En el Palacio final

Por Martin Amis, novelista, ensayista y crítico británico. © Martin Amis, 2003. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 11/03/03):

Aceptamos que existen casus belli legítimos: actos o situaciones que “provocan o justifican la guerra”. El debate actual parece descentrado y algo irreal porque Estados Unidos y Gran Bretaña se disponen a comenzar la guerra por un nuevo tipo de razones (en parte aún sin revelar), al tiempo que siguen aportando las de viejo tipo (que, en este caso, no resultan coherentes o incluso se superponen). Estos nuevos casus belli son una reacción al hecho de haber comprendido, acertadamente, que hemos entrado en una nueva fase de la historia. El inminente ataque a Irak será quizá la última guerra de la sucesión otomana; desde luego, será la primera guerra de la era de la proliferación, la proliferación de las armas de destrucción masiva (ADM). Otro factor que influye en esos nuevos casus belli es el 11 de septiembre.

El 11 de septiembre nos dejó un planeta que a duras penas reconocemos. En cierto sentido, sacó al descubierto lo que ya existía, prácticamente inadvertido, desde la caída de la Unión Soviética: la hegemonía sin precedentes de una sola potencia. También reveló el odio histórico y cada vez más activo que suscita dicho poder en el mundo islámico, en el que el antisionismo y el antisemitismo están exacerbados por la relación de Estados Unidos con Israel, una relación que muchas personas de Occidente, incluido este autor, consideran antinatural. Además, como todos los “actos terroristas” (que podemos definir, de forma sencilla y objetiva, como la violencia organizada contra la población civil), el 11 de septiembre fue una agresión al sentido moral: hemos visto cómo éste disminuía de forma generalizada. ¿Quién pensaba, el 10 de septiembre, que en Navidad estaría leyendo editoriales totalmente serios en The Herald Tribune sobre los pros y los contras del uso de la tortura con los “combatientes enemigos” capturados? ¿Quién esperaba que Gran Bretaña fuera a renunciar a la doctrina de no ser los primeros en usar armas nucleares? El terrorismo debilita el sentido moral. Y después debilita la razón.

Osama Bin Laden es un tipo humano identificable, pero a una escala desconocida. Es un agitador inmenso, un perturbador gigantesco. No hay más que ver cómo nos ha sacudido, tanto en el corazón como en la cabeza. Podría decirse que el 11 de septiembre Estados Unidos recibió la visita de algo muy extraño e increíblemente radical. Un tipo totalmente nuevo de enemigo para el que la muerte no es muerte ni la vida es vida, sino una fantasía, una escala, nada más que “esa cosa llamada mundo”. No podía esperarse que una sacudida de tales dimensiones en la historia del mundo, que seguirá reverberando durante siglos, fuera a absorberse sin problemas. Ahora bien, existe la sospecha de que Estados Unidos no está comportándose de forma racional; está mostrando una conducta propia de alguien que todavía sufre los efectos de la conmoción.

La noción del “eje del mal” tiene un origen interesante. En los primeros borradores del discurso del presidente, el “eje del mal” era el “eje del odio”; se había decidido emplear “eje” por sus connotaciones relacionadas con el enemigo en la II Guerra Mundial. El “eje del odio”, entonces, estaba formado sólo por dos países, Irán e Irak, mientras que el Eje original, por supuesto, estaba formado por tres (Alemania, Italia y Japón). Además se vio que tanto Irán como Irak, aunque no eran árabes los dos, sí eran ambos musulmanes, de forma que se incluyó Corea del Norte.

En este cúmulo de despropósitos quizá se advierta que, mientras que el Eje era una alianza, Irán e Irak son enemigos mortales y el país zombie de Corea del Norte, en realidad, está tán avergonzado de sí mismo que apenas se atreve a dar la cara. Aun así, iba a ser “eje del odio”, hasta que se pasó al “eje del mal”. El “eje del mal” recordaba el “imperio del mal” de Reagan. Era más aliterativo. Y, según el presidente Bush, era “más teológico”.

Éste es un aspecto fundamental. ¿Por qué, en nuestro delirio actual de fe y miedo, querría Bush que las cosas fueran más teológicas, y no menos? La respuesta está muy clara, en términos humanos: hablando en plata, hace que se sienta más a gusto con su nulidad intelectual. Quiere que la geopolítica dependa menos del intelecto y más del instinto y las creencias, porque sabe que de esto último sí tiene. Piénsese, por ejemplo, en la anécdota que relata Bob Woodward: cuando le preguntó a Bush por Corea del Norte, el presidente saltó y exclamó: “¡Odio a Kim Jong Il!”, para explicar a continuación que su odio era una cuestión de instinto y añadir, al parecer gratamente sorprendido, que quizá tenía que ver también con la religión. Ocurra lo que ocurra, podemos confiar con seguridad en que Bush va a acentuar el aspecto religioso, va a ser más teológico.

