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V. ENTRE LA FUNCIÓN Y EL SIMBOLO |
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LA TORRE DE BABEL
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FIGURA 1:
PALAZZO COMUNALE
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FIGURA 2:
SAINT SERNIN
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FIGURA 3: ST.
MARIA DELLE CARCERI
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FIGURA 4:
VILLA BARBARO
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FIGURA 5: GRANDE ARCHE DE LA
DÉFENSE
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FIG. 6: PIRAMIDE
DEL LOUVRE
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FIG. 7: CARRÉ D'ART
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Al comenzar este texto hacíamos referencia
al funcionalismo, teoría que considera que el fin último de la
arquitectura es su utilidad. La función utilitaria de la arquitectura de
la arquitectura se cumple desde el momento en que un edificio es
habitable o se ajusta a la misión para la que ha sido creado. Su mayor o
menor calidad depende, según esta concepción, de la adecuación de los
materiales, de las formas, a las necesidades de sus habitantes o
usuarios. Pero además de la utilitaria existen otros tipos de función.
Nos referimos concretamente a una función cuyas características no se
derivan de la perfecta adecuación material y formal, sino que va ligada
a las significaciones simbólicas. Podemos hablar de una arquitectura
cuya función radica en ser símbolo.
Como en todos los períodos históricos, hoy en día la
mayor parte de las construcciones existentes centran sus esfuerzos en la
consecución de la función utilitaria. No obstante, junto a estas
edificaciones se han venido dando otro tipo de arquitecturas para las
que la función preponderante es la simbólica. En algunos casos la
función simbólica de la construcción tiene tal trascendencia que el
edificio carece de cualquier otro sentido fuera de ella; diríamos que
más que arquitectura es monumento. Tradicionalmente, la arquitectura
símbolo ha estado al servicio del poder político y eclesiástico,
mientras que hoy son cada vez más numerosas las referencias al poder
económico. La que algunos estudiosos denominan «arquitectura de la
autoridad» no se manifiesta por igual en todos los períodos históricos,
sino que en algunos de ellos alcanza un mayor desarrollo.
El significado de la arquitectura, su mensaje, se
manifiesta a través del espacio, de los volúmenes y de las formas
abstractas propias del lenguaje arquitectónico. Así, los imponentes
volúmenes característicos de los imperios de Próximo Oriente no eran
sino la manifestación palpable del poder absoluto de sus gobernantes.
Otros símbolos derivan de composiciones formales, como las puertas de
acceso a las ciudades mesopotámicas, en las que el arco de medio punto
entre las torres que las formaban era la representación de la bóveda
celeste, símbolo subrayado por el uso de ladrillos vidriados en azul que
recubrían toda la composición. Éste era el marco elegido por el soberano
para sus apariciones públicas. Es fácil pensar, como señala Albert E.
Elsen en la obra La arquitectura como símbolo de poder, que de
este modo se reafirmaba la divinidad de su condición. El símbolo del
arco pasó a Roma que lo adoptó en los arcos de triunfo. Como ocurría en
la arquitectura egipcia, la romana expresaba la fuerza del imperio y el
poder de sus emperadores mediante construcciones de inmensas
proporciones como, por ejemplo, las gigantescas termas de Caracalla (111
d.C.) en Roma.
Durante la Edad Media, la arquitectura civil
representativa estaba al servicio de los príncipes y grandes señores,
que hacían construir grandes castillos que abrumaban, al mismo tiempo
que infundían seguridad, a sus vasallos. También al medievo pertenece el
símbolo de las grandes torres unidas a los edificios de los comuni
italianos, que tenían por finalidad comunicar que la ciudad que las
había levantado era independiente; recordemos las torres del Palazzo
Vecchio de Florencia o la torre de Mangia del Palazzo Comunale de
Siena [FIGURA 1].
En la arquitectura cristiana, los símbolos
pueden encontrarse también en las plantas utilizadas para sus
construcciones: así, las plantas medievales en forma de cruz son una
alusión explícita a la Pasión de Cristo [FIGURA
2], mientras que las plantas circulares, propias del
Renacimiento [FIGURA 3], son una
referencia a la perfección e infinitud el Universo.
Si los palacios florentinos, con su austera y
maciza rotundidad, nos hablan del poder de la clase social que los
erigió, las villas del Cinquecento revelan las características de los
aristócratas comerciales que las idearon: refinadas residencias de
recreo a la vez que efectivos y funcionales centros de trabajo agrícola
en la Terra Ferma veneciana [FIGURA 4].
Durante el Barroco, las arquitecturas de la
monarquía y de la iglesia alcanzaron uno de sus puntos más elevados
en cuanto a valor simbólico y propagandístico. Los grandes palacios
europeos, como Versalles, ponían de manifiesto el inmenso poder del
régimen absolutista, al tiempo que los templos contrarreformistas
anunciaban y vendían los ideales del Concilio de Trento.
