En el principio fue el silencio

Para comprender lo que está ocurriendo en España habrá que empezar por asumir que algo grave le está pasando a este país. Que nada tiene de normal ese empeño de una gran nación como la nuestra en despojarse de su sentido histórico, de su voluntad de permanencia y de los valores sobre los que se ha ido constituyendo. No hablamos de simple indiferencia ni de mero error de diagnóstico, sino de una actitud de reprobable despreocupación ante lo fundamental. Un talante que se compensa con alarmadas y alarmantes invocaciones a aquellos problemas contables que son señalados como los únicos que nos conciernen. No porque puedan resolverse sin salir de la política entendida como mera administración, sino porque se cree que esa modestia de oficina, de renuncia a la ambición de un gobierno nacional, es la única forma de abordar los asuntos que definen nuestra existencia social.

Incluso cuando se alude a alguna de las cuestiones diarias de nuestra agenda ciudadana, como la procaz exhibición del secesionismo catalán, nuestros dirigentes se acogen a un temario de urgencia institucional de manifiesta escasez. El desafío separatista es mucho más un síntoma que el origen de nuestros problemas. Los sediciosos actúan al amparo de una realidad que explica tanto la aparición reciente de un masivo separatismo como la capacidad de fascinación y la impunidad de su discurso. No es el exceso de Estado que siempre denuncian los desvaríos secesionistas, sino la ausencia de España, como idea y como proyecto nacional, la que nunca ha dejado de aprovechar el separatismo.

Como ya he tenido y tendré, desgraciadamente, ocasión de referirme a un independentismo que radicaliza su estrategia, sin más respuesta que unas amonestaciones de maestro enfurruñado que se quieren hacer pasar por pedagogía constitucional, solo expongo ahora, a modo de ejemplo, lo que es un indicio elocuente de nuestra pérdida de orientación. Una muestra de la carencia de aquel análisis con el que intelectuales y políticos atinaron a medir la estatura de los problemas de España en otros momentos conflictivos. Y no es que añore ni el pesimismo esteticista con que la Generación del 98 tomó el pulso a los males de la patria ni la ingenuidad con que ciertos regeneracionistas de fines del XIX analizaron las enfermizas carencias de nuestro pueblo.

De lo que se trata es de recobrar la tensión de un proyecto político y el fervor por la recuperación moral de España que, en los momentos mejores de nuestra esperanza colectiva, supieron imprimir a nuestros desafíos el alto vuelo de una resuelta voluntad nacional. Ahí quedaron las palabras de Ortega, al señalar en su discurso de Bilbao de 1910 que «el patriotismo es pura acción sin descanso, duro y penoso afán por realizar la idea de mejora que nos propongan los maestros de la conciencia nacional. La patria es una tarea a cumplir, un problema a resolver, un deber». Y las de Manuel Azaña, cuando advertía que los españoles que se levantaron contra José Bonaparte «sabían de sobra que la libertad de la nación era más valiosa que su bienestar».

Si el filósofo exigía que la patria fuera rigurosa empresa y no pasiva contemplación, el político nos recordaba que no hay mejora económica posible, ni derechos sociales ni servicio público sin la afirmación previa de una conciencia nacional. Esas palabras tenían la serena solemnidad que demandan los tiempos decisivos, la calidez de tono con que se afronta el frío de las encrucijadas. Y se reiteraron medio siglo más tarde, cuando salíamos de un largo desencuentro para afirmar de nuevo la realidad histórica de una España capaz de integrarnos a todos. La Transición fue una prueba que exigió de nosotros un patriotismo tenaz, una lealtad sin dobleces, una generosa disposición a sentirnos miembros de una comunidad segura de sí misma. En 1976, un hombre bueno, enseguida primer presidente del Gobierno de la democracia conquistada, se dirigió a quienes habían de superar las dos Españas con las palabras de otro hombre bueno, el poeta que las había denunciado: «Hombres de España: ni el pasado ha muerto/ni está el mañana –ni el ayer– escrito».

¿Escuchamos ahora voces de este calibre, cuya emoción nunca se perdió en la retórica del populismo o en la gesticulación limosnera de la demagogia? ¿Oímos aquel sobrio redoble de conciencia nacional, capaz de convocarnos en horas de riesgo, de esperanza y de acción? No; nada hay de ese lenguaje en los discursos de la crisis. Hemos rodado por una pendiente de desidia intelectual, de complaciente ignorancia, de feroz relativismo, de altanera deslealtad a nuestros principios. Se ha preferido el entretenimiento a la cultura, el placer al esfuerzo, la intensidad de momentos fugitivos a la tenacidad de una obra duradera. Y hemos acabado borrando el perfil de los valores en los que una nación necesita reconocerse ante el espejo de la civilización.

La derecha española habrá de construir su proyecto político mostrando su mejor solvencia para afrontar la crisis económica. Pero habrá de rescatar su identidad dando forma a una idea de España que recupere el aliento perdido porque los principios que han inspirado nuestra cultura se han dilapidado en tiempos de opulencia y nos han dejado indefensos en los de pobreza. Las ideas que se ha considerado inútil defender, los baluartes morales entregados sin lucha, deben volver a identificar a quienes, frente a sus impugnadores, se plantean no solo la salida de la crisis económica, sino también el principio de la regeneración nacional.

La libertad, el patriotismo, la defensa de la familia, la educación al servicio de la igualdad de oportunidades, la propiedad y el trabajo como responsabilidades sociales destinadas al bien común, el auxilio a los humildes y la lucha contra la marginación, la tolerancia frente a quien discrepa, la exigencia del respeto a la dignidad de cada persona, el valor irrenunciable del cristianismo en la formación de nuestra cultura. He aquí el espíritu de una civilización, los elementos sobre los que se levanta una personalidad colectiva. Antes que ejercicio de una voluntad, la soberanía nacional es una toma de conciencia, la fidelidad a unos principios.

En 1914, al presentar su nueva política contra la desmoralización y el cinismo, Ortega salió al paso de una nación que «no ejerce más función vital que la de soñar que vive». España no resolverá ni siquiera sus problemas financieros sin aceptar que los empellones de la devaluación moral y la desnacionalización han acompañado su entrada en el nuevo siglo. Dado que la izquierda suspendió clamorosamente este examen, y no parece dispuesta a adecentar su preparación, solo a la derecha corresponde devolver a España aquellos valores que permitan impulsar un gran acuerdo entre partidos nacionales, dotados de ideologías distintas pero unidos en una misma convicción patriótica. A esa derecha corresponde la tremenda exigencia de que la palabra España vuelva a pronunciarse con su sentido pleno. Porque hasta hace unos años, hasta el momento en que esta nación empezó a írsenos de las manos, huyó del ánimo y abandonó nuestra esperanza, nos faltó esa palabra. En el principio fue la nada. En el principio fue el silencio.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

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