Residuos de la grandeza

Por Valentí Puig (ABC, 20/08/08):

Los ídolos más modernos son los que se desploman con aquella prontitud de lo que arde fácilmente o se evapora sin dejar rastro alguno de nobleza. Al otro lado del río, donde hubo templos y palacios, para sucesivas promociones escolares la mitología greco-latina y el legado cultural del cristianismo ya no existen. Visitar un gran museo sin saber quién es Prometeo o qué fue la torre de Babel tiene algo de recorrido con antifaz virtual en un mundo sin referencias ni claves de civilización. Cuando a Goethe le preguntan a qué escritor le hubiese gustado conocer, no duda en decir: «Virgilio». Dante también recurrió a Virgilio como guía para transitar el infierno. Virgilio, el poeta que funda Europa. Hijo de alfarero y apicultor, su madre le da a luz en una zanja, y dice Jean Giono que se sabe también que era una tarde de bruma ligeramente holandesa y que a través de la niebla los rayos del sol agrandaban desmesuradamente la sombra de los grandes bueyes con cuernos en forma de lira. Un efecto equivalente aparece en la densidad transparente, en la serenidad turbadora de «Las hilanderas».

¿Quién leerá hoy a Virgilio, a Dante o Goethe? Incluso los críticos literarios más peripuestos se concentran en la lectura del siglo XX, a ser posible entre Paul Auster y Tabucchi. Por una parte, padecemos un proceso acelerado de vulgarización, entre la «play station» y la violencia tribal. Por otro, lo menos deleznable es una nostalgia por ideales y causas impolutas que no se han vivido y que se intuyen solo parcialmente. De ahí, y de tantos cabos por atar que deja la secularización, el afán de una religiosidad sin nombre. El mal hecho es irreversible salvo por reacción individual ante el naufragio y su consecuencia más manifiesta es la relativización de lo que era la literatura como un «continuum» de la experiencia humana, de la vida simbólica del hombre. Eso incide en el sistema de valores, erosiona. Afecta a la trama que sustancia gran parte de lo que entendemos como Occidente. Va incluso más allá de relativismo cultural. Niega la palabra misma, y como Foucault, también la existencia del ser humano. Es difícil entender a Dante si negamos la distinción entre el bien y el mal. De poco sirve leer a Shakespeare si no aceptamos la noción de naturaleza humana. Nada aprenderemos de Cervantes si reducimos la imaginación a psicopatología. Si la guerra es una entelequia políticamente incorrecta, ¿cómo interpretar una literatura y un arte sin guerra cuando ahí están Tolstoi o «La rendición de Breda»?

Lo políticamente correcto ha instituido una cultura de la sospecha que afecta a las novelas que comienzan por el principio y acaban por el final, la melodía en la música, la armonía en la arquitectura, la figuración en la pintura. Lo políticamente correcto es la trasgresión: el arte oficial es la vanguardia. Paradigma de la trasgresión que debe ser prioritaria en todo arte, el urinario de Marcel Duchamp primero apareció como una broma surrealista al exponerlo en 1917 con el título «Fuente»; así estuvo ascendiendo a los museos y fue parte de un absolutismo de la ideología estética, al margen de que Duchamp fuera un hombre con humor y buen jugador de ajedrez. En 2004, era seleccionada como «la obra de arte más importante del arte moderno». Ya llevaba tiempo consagrada: en 1999, un pintor que, como gesto de réplica, usó del urinario de Duchamp según función original, fue penalizado y tuvo que pagar una multa por daños y perjuicios. Décadas después, todo encaja en el vértigo. Duchamp asume la trasgresión cuando lee a Max Stirner, el más inteligente y menos destructivo de los anarco-pensadores, pero capaz de negar cualquier forma de esencia personal. Bagatelas tales como el espíritu o la belleza quedan rotas y cubiertas por las arenas del desierto, como la escultura de aquel Ozymandias rey de reyes que el poeta evoca y dice: «Y en torno a la ruina del colosal naufragio, sin límites, se extiende la arena lisa y sola que en el principio era». En el pensamiento de Foucault, lector de Stirner, las olas borran de la arena todo vestigio de la identidad del ser humano. Como humor, el dadaísmo y el surrealismo ya no divierten a nadie. Más bien enojan.

En oposición a la tradición permanente han predominado oficialmente las tradiciones de la novedad. Por eso el elitismo es un deber. Sin ambición las culturas no existen. Dicho de otro modo, se disuelven a partir de un cierto grado de autosatisfacción. Cada cultura tiene sus propias estrategias simbólicas, procesos de sedimentación y también de fragmentación o de fosilización. Es así que lo post-moderno ha fosilizado con tanta diligencia. Tendremos que recuperar la idea de que la cultura es la fuerza de continuidad en la biografía colectiva de una comunidad humana y a la vez un acto de individualidad. La libre circulación de las élites es imprescindible para una sociedad cohesiva y emprendedora, con voluntad de excelencia intelectual. Todo consiste en que, intelectualmente, libertad, responsabilidad y verdad recuperen sus vínculos. Cuesta siglos la sedimentación de instituciones que encaucen el conflicto en términos de escenario jurídico; en cuestión de segundos caen las torres gemelas de Manhattan.

Más allá el nihilismo perpetúa un mundo tóxico y residual, el gran virus que pudiera colapsar la red de redes de la experiencia colectiva, las vastas panorámicas de la acción humana. La energía prometeica sigue a disposición del mal. Implantamos ingenierías sociales que truncan la libertad, versiones del hombre nuevo que del absoluto ideológico han pasado a ser objetivo de las últimas instrumentaciones genéticas. Esa dimensión oscura coexiste con la capacidad para hacer el bien, con la pasión por la belleza, con el ansia de lucidez moral. La memoria es otro deber ineludible porque, como depósito de la experiencia y del caudal de la Historia, nos protege de la abstracción y de la radicalidad trasgresora. Algo elemental e intransferible está siendo corrompido todos los días, en el hemiciclo de un parlamento, en los laboratorios, en las páginas editoriales, en las aulas. Dice Therese Delpech en «El retorno a la barbarie en el siglo XXI» que lo más singular de nuestra época es, por un lado, la convicción de que el mal está instalado en el corazón de la Historia y, por otro, el frenético rechazo de esa constatación. Aún así, quedan resquicios para la grandeza y la gloria.