Zurbarán y Cristino de Vera en Celanova

España. Celanova. Año 2016. El chico solo pinta monigotes. Los demás maestros le dicen que no los haga, pues no sirve para nada. Eso es inútil, repiten en coro. A mí me llama la atención, pues él no hace caso y sigue a lo suyo con determinación. En mis clases yo lo dejo hacer. Un día me preguntó: Rivela, ¿qué hay más allá? Y esa pregunta me llevó hacia el pasado.

España. Año 1947. Me veo en el aula de una ciudad. Un crucifijo en la pared. Un maestro con unos estudiantes y un chico que pinta monigotes. Los demás maestros lo desaniman y en coro le dicen: no hagas eso, pues no sirve para nada. Pero el chico no hace caso y sigue a lo suyo, con decisión. Pero hay un maestro que lo anima: veo que te gusta mucho, pues sigue pintando monigotes, le dice. Poco a poco ese maestro comienza a llevarle dibujos de Ribera, Zurbarán, El Greco, Velázquez… El estudiante recrea esos dibujos y cada día va mejorando. Pasan tardes pardas y frías de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales. Así pasan varios años.

El maestro le dice que ya le enseñó todo lo que sabía. Si quieres seguir mejorando tus monigotes tienes que seguir aprendiendo con alguien que sepa más que yo. Tengo un amigo que es pintor, tiene un taller en Madrid y es capaz de vivir de su oficio. El oficio de la pintura, como todos, es un camino que nunca termina… Quiero saber lo que hay más allá, dice el estudiante. El padre del chico que hace monigotes es un viajante que no tiene suficientes recursos para seguir costeándole los estudios. El maestro le consigue una beca para que pueda vivir en una humilde pensión de Madrid.

España. Madrid. Comienzos de los años 1950. Lo acompaña y le presenta al pintor. Este le dice que le va a poner tres ejercicios y si consigue superarlos le asegura que se convertirá en pintor. Le pregunta: ¿cuántos pintores te gustan? Le nombra varios. Le dice que se vaya y que no vuelva hasta que se haya decidido por uno. El estudiante coge todos los días una silla, un poco de comida, y se pasa todo el día contemplando los pintores del Museo del Prado. Así pasan dos años. Un día vuelve a ver al pintor. ¿Por cuál te decidiste? Por Zurbarán, le responde. Decidirse a tiempo es lo más importante, le dice el maestro. Ahora tienes que mirar todos los cuadros de Zurbarán y decidirte por uno. Cuando lo consigas vuelves. Así pasa otro año y medio. Cuando vuelve, el pintor se queda asombrado. Son muy pocos los que llegan hasta aquí, dice. Ahora solo te queda el último. Tienes que investigar en qué lugar tenía el taller Zurbarán, cuándo hizo ese cuadro, cuántas personas trabajaban con él, cuánto tardaron en hacerlo, cómo hacían el lienzo, las pinturas… Tienes que situarte mentalmente en ese lugar y ser capaz de visualizar, oler, tocar, oír, saborear… todo el proceso de construcción de la pintura, como si vivieras con ellos. Cuando lo consigas vuelves. En un año y medio lo consiguió. Cuando volvió ya pudo entrar al taller, y allí siguió el camino del aprendizaje durante varios años más.

Ese aprendiz se llama Cristino de Vera y hoy sigue trabajando en ese oficio que nunca se acaba. Ya forma parte de la historia de la pintura española. El que le enseñó el oficio fue otro grande: Daniel Vázquez Díaz. También quiero rendir un homenaje a su maestro (Mariano de Cossío), que desde el principio animó a Cristino de Vera. Sin ese hombre posiblemente no hubiera sucedido nada de lo que pasó después. Parte de su formación también estuvo ligada al escultor Alfonso Reyes. Lo que acabo de contar me lo dijo Cristino de Vera. Lo llamé por teléfono en 1999 para hablar con él y me dijo: conozco a las personas por la voz, ¿sabe usted? Venga a visitarme cuando quiera. Fui a verlo y me regaló un dibujo: «Cristo y taza». En 1996 se expuso en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia y hoy se puede contemplar en el hermoso monasterio de San Salvador de Celanova. «Y el ser es silencio/ Ser, silencio/ como el mar en calma/ como la línea del horizonte», me dijo Cristino al despedirnos.

España. Celanova. Año 2018. El chico que actualmente dibuja monigotes en el instituto Celso Emilio Ferreiro de Celanova se decidió por Velázquez. Ahora está con el segundo ejercicio y está entrando en el oficio que nunca se acaba… Como casi todos. Me dijo: Rivela, quiero saber lo que hay más allá. La tradición española, ¡sin traición! Ser, silencio…

José Rivela, profesor del IES Celso Emilio Ferreiro en Celanova.

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