Cristo, un hereje insolente

Hay autores que afirman que Jesús es una invención de autores interesados en crear una religión contra el estado de superstición existente en aquel entonces y que dura hasta nuestros días, pero nunca existió ese hombre del que hablan los autores del Nuevo Testamento. La segunda clase de autores dicen que existió un hombre al que, por ciertas razones, alguien tomó como eje de una narración calcada de textos egipcios o mesopotámicos que describen la existencia de profetas o Mesías. La tercera clase de autores afirman que existió Jesús, un hombre extraordinario. Puede creerse o no en el Jesús de la fe, pero hay suficientes pruebas históricas [para admitir la existencia histórica de Jesús, pero niegan que fuera el hijo de Dios tal como lo entiende la teología]. Los Evangelios, tanto para unos como para otros, no son libros de historia en el sentido moderno de historia científica. «Se quiera o no, el cristianismo está en la base de la cultura europea», dice el investigador agnóstico Antonio Piñero.

Cristo, un hereje insolenteEl Cristo tuvo su dónde, estancia que contiene lo que toca la esencia del hombre, su proximidad y su patria, en donde el hombre se siente y mora consigo mismo; y su cuándo, momento del tiempo, agitado por lo que pasaba su alrededor, por las fiestas y los acontecimientos que conmovían a la familia y a la comunidad; atrapado en sus sueños y tocado por sus fracasos, por su identidad político-ideológica, por la historia. Aquí toma sentido la infancia, paraíso del hombre, porque «no creáis que el destino sea más que lo denso de la infancia», escribió Rilke, cuando el hombre despierta a los acordes de la vida y se abre a las tonalidades del mundo. La irrupción de Cristo en la historia supuso una ruptura con la escala de valores al uso. Las autoridades lo mataron por revolucionario. La cuarta serie de investigadores creen que Jesús es Dios, «pero su divinidad no es una cuestión histórica sino de fe». El Cristo de la historia y de la fe son cuestiones distintas, aunque sean la misma persona. Cristo, como los herejes, tuvo razón antes de tiempo. Cristo fue un insolente, su vida es un bofetón a la frivolidad, a la cobardía y al oportunismo.

La vida de Jesús, como la de sus conciudadanos, está compuesta de alegrías desbordantes, penalidades hondas, dolores olvidados prendidos al rostro, azares pasajeros, silencios que gritan, soledades impenetrables como rodeadas de muros infranqueables. La personalidad de Jesús, un ciudadano en profunda sintonía con los hombres de su tiempo y conciencia clara del zarpazo del paso del tiempo, es compleja y rebelde. Jesús no confunde la palabra con la acción ni la tinta con la virtud. Su ascetismo es propio de las almas fuertes y entregadas. A veces daba la impresión de ser un lobo solitario que, ardiendo en deseos de realizar las más profundas aspiraciones del ser humano, necesitaba más espacio y más libertad. Modernamente se conoce, cada día mejor, la persona de Jesús gracias a la historia, a la arqueología y la antropología cultural y social que sitúan a Jesús en una circunstancia determinada, en una sociedad de tradición oral que cultivaba la memoria. Jesús fue un judío fiel cumplidor de la ley que radicaliza algunos aspectos de la misma al tiempo que relativiza algunos preceptos rituales.

Hay autores que piensan que han puesto una pica en Flandes al descubrir que Cristo no nació el 25 de diciembre, sino que la Iglesia ha escogido este día para el aniversario de su fundador porque ese día se celebraba en las civilizaciones antiguas el nacimiento de Mitra; que los Belenes son algo inventado por San Francisco de Asís; que nunca existieron los Reyes Magos; que el árbol de Navidad es un símbolo anterior al cristianismo y que en el Portal no había un buey ni una mula. La Iglesia eligió esa fecha parta celebrar el nacimiento de Cristo porque era una fecha llena de significado y útil para vehicular un mensaje y, por otra parte, se superaba y anulaba una referencia temporal y un mensaje importantes hasta entonces. Los Reyes Magos personifican personas importantes o, sencillamente, una invención para resaltar la importancia que el narrador concede al personaje biografiado. Que el árbol sea una invención medieval o anterior al cristianismo y que los belenes sean una creación de San Francisco no tiene importancia ninguna. Las celebraciones se adaptan a los momentos en que ocurren, creando o suprimiendo casas que existían en el momento del nacimiento biológico de las personas cuyo nacimiento se celebra. Los seres humanos celebran los acontecimientos históricos añadiendo elementos actuales y dejando de lado otros que fueron significantes para otro tiempo, pero ya dejaron de serlo para los que ahora conmemoran el acontecimiento. Lo importante es descifrar lo que quiere decir el acontecimiento para el momento en que vivimos.

