Ciencia y política

Por José Manuel Sánchez Ron, miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAIS, 23/11/03):

La fiesta ha terminado. Pedro Duque ha regresado felizmente de su aventura en la Estación Espacial Internacional (ISS). Las cámaras, corresponsales especiales y políticos involucrados pueden descansar. Es hora, sin embargo, de reflexionar acerca de lo que ha significado este acontecimiento espacial.

Y lo primero que hay que señalar al respecto es que la misión de Pedro Duque, al igual que el tratamiento informativo y evaluación que de ella se ha hecho, constituyen un ejemplo especialmente transparente de la relación entre ciencia y política. La ciencia es, por supuesto y por encima de todo, conocimiento, un esfuerzo constante por agrupar en leyes con capacidad predictiva todo aquello que sucede en la naturaleza, desde, por ejemplo, la maquinaria que forma un minúsculo virus hasta la estructura del universo. Ahora bien, para poder obtener tales conocimientos son imprescindibles recursos económicos, por los que compiten tenazmente los científicos. En el mundo mediático en el que vivimos, un mecanismo bastante eficaz para ayudar a atraer tales recursos es la capacidad de suscitar el interés de los medios de comunicación, y así no es extraño que individuos e instituciones científicas o tecnológicas no pongan reparos en (cuando no se apresuren a) destacar de manera interesada aspectos de sus tareas que poseen algún atractivo social. El Programa Átomos para la Paz, lanzado por el presidente Eisenhower en un famoso discurso que pronunció en 1953 en la ONU, poseía algunas de esas características: defendía el papel beneficioso de la energía nuclear para el bienestar de la humanidad, así como para un mejor entendimiento entre las naciones, aunque dejaba de lado el hecho de que Estados Unidos continuaba con vigor sus programas de armamento nuclear. La NASA ha sido históricamente maestra en utilizar la propaganda para reforzar su imagen pública, imprescindible a la hora de conseguir los cuantiosísimos recursos económicos que ha necesitado y necesita. En los tiempos del Programa Apolo, que llevaría a Neil Armstrong a pisar el 20 de julio de 1969 la Luna, sus dirigentes insistían en sus declaraciones que de sus trabajos en, por ejemplo, medicina espacial, ciencia de los materiales o de la combustión se derivarían grandes beneficios para la sociedad, desde la salud pública al transporte. No conozco de estudios rigurosos que hayan evaluado posteriormente en qué medida tales promesas se cumplieron, teniendo en cuenta, por supuesto, como un elemento a considerar el coste por resultado, porque, naturalmente, de programas de la magnitud de los de la NASA u otros organismos aeroespaciales siempre se obtiene algún rédito para la sociedad y para el avance del conocimiento. Asimismo, en los últimos años no faltan quienes sospechan que la NASA ha seleccionado como objeto de sus intereses el de averiguar si hay agua y vida en Marte por lo fácil que es atraer con este tema la atención popular.

Cuando durante los últimos días veíamos al astronauta Duque aparecer sistemáticamente en televisión, dialogando con el presidente del Gobierno, explicando cómo es la vida en el espacio o realizando declaraciones para los medios de comunicación, me asaltaba un sentimiento de familiaridad, de algo ya visto. Los llamamientos de nuestro astronauta en favor de la importancia de la investigación científica para el presente y futuro de España son muy de agradecer. Que durante más de una semana los españoles nos hayamos visto inundados de noticias en las que la ciencia y tecnología espacial ocupan un lugar aparentemente central, muy importante en cualquier caso, es positivo, ¿cómo no iba a ser positivo? Pero, ¿merece la pena el precio pagado? O, ¿qué más hay detrás de lo que ve el ojo a simple vista?

