El auge político de Japón

Por Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos en el Centro de Investigación Política de Nueva Delhi. Acaba de publicar Asian juggernaut: the rise of China, India and Japan (LA VANGUARDIA, 27/09/06):

El nombramiento de Shinzo Abe como primer ministro más joven de Japón tras la Segunda Guerra Mundial comportará más de un cambio de rumbo. La elección de Abe como presidente del Partido Liberal Democrático (PLD) en el Gobierno no sólo simboliza el cambio generacional en curso, sino que también presagia un nuevo Japón más enérgico y deseoso de influir en el actual equilibrio de poder en Asia. Abe acelerará el cambio nacionalista en política instituido por su mentor, el primer ministro saliente Junichiro Koizumi. Es tanta la publicidad internacional acerca del auge de China, que a menudo se olvida que Japón sigue siendo el mayor centro económico del mundo tras Estados Unidos, con una economía cuyo tamaño es más de dos veces superior al de China.

En tanto que primer éxito ejemplar de la región, Japón siempre ha servido de inspiración a otros estados asiáticos. Ahora, con la aparición de nuevos tigres económicos y el ascenso de China e India, el continente resurge de modo colectivo tras casi dos siglos de declive histórico.

El progreso más trascendental – pero menos advertido- de Asia en el nuevo siglo ha sido el renacer político de Japón.

Con el incremento de la reafirmación y el orgullo japoneses, el impulso nacionalista se ha hecho más patente. Tokio está decidido a influir sobre el equilibrio de poder asiático para anticiparse al auge de la unipolaridad en Asia.

Una serie de sutiles movimientos ha puesto ya de manifiesto el objetivo japonés de romper su aislamiento pacifista. Abe, hijo de un antiguo ministro de Asuntos Exteriores y nieto de un diputado de la posguerra que antes había sido encarcelado por los estadounidenses como prisionero de guerra de clase A, planea revisar en un plazo de cinco años la constitución impuesta por Estados Unidos y eliminar la proscripción militar consagrada en el artículo 9.

En la última década, a medida que la atención política se centraba en el espectacular auge de China, la tierra del Sol Naciente empezó a sentirse amenazada por la creciente sombra del gigante vecino, cuya modernización económica había promovido concediendo créditos baratos por valor de 30.000 millones de yenes y realizando grandes inversiones directas.

Como queriendo dar visos de realidad a su amenaza, la beligerante retórica antijaponesa de China sacudió a Tokio de su complacencia y retraimiento, con lo que puso en marcha el auge político de Japón. Tokio quizá no comparta la obsesión de Pekín por los índices de poderío nacional, pero el establishment militar japonés, salvo en el ámbito nuclear, es todavía el más avanzado de Asia.

Un importante factor que subyace tras la nueva confianza de Japón es su recuperación económica después de un prolongado periodo de estancamiento. Como subrayan los datos económicos, el sol está naciendo de nuevo. Japón está surgiendo con firmeza de una década perdida, un periodo en que sus pérdidas se convirtieron en beneficios para China. Ahora está reapareciendo como motor del crecimiento mundial.

Y es que para un Japón pobre en recursos materiales y dotado únicamente de talento humano y agua en abundancia, la clave del éxito futuro es la misma que ha producido su éxito pasado: un énfasis en las tecnologías de punta junto con el mantenimiento de una tradición de trabajo de la que se hace gran alarde.

Así, incluso durante su estancamiento económico, Japón siguió incrementando su tasa de inversión en ciencia y tecnología, lo que dio lugar a innovaciones como el plástico conductor de electricidad, hoy de uso extensivo en los teléfonos móviles y los sistemas de alta tecnología.

La primavera pasada, al identificar ocho sectores prioritarios para el fomento la innovación, Tokio dio a conocer un programa que prevé inversiones de veinticinco billones de yenes en ciencia y tecnología a lo largo de los próximos cinco años.

Sin embargo, existe una grave amenaza para la competitividad de Japón que procede del propio país: el descenso de la tasa de natalidad y el envejecimiento de la población. Por primera vez en la historia, el número de muertes naturales superó el año pasado el número de nacimientos en total.

En comparación con la tasa de fertilidad estadounidense del 2,1, la tasa japonesa ha alcanzado el récord histórico de 1,29. Si bien Japón puede jactarse de una esperanza de vida excepcionalmente elevada – la más elevada del mundo en el caso de las mujeres-, la disminución de los nacimientos refuerza el continuo envejecimiento LA ELECCIÓN DE ABE como presidente del PLD presagia un Japón más enérgico y deseoso de afianzar su presencia internacional de su sociedad, lo cual tiene importantes implicaciones económicas y sociales.

