer y prometo», aunque creciese su soledad y no fuese precisamente demasiado puntual en los cumplimientos.

Antonio Franco, periodista.