Adiós al bipartidismo en el Salvador

“¡Nosotros no tenemos el derecho de equivocarnos!”. La entusiasta proclama de Mauricio Funes desató una ovación. Aquella mañana del 1 de junio de 2009 arrancaba la gestión del primer presidente de izquierda y El Salvador dejaba atrás veinte años de gobiernos de una derecha terca y retrógrada. Pero Funes se equivocó. Y mucho.

Aunque él y su partido —el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN)— llegaron al poder a través de las urnas, no fue un episodio de alternancia pacífica en América Latina. La guerra civil salvadoreña, un conflicto brutal en un país diminuto, cobró 75.000 vidas en doce años. Finalizó en 1992 con unos acuerdos de paz apadrinados por las Naciones Unidas y firmados por el gobierno, en manos del partido de extrema derecha Alianza Republicana Nacionalista (Arena), y la organización de grupos guerrilleros de izquierda que lo combatían, el FMLN. La paz trajo consigo la transformación del grupo guerrillero en partido político, elecciones democráticas y el nacimiento del que es, hasta ahora, un sólido sistema bipartidista.

Desde la paz, Arena y el FMLN se consolidaron como las dos fuerzas políticas más importantes de El Salvador. Cada trienio, los salvadoreños han votado por un poder legislativo en el que los diputados areneros y efemelenistas nunca han sumado menos del 65 por ciento de las curules.

Cuando el FMLN llegó a la presidencia en 2009, yo llevaba ocho años de vivir en El Salvador. Recuerdo que la salida del poder de Arena generó un ambiente de esperanza en un país que cargaba una historia de pobreza, desigualdad y violencia. Arena, el partido de las élites, le había apostado a un modelo económico y social que no solucionó ninguno de esos problemas y la promesa del FMLN durante la campaña fue clara y concisa: el cambio.

“Ha llegado la hora de mostrar a todos que no hemos esperado tantos años para gobernar mal y terminar frustrando las ilusiones de nuestra gente”, prometió Funes el día de su investidura. Pero lo hizo: en noviembre de 2017, Funes fue condenado por enriquecimiento ilícito en un juicio civil, una sentencia que recibió desde su asilo político en la Nicaragua de Daniel Ortega.

Funes no fue la única decepción de su partido. Transcurridos dos gobiernos del FMLN, uno de cada tres hogares salvadoreños aún vive bajo el umbral de pobreza; el salario que recibe un campesino que se desloma en un cafetal es de 200 dólares al mes; tres de cada cinco personas creen que con la actual gestión la atención en los hospitales ha empeorado; y hemos pasado de 3179 homicidios en 2008 a 3954 en 2017, un aumento del 24 por ciento.

Pero acaso el mayor fracaso del FMLN son sus contradicciones. Es uno de los partidos insignia del Foro de São Paulo, el organismo que aglutina los movimientos progresistas de izquierda de América Latina y el Caribe, pero El Salvador mantiene hasta hoy una de las legislaciones sobre el aborto más restrictivas del mundo. La interrupción del embarazo está prohibida incluso en casos de violación, de inviabilidad del feto y cuando la vida de la madre está en peligro.

Nueve años no han sido suficientes para que el FMLN se atreva a impulsar los derechos de la comunidad LGBT; ni siquiera las uniones civiles se reconocen, a diferencia de varios países latinoamericanos. Es cierto que la Asamblea Legislativa tiene la última palabra en este tema —como ocurre también con el aborto—, pero el gobierno progresista, en teoría, del FMLN no ha mostrado interés en convertir estos temas en pilares de su agenda.

La igualdad de género tampoco parece importarle al FMLN. Menos de un tercio de los cargos del gabinete están ocupados por mujeres y las pocas elegidas en su inmensa mayoría han sido asignadas a puestos de segundo nivel o a las carteras que usualmente se consideran “femeninas”, como los ministerios de Salud y Medio Ambiente o la Secretaría de Inclusión Social.

En lo económico, el modelo neoliberal que construyó Arena se mantiene casi intacto. En lo social, los servicios públicos siguen siendo sinónimo de mediocridad, al punto que es difícil encontrar a un alto funcionario del FMLN cuyos hijos o nietos estudien, se curen o viajen en escuelas, hospitales o autobuses públicos.

En materia de respeto a los derechos humanos, una de las razones por las que se alzaron en armas los gobernantes actuales, el gobierno del FMLN tampoco pasó la prueba. El alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos visitó en noviembre el país y presentó un informe lapidario: ejecuciones extrajudiciales sistemáticas cometidas por policías y soldados, el retorno de los Escuadrones de la Muerte, un hacinamiento carcelario extremo y una clara resistencia a juzgar los crímenes de lesa humanidad ocurridos durante la guerra.

Por supuesto, el FMLN no ha logrado el actual estado de las cosas solo.

Los veinte años de Arena y los nueve del FMLN están pasando factura: algunas encuestas anuncian el final del bipartidismo. Según la prestigiosa Universidad Centroamericana (UCA), cuando a los salvadoreños se les pregunta cuál es el partido político de su preferencia, 64 por ciento responde: “Ninguno”. En sintonía con ese creciente desapego, el 60 por ciento dice estar poco o nada interesado en votar en las elecciones legislativas que se celebrarán en unas semanas.

La traición de la exguerrilla a sus promesas de cambio y la incapacidad de la derecha para reinventarse explican mucho del desencanto hacia el binomio Arena-FMLN. Las elecciones son el 4 de marzo y aunque esta vez la mayoría de los cargos en disputa volverá a ser copada por efemelenistas y areneros, será solo porque en las papeletas no se podrán marcar aún proyectos políticos alternativos. Los más sólidos están en construcción —uno alrededor del alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, y otro en torno a los diputados Johnny Wright y Juan Valiente, disidentes del FMLN y Arena respectivamente—, con la mira puesta en la contienda presidencial de 2019.

Bukele, el político más popular del país, ha hecho a sus simpatizantes un llamado explícito a “votar nulo o quedarse en casa viendo televisión” el día de las elecciones. Por primera vez desde los acuerdos de paz, los salvadoreños tendremos que estar pendientes de las cifras de votos nulos y de abstenciones, porque el hartazgo hacia el bipartidismo se respira y es irreversible.

Roberto Valencia es periodista radicado en El Salvador desde 2001. Es parte de Sala Negra de El Faro. Es autor, entre otros libros, de Hablan de monseñor Romero.

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