Después, cuando la figura dormida y sonámbula de Kim Jong Il lanzó su guante nuclear, pareció que el lema o la idea política del “eje del mal” se derrumbaba, porque Corea del Norte estaba mucho más próxima a adquirir las ADM cruciales, los dispositivos nucleares utilizables, que Irak o Irán. Sin embargo, se explicó que el asunto de Corea del Norte era una molestia diplomática, mientras que el hecho de que Irak no se desarmara era una “crisis”. La razón era de tipo estratégico: incluso aunque no tuviera ADM, Corea del Norte podría causar un millón de bajas a su vecino del sur y arrasar Seúl. Irak no sería capaz de nada semejante, así que sería posible atacarlo. Corea del Norte sí sería capaz, así que no se le podía atacar. Los imponderables de la era de la proliferación empezaban a hacerse ponderables o, al menos, visibles. Cuando una nación ha conseguido llevar a cabo la arriesgada y nauseabunda labor de adquisición, se convierte en un país inatacable.

Todos los presidentes de Estados Unidos -en realidad, todos los candidatos presidenciales- tienen que ser religiosos, o fingir que lo son. Más en concreto, tienen que mostrar su adhesión al cristianismo renacido, el mínimo común denominador de los distintos credos estadounidenses. Bush, con sus oraciones matinales semiobligatorias y ese tipo de cosas, no finge ser religioso: “el buen Dios, base de toda la vida y toda la historia”; “el don de la libertad que el Todopoderoso ha ofrecido al mundo”; “que Él nos guíe en este momento”; “mi aceptación de Cristo”; son palabras pronunciadas por Bush, que ha dicho (en el lenguaje en clave de la experiencia de la revelación personal propia de un renacido) que “es una parte integral de mi vida”. Y de la nuestra también, en el Nuevo Siglo Americano.

Uno de los objetos que se exponen en la mezquita de Umm al Maarik, en el centro de Bagdad, es un ejemplar del Corán escrito con la sangre del propio Sadam Husein (donó 24 li-

ros a lo largo de tres años). Pero ésta es sólo una más -la más espectacular- de las concesiones periódicas que hace a los mulás. En realidad, toda su vida ha sido secular, un “infiel”, según Bin Laden. Aunque en Capitol Hill (la sede del Congreso estadounidense) no hay ninguna Biblia escrita con la sangre de George Bush, estamos obligados a reconocer que Bush es más religioso que Sadam: en este aspecto es el más primitivo de los dos presidentes, desde el punto de vista psicológico. Se habla de la brillante “tejanización” del Partido Republicano. ¿Y acaso no se parece Tejas, a veces, a un país como Arabia Saudí, con su enorme calor, su riqueza petrolífera, sus lugares de culto abarrotados y sus ejecuciones semanales?

La vinculación del Gobierno actual con la Derecha Cristiana desemboca también, por una extraña vía, en un mayor fortalecimiento del lobby israelí. Aunque resulte increíble, la doctrina de los renacidos insiste en que hay que apoyar ciegamente a Israel, no porque sea la única semidemocracia que hay en la región, sino porque está previsto que acoja al Segundo Advenimiento.

Se supone que el Apocalipsis, con la batalla de Armageddon, se producirá cerca de la colina de Meguido (donde, hace unos meses, un autobús israelí sufrió un atentado suicida a manos de otro tipo de creyente). El éxtasis, la tribulación, la derrota del Anticristo: no está claro si Bush se traga todas estas patrañas (aunque Reagan se las tragaba enteras). V. S. Naipaul ha definido el impulso religioso como la incapacidad de “contemplar al hombre como hombre”, responsable de sí mismo y sin la protección de un poder superior. Podemos considerarlo una debilidad; el peligro es que Bush lo considera un rasgo de fortaleza.

Basta con examinar superficialmente el carácter de Sadam para comprender que nunca se desarmará por completo, como tampoco le gustaría regresar a su infancia y caminar, descalzo y semidesnudo, por las calles de Tikrit. Ya mostró desde el principio el camino que iba a seguir cuando, en 1991, nombró a Qusay, su hijo menor (y menos salvaje), presidente del Comité de Operaciones de Ocultación. Se prevé que el ataque a Irak le costará a Estados Unidos el 0,5% de su PIB; las guerras de Sadam y las sanciones posteriores le han costado a Irak aproximadamente 20 años de PIB, según The Economist. Ésas son sus prioridades. En contra de lo que suele creerse, Sadam ha tenido la posibilidad de aliviar el empobrecimiento de su pueblo. Sin embargo, ha establecido un modelo de paranoia, gansterismo y cleptomanía crónica. El hijo mayor, el increíble Uday -seguramente el hombre más rico de Irak-, se ha acostumbrado a vender los suministros médicos enviados por la ONU e incluso partidas de leche por el puro beneficio monetario.