El Neoclasicismo, que como sabemos adoptó el
lenguaje clásico, construyó edificios de muy diversa envergadura. En
«estilo georgiano» se construyeron en América del Norte multitud de
residencias que tienen como modelo las villas palladinas, y utilizando
el lenguaje neoclásico se construyó el Capitolio de Washington, cuya
enorme cúpula, erigida por voluntad expresa de Lincoln, es el símbolo de
un gran estado, cuya ley iguala a todos los ciudadanos.
La arquitectura como símbolo de poder se
mantiene entre nosotros. A principios del siglo XX, y coincidiendo con
la arquitectura modernista, poco adecuada para representar el poder y la
ideología de Estado, surgió una corriente historicista, denominada por
H. R. Hitchcock nueva tradición, a la que corresponden la mayor
parte de los edificios símbolo de la primera mitad de nuestro siglo.
Los tres momentos más significativos de la arquitectura
símbolo del siglo XX son el el de la URSS de Stalin, el de la
Italia fascista de Mussolini y el de la Alemania del Tercer Reich.
Podemos decir que, por lo general, el leguaje que mejor se adapta a las
exigencias de los mencionados regímenes es el clásico. Es un código que
no presenta en sí ningún contenido ideológico, por lo que resulta
especialmente idóneo para interpretar en cada momento la retórica del
mensaje deseado. La arquitectura del denominado Movimiento Moderno y la
de la Nueva Tradición entraron en abierta confrontación a partir de
1927, año en que fue convocado un concurso para la realización del
edificio de la Sociedad de Naciones de Ginebra. El mismo conflicto se
produjo en el concurso para el Palacio de los Soviets, convocado en
1931. Le Corbusier presentó un proyecto constructivista en el que no
faltaban elementos simbólicos, pero se impuso la retórica de la
propuesta de B. M. Iofan, en la que una gigantesca estatua de Lenin,
tendiendo su mano al mundo, se levantaba sobre una monumental torre de
cuatrocientos cincuenta metros.
En la Italia fascista se dio el mismo fenómeno
bipolar: la arquitectura del Movimiento Moderno, concretamente el
Futurismo, frente a la tradición clásica que se presentaba
bajo dos versiones, la racionalista y la historicista. El
fascismo se dio cuenta que el Futurismo, austero e intelectual, no
servía para representar la ideología nacionalista y optó por un estilo
clasicista que culminaría en la artificial EUR /1943).
Alemania, donde el racionalismo del Movimiento
Moderno, «degenerado» y «cosmopolita», fue aniquilado en 1933, no optó
por un solo tipo de arquitectura representativa, sino que hizo uso de
diversidad de ellas, adaptándolas a usos específicos: un cierto
«racionalismo» se utilizó en la construcción de fábricas; una
arquitectura de carácter pintoresco que representaba una vuelta a los
orígenes rurales se usó para construir complejos de viviendas obreras,
reservándose para los edificios oficiales el lenguaje clásico de
proporciones colosales, heredero de la denominada «Nueva Tradición», del
que los arquitectos Troost y Speer fueron los máximos cultivadores.
Hemos visto algunas realizaciones retórico-simbólicas
del lenguaje clásico en nuestro siglo; no obstante, los lenguajes no
clásicos de la arquitectura moderna son también susceptibles de ser
utilizados como vehículos transmisores de mensajes de poder. Este es el
caso de las arquitecturas de Oscar Niemeyer, en la ciudad de Brasilia, y
de las construcciones de Le Corbusier en Chadigarh, India.
Hemos de mencionar aún algunos tipos particulares de
arquitecturas símbolo en el siglo XX: por una parte, la tipología creada
por las grandes entidades crediticias que, a través de sus imponentes
edificios, desean poner de manifiesto el poder y la solidez de sus
fondos [FIGURA 5]. Otra tipología a
menudo utilizada por el poder político es la de los museos o centros
de arte y exposiciones. La utilización mediática que puede hacerse
de la cultura ha llevado a la proliferación de este tipo de centros,
bien sean edificios de nueva planta o espectaculares ampliaciones de
instalaciones precedentes, como es el caso del Gran Louvre, de Ieoh Ming
Pei [FIGURA 6], o la ampliación de
la National Gallery de Londres, por Robert Venturi (1985). Dentro de la
tipología de los museos se han creado obras maestras de la arquitectura,
tanto por sus resultados estéticos como por la acertada adecuación del
edificio a las necesidades propias del museo, como es el caso de la
ampliación de la Staatsgalerie de Stuttgart, por James Stirling
(1977-1984), o el Carré d'Art de Nîmes [FIGURA
7], obra de Norman Foster (1984-1993), por citar unos pocos
ejemplos dentro de la abundantísima producción de las últimas décadas.
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