Ciudadanos de Catalunya

A mediados de la década de 2000 colectivos y organizaciones cívicas que ya venían difundiendo fuertes críticas a los dos grandes partidos de ámbito nacional (PSOE y PP) y a los nacionalistas, promovieron dos nuevos partidos: UPyD en 2007, a nivel nacional, y Ciudadanos que nació como asociación catalana en 2005 bajo el nombre de Ciutadans de Catalunya. Ambos partidos consiguieron entrar en importantes instituciones de gobierno a nivel regional y nacional al poco tiempo de ser creados. Hasta entonces los tradicionales PSOE y PP, junto con los nacionalistas e IU, protagonizaron la vida política de este país desde la Transición; y por tanto, los periodos en los que la desconfianza respecto de la clase política emergió con más fuerza en aquellos años.

Ambos partidos pusieron el énfasis en la progresiva materialización —durante años— de las consecuencias no intencionadas del modelo de la Transición y en la crítica a un sistema que muchos coincidieron en calificar como partitocracia; dando continuidad, de este modo, en el ámbito institucional a los marcos que antes el movimiento cívico y sus organizaciones se encargaron de difundir entre la ciudadanía. En ambos casos, fueron poderosos sentimientos de indignación los que llevaron a las redes, colectivos y organizaciones del movimiento cívico, que  precedieron a estos partidos, a actuar desde los años 90 contra el terrorismo en el País Vasco y España, y la política lingüística y el nacionalismo independentista en Catalunya, —en este segundo caso con menor éxito hasta fechas recientes—.

Estos proyectos pusieron el acento desde sus inicios en cuestiones como las políticas lingüísticas y las tensiones nacionalistas, el modelo territorial del Estado, y también sobre la reforma de la ley electoral, la regeneración política, la corrupción o la división de poderes, curiosamente algunas de las principales propuestas postuladas por el 15-M durante su irrupción en 2011. Asimismo, estos dos partidos se situaron en la transversalidad y manifestaron una clara vocación de representación de las ideas que defendían, dado que entendían que estas no estaban siendo representadas de forma adecuada por ninguna de las opciones políticas existentes.

Estos dos proyectos, como organizaciones políticas que son, sucumbieron pronto a la tentación de las estructuras organizativas rígidas, así como a conflictos internos y cambios de timón que han puesto en entredicho el carácter transversal con el que fueran impulsados. Esto se debe a que el paso de la acción a la organización, que es el paso de la acción pública y la movilización —en la que predominan lógicas de tipo sustantivo— a la participación en la política institucional —un mundo marcado por el cálculo instrumental de medios y fines—, es un paso siempre problemático. Dinámicas que también han afectado a Podemos. Por ello, la participación en estos nuevos partidos ha resultado parcialmente frustrante para parte de sus seguidores dado que han tendido a reproducir tal esquema de partido: la ley de hierro de la oligarquía, que como a los tradicionales también les afecta.

En el caso concreto de Ciudadanos la organización ha pasado por importantes conflictos internos y dinámicas de igual índole. A juicio de algunos de sus miembros y simpatizantes —pasados o presentes—  han sido varias las ocasiones en las que la directiva se ha entregado a sus propios intereses y a los personalismos. Asimismo, su ideario ha acusado numerosos vaivenes desde sus inicios según la coyuntura, renunciado a defender de forma clara y concisa uno de carácter transversal; sometiéndolo a lógicas y motivaciones de carácter instrumental, —las propias de las organizaciones que compiten en el ‘mercado electoral’ de la política.

En la nueva andadura del partido, con su salto a la política nacional, se ha ahondado aún más en estas dinámicas que han guiado su acción y estrategia política. Pero una cosa está clara, ante la actual situación en Catalunya, este partido y sus líderes están actuando como solo cabría esperar que actuara una organización política que emergió de las bases de colectivos y organizaciones cívicas como reacción a lo que esas mismas bases intelectuales y sociales en la resistencia han denominado ‘nacionalismo obligatorio’. Otra cosa es que su posición a este respecto se mantenga en el tiempo, o que cambie a consecuencia de las lógicas instrumentales que le han guiado en los últimos tiempos. Quizá en esta ocasión el equilibrio entre razones instrumentales y sustantivas (que no consisten únicamente en optimizar sus intereses) pueda estar complementándose e impulsando al partido, haciéndole conectar con un mayor número de ciudadanos, y votantes de cara a las próximas citas electorales en Catalunya y España. O quizás no…

Rubén Díez García, profesor de Sociología de la Universidad Carlos III de Madrid. Analista de Agenda Pública.

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