Es importante recordar que Sadam, pese a su afición a las medallas y los uniformes de camuflaje (y a dirigir personalmente sus ejércitos, con pésimos resultados), nunca fue militar. Ascendió en el destacamento de tortura en los años sesenta, creó la policía secreta del Baaz, Jihaz Haneen (el “instrumento de deseo”), y se asentó en el Qasr al Nihayah (“el Palacio final”), tal vez el destino más temido en Irak hasta su demolición, tras un intento de golpe de Estado del inquisidor jefe, Nadhim Kazzar, en 1973.

Los años de experiencia personal de Sadam en las mazmorras le diferencian de los demás grandes dictadores del siglo XX, que no eran muy aficionados, en ningún caso, a “mojarse las manos”. Esa afición ha inspirado las costumbres de su régimen, esa intimidad negativa y fascinada con el cuerpo humano y el conocimiento experto sobre el dolor. También impresiona ver con qué frecuencia los aparatos de Sadam han usado el amor familiar como otro instrumento más de tortura. Desde la perspectiva moral, al llegar ahí, una persona entra decididamente en el palacio final cuando un interrogador encierra a su hijo en un saco lleno de gatos hambrientos.

Antes decía que los objetivos bélicos de Estados Unidos permanecen ocultos, en parte. La respuesta clara a la pregunta de por qué ahora sería la mezcla habitual, algo así como: a) para impedir que Sadam siga adquiriendo más ADM; b) llega a tiempo para las próximas elecciones, y c) antes de que haga demasiado calor. Sin esta guerra, Bush es un fanfarrón que sólo duraría un mandato, alguien que escucha a su consejero político, Ken Rove, al menos con tanta atención como a Donald Rumsfeld. Me temo que hay otro motivo, elaborado en grupos de trabajo y desayunos de oración, de tipo visionario. Han visto que gran parte de la riqueza del mundo está en manos de un grupo de regímenes corruptos, ignorantes y, sobre todo, indefensos. La guerra, en su opinión, no será tanto para apoderarse del petróleo, sino una ramificación natural del poder puro: el destino manifiesto, sacado a la luz, por el bien de todos.

Tony Blair debió de saber que la guerra era inevitable hace más de un año, cuando Bush empezó a hablar con una frivolidad vulgar de “eliminar a Sadam”. En el pasado, Blair se ha mostrado sistemáticamente estricto con la cuestión iraquí, igual que Francia ha sido sistemáticamente indulgente, por motivos corruptos (ya a mediados de los setenta se conocía a Jacques Chirac como Monsieur Irak). Desde un punto de vista más general, quizá piense que los intereses británicos salen más beneficiados si el país continúa a lomos del elefante estadounidense, al mismo tiempo que anuncia su emancipación de la influencia de Europa; y que el aislamiento total de Washington sólo serviría para avivar el fuego interno de Bush, compuesto de inseguridad y mesianismo.

Hay dos reglas de la guerra que todavía no ha anulado el nuevo orden mundial. La primera es que la nación beligerante debe estar muy segura de que sus acciones van a mejorar la situación; la segunda, que la nación beligerante debe estar más o menos segura de que sus acciones no la van a empeorar. Tal vez Estados Unidos pueda afirmar que cumple la primera regla (aun reconociendo que la mejora tal vez sea sólo local y a corto plazo). Pero no satisface, ni de lejos, la segunda.

Nos encontramos ante un caleidoscopio de posibilidades terribles: un ataque con ADM contra Israel y una respuesta con ADM (posiblemente nucleares); guerras civiles, o incluso tribales, en Irak y otros lugares, acompañadas de todo tipo de desastres humanos; revoluciones fundamentalistas en Egipto y Jordania; e inevitablemente, una generación más de terrorismo a manos del islam militante. Mientras tanto, el sentido común asegura que una versión ampliada del acuerdo actual (inspectores, supervisores, total exposición ante la opinión mundial) es bastante para contener y emascular a Sadam hasta que se acumule la presión suficiente para un golpe de Estado, y que la “guerra contra el terrorismo” no puede comenzar más que desmantelando los asentamientos israelíes en los territorios ocupados.

Pero ya se ha tomado el impulso necesario, y el primer desastre humano será, por supuesto, la propia guerra.

“Oh, pueblo de Irak… Dios sabe que os desnudaré como corteza, os ataré como un montón de ramas, os golpearé como a un camello desobediente… Dios sabe que lo que prometo, lo cumplo; lo que me propongo, lo logro, y lo que mido, lo corto”.

Es fácil imaginar a Sadam murmurando estas palabras cuando tomó posesión de la presidencia en 1979. Nos da cansancio y vergüenza oírlas en boca de nuestros propios dirigentes, en distintas formas: un eco de Al Hadjadj, el gobernador recién llegado a Irak, en el año 694. Y lo que midió, lo cortó.

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