Coraje político y recesión económica

Tardío en reconocer la presencia de una recesión económica en España, el Gobierno ha sido tímido después al tomar algunas medidas necesarias. Las que ahora se toman no son todo lo enérgicas que sería de desear, pero abren algunas posibilidades. Las abren, esto es, si se sigue por esa senda, con energía y sin dilación. La buena acogida que tuvo a diestro y siniestro la respuesta ministerial ante las pretensiones de los insolentemente bien remunerados controladores aéreos muestra que la ciudadanía está dispuesta a aplaudir la valentía de los que dicen llevar el timón –palabras de la vicepresidenta del Gobierno– cuando demuestran tener lo que hay que tener. Algo parecido podría decirse del breve alargamiento de la edad laboral, por mucho que giman quienes se ven obligados a gemir públicamente. Que los gobernantes sigan por ahí con la necesaria celeridad. La gente espera que los que mandan, manden. El horno no está para otros bollos.

La recesión es una buena oportunidad para ir más allá con otras reformas necesarias: aumento de impuestos a los muy ricos, habérselas con la desaforada deuda pública, reforma del mercado laboral, recortes en gastos superfluos, ministerios convertidos en direcciones generales sin merma para nadie. Y en todo ello, coraje y más coraje: el Gobierno debería plantearse cuáles son las verdaderas prioridades para reestructurar racionalmente la economía y acabar así con nuestra triste figura de furgón de cola europeo. Tal papelón no le debe corresponder a España ni por tamaño ni por recursos ni por lugar en la escala mundial de potencias económicas.
Esto entraña ir más allá de la emergencia y poner todo el esfuerzo en lo realmente fundamental, que no es solo a corto plazo, sino de fondo. Que no es solo una solución para un sector o ámbito del país –con su capacidad de vetar y amenazar a quienes no complazcan sus intereses, como acaece con la patronal y con los sindicatos–, sino que responde al interés común de toda la ciudadanía. Daré tres ejemplos ilustrativos.
Primero: debe cesar el apoyo a industrias que han cumplido ya su misión. Así, con el pretexto de que la industria automovilística acoge a muchísimos obreros especializados, el Gobierno protege con el dinero de los contribuyentes a unas empresas que producen vehículos para un país ya saturado de ellos, cuyos planes para coches híbridos o no contaminantes yacen en el futuro. El poder sindical será el que sea, pero hay que convencer a la opinión pública de que este país no debe seguir con mentalidad desarrollista (como si estuviéramos aún 30 años atrás) produciendo máquinas innecesarias al mismo ritmo que ayer. Igual que sabemos que ya no hace falta tanto ladrillo, sabemos que la producción automovilística debe replantearse. Y, de paso, gravar los 4×4 y los coches de lujo de modo proporcional a los daños medioambientales que generan.
La protección de los trabajadores de la industria automovilística no se debe violar con la eliminación del proteccionismo que propone el ejemplo anterior. ¿Cómo? Con el segundo ejemplo: el Gobierno debe seguir la senda de los países más avanzados de Europa y extender el sistema de formación profesional a las víctimas inocentes del paro y la recesión. Deben eliminarse toda clase de peonadas, subsidios ocultos a obreros no cualificados que han incurrido en la condena universal, aunque nunca haya sido hecha pública por los amigos de quienes las promueven. Las víctimas de la recesión deben gozar de sueldos condicionados a su reeducación efectiva y a la mejora de sus capacidades. Ciertamente, ello tiene un coste, que habría que calcular, pero la cifra nos deparará sorpresas. El cobro del subsidio de desempleo también lo tiene. ¿Sabemos si será superior a este, con los más de cuatro millones de parados que tenemos? ¿No nos apercibimos de las consecuencias para la mejora de la economía nacional que tendrá la aplicación eficiente de medidas que tan buenos resultados están dando en otros lugares del continente?

Tercer ejemplo: la energía nuclear. Los menos tímidos del lado gubernamental declaran que «hay que abrir el debate». Mientras se abre, perdemos un tiempo precioso. Si están en contra de la energía nuclear, tengan la honestidad de exigir que España no se la compre a Francia y otros países productores. Cada euro que pagamos financia una nuclear allende los Pirineos. ¿O es que nos tenemos que creer que a una energía como la nuclear se le pueden aplicar criterios fronterizos propios del siglo XIX? Quienes pontifican sobre mundialización no tienen derecho a sermonear sobre un medioambiente que ignora fronteras.
La timidez gubernamental es sonrojante. Un Gobierno que no tiene las agallas de prohibir fumar en todos los espacios públicos –hasta en Italia lo han hecho– y se inventa leyes que sabe burlar hasta el más asno, es un Gobierno que, cuando hay que tenerlas para coger por los cuernos el toro de la recesión, lo atrapa por la cola. Sean valientes, por favor. Estaremos con ustedes. No vaya a ser que nos pillen los de enfrente. Ellos no le tienen temor al morlaco: embisten.

Salvador Giner, presidente del Institut d’Estudis Catalans.