¿Se llega al hombre por Dios o a Dios por el hombre? La fe es una pregunta: «Caín, ¿dónde está tu hermano?» (Génesis. 4,9). Para el creyente, el nacimiento de Jesús es un acontecimiento histórico extraordinario que no puede ser explicado por la lógica. Dios se hace en Cristo fragilidad, transitoriedad, mortalidad. Abraza todas las debilidades humanas menos el pecado. Los rostros de Dios que más impactan son los rostros de los otros, alguien y no algo. Las palabras sin contenido son el vacío y las realidades sin las palabras adecuadas son ciegas. El cristiano no puede estar de acuerdo con los talibanes occidentales que por corrección política prohíben y hasta quieren borrar los símbolos cristianos que, además, son tradiciones que forman parte de la cultura occidental. El buenismo que niega las diferencias para defenderlas lo único que hace es ocultar las desigualdades con palabras vacías de contenido.

Seguir a Cristo, muy especialmente hoy, supone ser políticamente incorrecto porque ser correcto políticamente es admitir la connivencia con la corrupción. Machacado por contradicciones que casi nunca llegan a resolverse, la vida del cristiano es destellos de claridad, invectiva contra la mediocridad y llena de misericordia con la debilidad. Un instrumento de transformación social: fermento y sal, tratando de sobrevivir al mundo en permanente tensión. Vivimos un giro hacia la creencia basada no tanto en razones o proposiciones tenidas por verdaderas cuanto en la relación, la entrega, la convicción y la adhesión del creyente al Misterio. Tal vez la esencia de la revelación se pueda reducir a la caridad, manifestada de manera diferente siguiendo los signos de los tiempos. El único límite, al mismo tiempo que criterio, a la actuación del cristiano es la caridad. El cristiano es uno más de la caravana de los buscadores del misterio, de Dios. La Iglesia es una institución para vehicular y llevar a Jesús a todos los rincones, y debe deponer su talento a la escucha del hambre de Dios, de Cristo, del hombre de hoy.

Con la encarnación no entra Dios en el tiempo, sino el tiempo en Dios. La encarnación puso al alcance de los sencillos lo incomprensible de Dios que, a lo largo de la historia, inspiró páginas inspiradísimas y de altura vertiginosa. El cristianismo es la relación del hombre con el Cristo que existió, una actitud frente a la vida, frente a los demás. Las cosas cambian y uno mismo cambia también; casi nada está establecido de manera definitiva. Hay demasiados cambios en nuestra vida como para que pensemos que podemos predecirlo y reglarlo todo. Lo sagrado no es transparente, más bien es algo como una borrosidad misteriosa. «La esperanza es ese tiempo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos», escribió Gomá.

Cristo es la entrada del prójimo en mi vida. Es la proximidad de la «silente indisponibilidad» (Rahner), Dios. Jesús creyó en sí mismo y en el ser humano, y en él se mantiene viva una chispa de esperanza que sirve a todo el mundo como lugar de encuentro. «¡Qué misterio máis fondo!», exclama C. E. Ferreiro. La respuesta del hombre ante el pesebre no puede ser más que el sobrecogimiento, el anonadamiento, el asombro y la contemplación en silencio del silencio de Dios.

Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC y escritor. La novela En blanco (Unomasuno, 2018) es su último libro.

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