Sobre el precio (13 millones de euros), hay que decir que es bastante elevado si lo comparamos con lo que reciben muchos grupos de investigadores de primera línea de nuestro país: con lo que España ha desembolsado se podría dotar generosamente un buen laboratorio, de esos que tanto y con tanta frecuencia reclaman nuestros científicos. En cuanto al argumento de que el gasto merece la pena ya que así nuestro país se suma a un proyecto internacional de enorme interés, aumentando de esta forma tanto su prestigio como su potencial científico, se pueden señalar bastantes cosas. La primera, que el atractivo científico y tecnológico de la Estación Espacial Internacional no es tan grande como algunos defienden. Su origen está claro: una iniciativa de cooperación entre Estados Unidos y Rusia, en la que los intereses políticos fueron determinantes; intereses como el deseo norteamericano de favorecer, tras la desaparición de la Unión Soviética, al complejo político-militar-industrial ruso, que desde el abandono y destrucción de la estación Mir carecía de objetivos (y de recursos) claros. Se trataba y trata, en definitiva, de convertir al viejo enemigo en amigo y colaborar en que mantenga algo de su autoestima. De manera sistemática, la NASA ha destacado la importancia de los experimentos en condiciones de microgravedad que se llevarán a cabo en la ISS (experimentos a los que Pedro Duque se ha sumado), pero muchos científicos distan de compartir tal juicio. Catorce años de casi continua ocupación de la estación Mir ofrecieron muy poco a la ciencia, mientras que el robotizado telescopio espacial Hubble ha aportado y continúa aportando un inmenso y valiosísimo caudal de resultados. “Años de investigación en el transbordador espacial y en la Mir”, manifestaba hace unos años ante el Comité de Ciencia y el Subcomité del Espacio y la Aeronáutica del Congreso estadounidense el físico Robert Park, miembro destacado de la American Physical Society, “no han producido en absoluto evidencia de que un medio de microgravedad ofrezca alguna ventaja para procesar o manufacturar. De hecho, existen fundadas razones científicas para dudar de que la ofrezca”, tras lo cual añadía: “Existen unos pocos experimentos básicos en áreas tales como la turbulencia y las transiciones de fase en fluidos que pueden beneficiarse de un medio de microgravedad, pero no son experimentos de alta prioridad y podrían llevarse a cabo de cualquier modo en plataformas no tripuladas o en el transbordador espacial”.

Es cierto que el viaje de Duque hay que enmarcarlo también en la colaboración que la Agencia Europea Espacial (ESA) mantiene con la ISS, ya que España es un miembro fundador de esta organización, habiendo sido nuestra pertenencia a ella muy positiva. No obstante, no es, en modo alguno, obligatorio para los Estados miembros participar en todos los programas que mantiene la ESA.

Y en cuanto a si sumándonos a la “aventura espacial” añadimos algo a nuestro prestigio internacional como nación, es dudoso que así sea. El prestigio en ciencia y en política se gana en otros foros: en lo que a la ciencia se refiere, se obtiene con resultados de investigaciones que dejan huella, que marcan pautas que siguen investigadores de otros países, o disponiendo de instituciones ejemplares, prestigiosas y bien dotadas. Los tiempos en que la exploración del espacio constituía una poderosa arma de propaganda política están muy disminuidos, si no es que han pasado, a la espera de un futuro hoy por hoy lejano.

Si hay que competir en escenarios en los que política internacional y ciencia se mezclan, otros escenarios son mejores: como lograr que el ITER (International Thermonuclear Experimental Reactor), cuyo fin será lograr que se pueda obtener energía nuclear de fusión para usos pacíficos, se instale en Vandellòs, algo en lo que, justo es reconocer, se esfuerza el Gobierno español. El ITER, es otro ejemplo nítido de la relación entre ciencia y política. Varios países optan a él, Francia entre ellos, y no es imposible ver que los esfuerzos franceses tienen bastante que ver no sólo con el indudable interés científico y tecnológico que posee en proyecto, sino también con el deseo de nuestro vecino de mantener su influencia política internacional, especialmente en el área de la Unión Europea, mientras que entre los factores con los que España supone que cuenta en su favor figura el del posible apoyo de Estados Unidos, deudor de nuestro país desde la guerra en Irak. Desde esta perspectiva, el ITER no es sino un elemento más, aunque sea pequeño, en la configuración de un mapa u orden geopolítico mundial nuevo, por el que se esfuerzan países como España. Pero de esto, de esta nueva dimensión de la relación entre ciencia y política, habría que hablar con más calma.