Una trampa antidemocrática

Por Rosa Regàs, escritora, autora de Azul y La canción de Dorotea (EL MUNDO, 28/03/03):

¿Alguien pudo creer alguna vez que Aznar se había vuelto de centro? Durante su primer mandato sin mayoría absoluta, la gente comenzó a tranquilizarse al comprobar que su voluntad era situar al PP, básicamente de derechas, en el puro centro de la actividad política. El auge de la economía mundial aumentó esta confianza y el obligado diálogo con las fuerzas de la oposición parecía una garantía. Aun así, éramos muchos los que nos preguntábamos cómo era posible que se hubiera operado tal cambio en un ser tan contrario a la Constitución española, que había sido tan convencido falangista, autor de unos artículos escalofriantes sobre la democracia de nuestro país.

No tardamos en darnos cuenta de que, una vez conseguida la mayoría absoluta, el modo democrático y conciliador se esfumó y Aznar poco a poco comenzó a ningunear al Parlamento, descapitalizar la escuela pública en favor de la religiosa y prescindir de lo que según la Constitución es España -una sociedad laica- para acabar mostrándonos su verdadero rostro, que hoy, al alinearse con el ultraderechista presidente de Estados Unidos, partidario del garrote vil y de la fuerza bruta para solucionar los problemas, ha quedado definitivamente estampado en nuestras mentes y en la historia de nuestro país. La descalificación de los que no piensan como él, las trampas dialécticas para explicar lo inexplicable, han sido desde entonces su tónica y la de todo su Gobierno. Y sobre todo el desprecio a la inteligencia de los ciudadanos al asegurarles, por ejemplo, que se prescinde de la legalidad internacional para restaurar la legalidad internacional, o que se lanzan 3.000 bombas sobre Bagdad en beneficio de sus ciudadanos en esta masacre cruel y vergonzosa, que se perpetra con el más sofisticado y destructor armamento contra un miserable país cuyas anticuadas armas no provocan más que risas en los soldados norteamericanos.

Sin embargo, tal prepotencia no ha traído al presidente Aznar la suerte ambicionada y las cosas han comenzado a funcionarle mal. Se diría que el punto de inflexión se produjo con la desgraciada y esperpéntica boda de su hija en El Escorial, que escandalizó a la opinión pública, y en la que por primera vez, aunque haya sido en las vitolas de los puros, Aznar dejó claro que no se consideraba el presidente del Gobierno sino «el presidente de España» (¿por la gracia de Dios?). Vino después el desastre diplomático de las relaciones con Marruecos, la frontal oposición de los científicos y del pueblo afectado al Plan Hidrológico Nacional, la ridícula Guerra de Perejil, las manifestaciones masivas contra la nefasta actuación del Gobierno en el asunto del Prestige, los escándalos técnicos del AVE y las protestas diarias por la macabra y grotesca alineación con Bush y Blair, en contra de Europa, del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas e incluso de la OTAN.

Los tres líderes que en las Azores se erigieron en «comunidad internacional» al margen de Naciones Unidas y que, conscientes de que a pesar de haber presentado documentos falsos y haber presionado a todos los países del Consejo de Seguridad, no tenían posibilidad ninguna de ver aprobada en su favor una nueva resolución de Naciones Unidas que les autorizara la tan deseada guerra, pretendieron convencernos de que su ultimátum, no a Sadam Husein sino al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, estaba dentro de la legalidad. Pero no contaban con que gran parte de la sociedad se les pondría en contra. Ya sé que no les importa, pero la tuvieron y la siguen teniendo en contra.

Y es fácil saber por qué. En primer lugar, porque la opinión pública sabe que la guerra sólo sirve al que la declara, y ésta es una guerra para obtener un petróleo que a Estados Unidos le hace falta para su consumo y para fortalecer una economía que lleva dos años haciendo aguas. Y porque además el sufrimiento, el dolor, la destrucción y la muerte que trae consigo una guerra contra un país que no supone ninguna amenaza es una iniquidad.No vale esgrimir que Irak no ha cumplido la Resolución 1.441 de Naciones Unidas: Israel no ha cumplido 69, sin contar con las decenas que ha vetado Estados Unidos, y no sólo no ha sido invadido y salvajemente bombardeado sino que se le permite ocupar y destrozar los territorios palestinos y tener todas las armas de destrucción masiva que le venga en gana. Pero además está por ver que Irak no haya cumplido la resolución 1.441, los que no la han cumplido son precisamente estos tres prepotentes líderes de las Azores.

