El espectro de una revolución

Por Daniel Reboredo, historiador (EL CORREO DIGITAL, 03/06/08):

La década de los años sesenta del siglo XX fue la de la revolución de los intelectuales, al igual que ocurrió en 1848. Las circunstancias especiales de la misma y las de sus activistas más radicales y vehementes caracterizaron una época en la que los conflictos y las reivindicaciones se basaron en el ideario político más que en el económico. Sin embargo, las demandas, peticiones y acciones diversas tenían una dimensión económica aunque muchos de sus participantes no lo supieran. Los sueños de cambiar el mundo se vinculaban a un solo ideario, el único que relacionaba un proyecto global de cambio con una interpretación del mundo y que se consideraba insuperable en aquellos tiempos, el proyecto político marxista. Curiosamente, el pensamiento que dirigió fundamentalmente el movimiento estudiantil de 1968, y que asumió la crítica a los fundamentos de la sociedad occidental, fue principalmente anarquista y no la ideología de moda, el marxismo revolucionario. Recordemos que su principal precedente histórico fue la Comuna de París de 1871. En cierto modo, los sesenta fueron una reacción a los cincuenta, a la intensificación de la Guerra Fría, a las consecuencias de la ‘caza de brujas’ en EE UU, a la liberación de prisioneros políticos en Rusia y a la denuncia de los crímenes de Stalin.

El significado de la década de los sesenta fue muy profundo y las circunstancias que la rodearon, de gran trascendencia. La primera potencia mundial, EE UU, convulsionada por asesinatos y disturbios raciales (Robert Kennedy y Martin Luther King), se implicó totalmente en una guerra declarada en Vietnam que los países europeos y, sobre todo sus ciudadanos, rechazaron. En Europa occidental asomaban los problemas que se avecinaban, radicalizándose la violencia en Ulster. El mundo soviético se mantenía en apariencia estable, aunque pocos años después sus pies de barro se rompieran y toda la estructura se desmoronara (el inicio estuvo en la Primavera de Praga). Los países del Tercer Mundo vivían en plena agitación y continuas convulsiones, desde Bolivia hasta la revolución cultural china, pasando por la revolución cubana, la independencia de Argelia, la matanza de Tlatelolco en México (Plaza de las Tres Culturas), los movimientos guerrilleros en América Latina y la progresiva descolonización de África.

Mayo de 1968 fue la vorágine en la que confluyeron todos los síntomas del malestar que arrastraba la sociedad francesa, desde el citado conflicto de Argelia hasta el distanciamiento de gran parte de la mencionada sociedad del régimen paternalista y autoritario del general Charles De Gaulle, pasando por el alejamiento respecto a una izquierda que se encontraba muy cómoda en el orden social establecido después de la Segunda Guerra Mundial en un país, Francia, próspero y seguro. La ‘revolución parisina’ sorprendió tanto por el hecho de llevarse a cabo como porque se produjo en un mundo que llevaba dos décadas de crecimiento sostenido, de democratización y bienestar nunca conocido hasta entonces. La situación no sería tan ideal cuando ésta se produjo. Lenguaje cargado de ideología, programas más que ambiciosos, accesibilidad de las demandas y confrontación suave respecto a los niveles de turbulencia revolucionaria del resto del mundo caracterizaron el mayor movimiento de protesta social de la Francia moderna. Su impacto psicológico fue totalmente desproporcionado si consideramos su repercusión y la ambigüedad de las consecuencias que dejó a la posteridad. Pero no interpretemos esta ambigüedad como un debe en el legado de Mayo del 68 ya que toda Europa estuvo pendiente de cuanto sucedía en Francia aquellos días, y muchos grupos de izquierda se inspiraron en las ideas francesas y vieron en ellas una posibilidad de llevar a cabo sus propias iniciativas.

Cambios organizativos y jerárquicos en los movimientos de izquierdas, crítica y repulsa de un sindicalismo que se consideraba parte del sistema capitalista, clara intencionalidad política del movimiento reivindicativo (anarquismo, comunismo, maoísmo, marxismo leninismo, trotskismo) fueron características y consecuencias de lo allí acaecido y de su carácter simbólico y utópico. Nacido espontáneamente, siendo efímero e incapaz de sustituir el viejo orden político, consiguió sin embargo transformar la sociedad francesa, cambió pautas de comportamiento e introdujo nuevos valores. Pero también sirvió para constatar la corrupta posición de los sindicatos y del Partido Comunista francés que llevó al movimiento revolucionario a la victoria por mayoría absoluta, en unas elecciones anticipadas, de un De Gaulle contra el que ‘teóricamente’ habían luchado. Triste final para lo que podía haber sido y que quedó sepultado por las ambiciones de los menos, es decir, de los grupos de poder político, económico, religioso y cultural. El simbolismo de esta traición se refleja en la consideración de que con los hechos relatados terminó una época, naciendo a partir de entonces un progresivo escepticismo sobre la posibilidad de transformar la historia mediante la ideología. Sin embargo, como contraprestación a la escasez de resultados materiales conseguidos se logró un fundamento social que desmiente la versión oficial de los acontecimientos. Versión que los minimiza, que desprecia lo que allí se generó, que intenta ocultar la fuerza de la izquierda como elemento transformador de la sociedad y que no debe reducirse a la poesía, a la subversión y a la revolución de las máximas de entonces.

En este sentido, Mayo del 68 puede considerarse más un principio que un final. Principio que tristemente tiene que ver con la deriva de la democracia, aparentemente fuerte y en desarrollo, hacia el vacío de una política que es cada vez menos una proyección de los ciudadanos y más un brazo de los poderes económicos. Si la democracia prospera y mejora cuando existen más oportunidades de que un gran número de ciudadanos participen en el diseño de la labor pública (votaciones, deliberación y participación en organizaciones y asociacionismo), estamos muy lejos de consolidar este modelo. No habríamos mejorado gran cosa respecto a Mayo del 68 y a una de sus máximas, la que decía ‘no le pongas parches, la estructura está podrida’. De ahí que se haga necesario reivindicar la política, única alternativa al gobierno de la fuerza, ya que sin ella estamos perdidos. Política que es algo más que ideología, nacionalismo o democracia.

Política que es una preocupación de hombres libres y cuya existencia refleja la existencia de libertad y la posibilidad de cambio social. Algo de esto impregnaba el movimiento de Mayo del 68, ¿o no?