Un medio para mantener la innovación científica frente al declive de los nacimientos es la apertura de las universidades y los centros de investigación japoneses a los investigadores extranjeros. No se trata de una tarea fácil en ninguna de las homogéneas sociedades de Asia oriental. Ahora bien, del mismo modo que Japón ha tenido que aprender a convivir con el desagradable hecho de que los actuales campeones de sumo no son japoneses, también tendrá que abrir sus instituciones de investigación a los extranjeros con el fin de aumentar la productividad mediante de la innovación continuada.

Es cierto que ningún primer ministro ha zarandeado tanto Japón como Koizumi, quien, a pesar de conducir hace apenas un año al PLD a una de sus mayorías parlamentarias más abultadas, está haciendo lo que pocos dirigentes elegidos democráticamente han hecho en el mundo: retirarse de modo voluntario. Koizumi deja el cargo con unos índices de aprobación superiores a los de cualquier primer ministro de la posguerra. El hecho de que el periodo de estancamiento económico coincidiera con una sucesión de dirigentes débiles convirtió en popular entre los japoneses a un Koizumi obstinado y partidario de los cambios.

En sus algo más de cinco años en el poder, Koizumi ha sentado las bases para un Japón más musculoso, deshaciéndose de un enfoque tímido en política exterior y asegurándose de que el país ha dado la espalda para siempre a los comportamientos tradicionales. Ha contribuido a la creación de un apoyo popular para eliminar las trabas consagradas en la constitución pacifista.

El excepcional legado de Koimuzi ha estado vinculado al controvertido santuario de Yasukuni, un templo sintoísta dedicado a los soldados muertos en la guerra. El templo, considerado en Pekín y Seúl como un emblema del militarismo japonés, se convirtió en símbolo de un gran cambio político bajo el mandato de Koizumi. Sus visitas anuales al santuario han sido la manifestación más visible de su enfoque nacionalista.

Por medio de gestos calculados para reforzar el auge político de Japón, Koizumi buscó la expansión de las opciones estratégicas de su país y la puesta en pie de una estructura de defensa más autónoma, aun cuando la acumulación de poder de China haya llevado a Tokio a intensificar sus lazos militares con Estados Unidos. La creación de una autonomía estratégica seguirá siendo una prioridad con Abe, quien ha comparado despectivamente la diplomacia llevada a cabo por Japón en el pasado con luchar a “sumo para complacer a países extranjeros en un área delimitada por ellos y de acuerdo con sus reglas”.

La seguridad asiática se verá moldeada en gran medida por las ecuaciones entre Japón, China e India – las tres principales potencias asiáticas- y por sus relaciones bilaterales con Estados Unidos. Sin embargo, el boom comercial asiático no significa la mejora de los vínculos políticos.

China es el mayor socio comercial de Japón, pero eso no ha impedido que Pekín juegue de modo agresivo la carta de la historia contra Tokio. Taiwán es el mayor inversor único en China, pero eso no ha impedido que Pekín prosiguiera con sus planes militares para una invasión a gran escala de la isla independiente. China es el socio comercial con mayor crecimiento de India, pero eso no ha puesto fin a las acciones chinas contrarias a los intereses indios.

En realidad, la historia demuestra que las relaciones económicas interdependientes y estrechas no garantizan la moderación política y la contención mutua. Por ello resulta importante para Japón y China, así como para India y China, el establecimiento de vínculos políticos estables. Los tres países parecen reconocer ese imperativo, porque tienen interés en mantener el entorno diplomático pacífico del que dependen su continuado crecimiento económico y su seguridad.

Si bien el auge de China ha acercado a Japón e India a Estados Unidos (y los dos países entre sí), Tokio y Nueva Delhi también están interesados en hacerse más espacio para maniobrar frente a Washington. Para ello, tienen que gestionar bien sus relaciones con China.

El deterioro de los lazos con Pekín aumentará la necesidad de Tokio o Nueva Delhi de ayuda estratégica por parte estadounidense. De modo similar, para China, el agravamiento de tensiones con Japón o la franca discordancia con India no hará más que debilitar su atractivo asiático e internacional, con el consiguiente entorpecimiento de sus grandes ambiciones geopolíticas.

El nuevo Japón naciente está decidido a ocupar el lugar que le corresponde en el mundo. Para reafirmarse en el contexto internacional, Japón utilizará su influencia económica con fines políticos y con objeto de liberarse del legado de la Segunda Guerra Mundial y convertirse en una potencia normal.También tendrá que hacer frente a una China deseosa de sustituir a Estados Unidos como principal actor en Asia. Con el ascenso de Abe – nacido una década después de la guerra-, Japón sale formalmente de la época de la posguerra.