Convergencia Euro-Africana

El muro de contención de la miseria africana se resquebrajó en 1989, irrumpiendo incontenibles oleadas de inmigrantes subsaharianos en la próspera y libre Europa. Tiempo suficiente para evaluar los resultados de las desacertadas teorías y deficientes recetas con que se intenta explicar y remediar tal fenómeno. Ocasión propicia para la reflexión son las cíclicas tragedias que se suceden en la isla italiana de Lampedusa y en la costa meridional de España, incluido el archipiélago canario, aunque sea triste consuelo la visibilidad del drama cuando la tragedia se produce en las puertas del Edén. Queda demostrado: ni la retórica, ni la represión ni el asistencialismo –en origen o en las lóbregas barriadas «multiculturales» de las ciudades-refugio– lograrán parar la sangría. Necesario entonces indagar las causas objetivas, supuesta una voluntad verdadera de atajar un problema enraizado en la estructura de las relaciones económicas y políticas euroafricanas de los últimos cinco siglos.

Basta un ordenador para deshacer la falacia: África no es pobre. Cada uno de sus 54 estados posee recursos suficientes para dotar a su población de infraestructuras y servicios que aseguren el bienestar. Pero sus naciones son mal gestionadas y peor gobernadas por oligarquías despóticas que secuestraron las independencias, situación no ligada a un determinismo esotérico e inmutable. Ante la pujanza de las reivindicaciones anticolonialistas tras el triunfo de las democracias sobre los fascismos después de la II Guerra Mundial, las potencias coloniales reaccionaron según la máxima del príncipe Giuseppe Tomasi de Lampedusa: «Cambiarlo todo para que nada cambie». Se limitaron a sustituir a sus gobernadores por negros «evolucionados», aunque la mayoría ni lo fueran. Surgió así el Estado poscolonial, caracterizado por férreas autocracias longevas. Otro rasgo predominante es la institucionalización de la cleptocracia y de la desculturización. Al priorizar la estabilidad sobre la libertad como garantía del abastecimiento de materias primas y del control político, quedó relegado el bienestar de las poblaciones. Desde la percepción de los africanos, sus dirigentes son meros capataces de predios explotados por intereses extranjeros.

Hecho incontestable en el último medio siglo: aquel africano que intente eludir el guión marcado, deseoso de mejorar las condiciones de vida de sus compatriotas, es derrocado o asesinado. Contexto que ilustra la crónica inestabilidad del continente, cuyas secuelas son las guerras –presentadas como «tribales»–, refugiados, pobreza, exilio, emigración. Así, se perpetúa el estereotipo del negro desvalido, incapaz de vivir sin la tutela de otros; de una África «imposible», constituida por «estados fallidos». No ha fallado el estado africano, sino el modelo impuesto: sería muy diferente aquel continente si fuera regido por africanos honestos, preocupados por los problemas que aquejan a sus sociedades; muchos de los cuales quedarían resueltos con unas independencias dotadas de soberanía efectiva, sin los constantes obstáculos que imposibilitan las reiteradas demandas de cambio. No puede calificarse sino de denigrante la afirmación del entonces presidente francés, Jacques Chirac, para quien «África no está capacitada para la democracia»; tesis asumida por su sucesor, Nicolas Sarkozy, en una conferencia pronunciada en 2007 en la Universidad de Dakar (Senegal), donde exhumó rancios tópicos antropológicos, históricos y culturales, que parecían superados. Actitudes y planteamientos que apenas recubren un racismo larvado, reafirmando la insana relación que opone ambos continentes, pese a compartir sus lenguas principales, su proximidad geográfica y la complementariedad de sus economías. Factores que debieran ser suficientes para articular una convergencia más sólida.

Europa conoce la verdad desde siempre: la inaudita crueldad de las élites impuestas; su pertinaz violación de los derechos de sus ciudadanos; los escandalosos niveles de corrupción, tapón de las energías creativas, rémoras para el desarrollo. Los datos son fehacientes: desde 1970, han salido del África subsahariana 1,3 billones de dólares, equivalentes al PIB regional, depositados en bancos occidentales y paraísos fiscales, donde presidentes y allegados poseen mansiones de ensueño y todos los caprichos; contratos mineros opacos y transferencias ilegales privan a África de 63.000 millones de dólares cada año. Cifrada la deuda externa continental en 251.288 millones de dólares, es claro que África no debería soportar tan onerosa dependencia exterior, y es capaz de acometer el desarrollo por sí misma. Pero se ahogan las voces africanas que claman contra la condonación indiscriminada y abogan por la racionalización de los recursos, pues tales emprésitos benefician a los dignatarios, no a las poblaciones necesitadas. Gobiernos, diplomáticos, empresarios y cooperantes occidentales saben que sus «hombres fuertes» acumulan fortunas personales superiores a 5.000 millones de dólares, mientras sus compatriotas malviven con menos de dos dólares diarios; informes solventes demuestran que, entre 2001 y 2010, «desaparecieron» de Guinea Ecuatorial al menos 10.030 millones de dólares; Níger –segundo productor mundial de uranio– y Chad –que exporta notables cantidades de petróleo– son los países más «pobres» del mundo, según los Índices de Desarrollo; determinados presidentes y parientes próximos están procesados por tribunales de países occidentales por saqueo del Estado. África, en definitiva, produce ingentes cantidades de oro, diamantes, uranio, cobre, tantalita, manganeso, maderas y pesca –lista no exahustiva–, pero sus habitantes apenas cubren sus necesidades cotidianas, ante la complacencia, y no el enojo, de todos.

Realidades que aconsejarían recomponer las relaciones euroafricanas, articuladas sobre nuevos ejes básicos: relegar el colonialismo al desván de la Historia, sustituyendo los complejos por la confianza, y colmar las seculares aspiraciones africanas de libertad, soberanía y desarrollo. El afán recurrente del ser humano es el mismo en cualquier latitud: seguridad, prosperidad, felicidad. Error manifiesto es «justificar» con supuestos argumentos «culturales» tiranías impropias de nuestra era: crimen y robo son delitos en toda época y lugar. Europa no puede recelar eternamente de sociedades que asumieron sus valores fundamentales, su cultura, su moral. Ética, política y economía aconsejan propiciar sociedades dirigidas con equidad. La connivencia con estas élites artificiales y efímeras socava los principios del Humanismo europeo. Libre comercio y bienestar son compatibles en África. La construcción de sólidos diques contra la injusticia frenaría situaciones perversas y vergonzantes para africanos y europeos. Ni las vallas con concertinas pararán la inmigración mientras los africanos no se sientan dignificados en cada rincón de sus aldeas. Ninguno desea venir así.

Donato Ndongo-Bidyogo, escritor.

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