El ejemplo de la pérfida

Manuel Ramírez, Catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza (EL PERIÓDICO, 05/10/05).

Así, “la pérfida Albión”, se le llamó políticamente y con aire despectivo, durante bastante tiempo del inicial franquismo. Gran Bretaña (nombre con el que también se jugaba al referirse a sus nativos), “nos había robado el imperio”, había “ayudado a los rojos republicanos” (algo bastante incierto, por supuesto) y, sobre todo, nos había usurpado y no quería devolvernos Gibraltar. Permítaseme el recuerdo de la famosa anécdota. Una de las muchas manifestaciones en Madrid ante la Embajada británica con el lema Gibraltar español . Los organizados grupos gritan con insistencia y parece haber algún peligro. El embajador recibe una llamada telefónica del entonces titulado ministro de la Gobernación para preguntarle si le envía más policías de refuerzo. Y el embajador le contesta: “No, señor ministro. En vez de eso mándeme menos manifestantes”. Bueno, los tiempos corrieron y luego llegaron otras frases de evidente resignación: “Gibraltar caerá como fruta madura” o “Gibraltar no merece la sangre de un solo español”. Había que consolarse y permanecer.

Pues bien, pienso que la antaño pérfida acaba de darnos un buen ejemplo en el tema del terrorismo que por doquier se sufre. Londres, lo mismo que Madrid, ha sido objeto de los brutales atentados. Ahorro aquí la descripción de lo que supongo por todos conocido.

Lo que me interesa reseñar y lo que estimo ejemplar es la conducta inmediata del Gobierno británico. Una perfecta unión entre Gobierno y oposición. No hubo ni asomo de traslado de culpa. Se tenía clara conciencia de quién era el enemigo y frente a él había que permanecer sin ningún tipo de fisura. Una declaración del premier que muchos hemos deseado y esperado. A pesar de encontrarse en un Estado de derecho, cosa que nadie duda, “la seguridad del Estado importa tanto como la libertad de los ciudadanos”. Creo que es algo que hay que aplaudir por su valentía. Siempre he pensado que, incluso en democracia, además del Estado de derecho está también el derecho del Estado. Entre otras cosas porque no es cierto eso de que la democracia se defiende solamente con la Constitución. No se olvide nuestro precedente de la Segunda República que bien pronto tuvo que poner en marcha una ley de defensa de la república para no ser vapuleada por ambos extremos. Y, en nuestros días, la no menos democrática Francia está aprobando nada menos que una ley antiterrorista. ¡Por Dios, qué escándalo para muchos de nuestros finos demócratas de última hora! Y, en fin, la pérfida añade una serie de medidas nada suaves para aquellos extranjeros que lleguen al país predicando cualquier tipo de violencia en nombre de cualquier credo religioso. Repito el elogio.

Las fuerzas de orden público británicas han actuado con eficacia y contundencia. Por supuesto con un lamentable error que todos lamentamos muy sinceramente y que, va de suyo, se analizará y purgará. Pero lo cierto es que, a día de hoy, el tema de los autores parece casi concluido. Es posible que haya otros en el futuro. Pero este caso concreto parece cerrado, con lo que ello supone de aviso para futuras tentaciones. En lenguaje coloquial, la democracia más antigua del mundo contemporáneo “no se ha andando con chiquitas”.

Nada similar por nuestros lares. Todavía se sigue discutiendo sobre el papel del entonces Gobierno del PP y de la actitud del PSOE. Todavía se habla de “quien se aprovechó” de tan espantoso evento. Las culpas van y vienen de unos a otros, sin el menor recato. Creo que quedaba bastante por saber sobre los autores y sus actuales lugares de residencia. Nadie ha pensado en medidas concretas, duras y específicas contra esta plaga. Todo es “presunto” y unos son detenidos y soltados al día siguiente.

Unicamente cuando llegan las campañas electorales es posible oír eso de que los terroristas “se pudrirán en la cárcel”. ¡Solemne mentira! Hasta lo impide nuestra Constitución, no poco influida, en este punto, por la herencia decimonónica y filantrópica de que la cárcel no sirve para nada. O sirve para poco.

Por eso se rechazó, durante las discusiones constituyentes la propuesta de la cadena perpetua para los terroristas que ocasionaran víctimas mortales. ¡No nos falta más que una nueva Concepción Arenal que escriba otra pía Carta a los presos !

¿Estamos en el mejor camino? En el más cándido por supuesto que sí. Pero ¿también en el más eficaz? Porque ocurre que justamente eso, la eficacia, es lo que lleva consigo la idea de la represión. Creo que merece la pena que lo pensemos desde una actitud respetuosa con el derecho. O, a mejor decir, con la justicia, que me parece mucho más sólida.