La resolución 1.441, aprobada por unanimidad de los 15 miembros del Consejo de Seguridad el pasado 8 de noviembre, establece un régimen de inspección más amplio que el que existía hasta entonces para descubrir si Irak tiene armas de destrucción masiva y desarmarlo, y da a los inspectores una serie de privilegios y facilidades añadidos para que puedan cumplir su misión. Es cierto que también dice que. de no cumplirse la resolución, Irak deberá atenerse a graves consecuencias, pero no da fecha de caducidad para el cumplimiento de la resolución ni para el trabajo de los inspectores y acaba diciendo literalmente: «Decide seguir ocupándose de la cuestión». Nada que autorice un ultimátum a Sadam, nada que autorice la guerra, nada que hable del derrocamiento y asesinato de Sadam y de su Gobierno por muy macabros que sean, que de esto no se habla en la resolución, y mucho menos nada que autorice a un miembro del Consejo de Seguridad, aunque sea el más poderoso, a poner un ultimátum al propio Consejo. Por lo tanto, quienes no han cumplido la resolución 1.441 han sido Bush, Blair y Aznar, que por el contrario la han interpretado a su antojo saltándose la legalidad internacional.

Pero hay más. Tampoco Aznar ha cumplido la legalidad nacional porque, según nuestra Constitución -que Aznar no votó, por cierto- es el Rey quien debe firmar la declaración de guerra previa autorización del Parlamento. Y no vale decir que esta guerra o invasión o masacre es una lucha contra el terrorismo porque no hay pruebas que relacionen Al Qaeda con Sadam Husein ni vale tampoco que venga la despistada ministra de Exteriores a decirnos que España no está en guerra. Estas trampas para saltarse el control parlamentario, y con él la misma democracia, las conocemos bien y, aunque el señor Aznar parezca no enterarse, no hay nadie que les dé crédito ya, ni siquiera la mayoría de su partido.

También es chocante la ola de críticas, insultos y descalificaciones de que somos objeto los que nos manifestamos en contra de la guerra por parte de ciertos políticos y periodistas. Según ellos, los cientos de miles de manifestantes que casi todos los días muestran su rechazo a la participación española en esta guerra ilegítima son poco menos que memos y su actuación responde sólo a su absoluta frivolidad, al deseo de manifestarse por lo que sea, a la incapacidad de tener un criterio propio y a la manipulación de que son objeto. Mañana, dicen, habrán cambiado de opinión, porque ya se sabe cómo van y vienen las opiniones de las masas.Así es como ven a la opinión pública. Se diría que sólo ellos tienen el juicio suficiente para opinar y que todos los demás mejor nos callamos porque damos pena, cuando no asco, por la tremenda facilidad con que nos dejamos mangonear. En resumen, la voz de los manifestantes es una voz de falsete a la que no hay que tener en cuenta, una descalificación que por ende alcanza a los políticos de la oposición, que la esgrimen en el Parlamento, y que por lo tanto hay que silenciar, incluso con pelotas de goma si hace falta.

Tal vez a estos selectos pensadores que tanto desprecian la voz de los ciudadanos les pareciera mejor que todos los españoles nos inclináramos dando cabezazos ante el presidente Bush, según nos enseñó el entonces ministro de Exteriores Josep Piqué. O que votáramos al unísono con Aznar en favor de la invasión y la masacre, como lo hicieron llenos de alegría los diputados del PP, o igual que lo han hecho también los diputados del Parlamento iraquí en torno a Sadam.

Sí, ya sé que, aunque tanto los unos como los otros han sido nombrados por sus respectivos líderes, a los diputados del PP los ratificó el voto popular y democrático. Pero ¿no habíamos quedado que esta opinión mayoritaria expresada en libertad por el pueblo era una burda manipulación que no contaba para nada y que sólo servía para demostrar lo mentecatos e irresponsables que éramos todos, incluidos los líderes de la oposición? Si así es la voz de los cientos de miles de ciudadanos del mundo que un día tras otro nos manifestamos, en muchos casos sin apenas convocatoria, para mostrar nuestra repugnancia por la participación de España en la guerra de sangre y petróleo instigada por Bush, si esta protesta masiva no cuenta, ¿qué valor tiene la democracia? ¿No es la democracia la voz del pueblo?¿O es que sólo es democracia la que pasa por las urnas, una vez cada cuatro años?

Es posible, como dicen esos políticos y periodistas de corbata rosa, que, llevados por su volubilidad y estupidez, los manifestantes que hoy piden la dimisión de Aznar lo voten mañana en las próximas elecciones. Tal vez sí o tal vez no, esto ya se verá. Pero lo cierto es que hoy, hoy mismo, la inmensa mayoría de España está contra Aznar, contra su Gobierno y contra su violenta, provocadora y desalmada policía. Y no sólo nosotros, los que siempre lo hemos visto tal como se muestra ahora; también muchos de sus votantes, que no sabían que el programa electoral del PP contuviera esta masacre, y más aún los católicos que contemplan horrorizados cómo Aznar y su Gobierno pisotean la palabra del Papa con la misma indiferencia con que han pisoteado la palabra de la Comunidad Internacional.

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