El valor de la crítica

Por José Ignacio Calleja (EL CORREO DIGITAL, 26/11/07):

Quienes a menudo criticamos en público algunos comportamientos o palabras de la Iglesia católica, puede parecer que no vemos en ella motivos de gozo y reconocimiento. Eso no es cierto. Continuamente tenemos experiencias y estamos entre gente que se desvive por hacer bien su tarea, es decir, con sentido humano y evangélico. Muchas veces, obispos, desde luego que sí. Nosotros mismos lo intentamos. Más aún, la mayoría de las veces, cuando callamos, no significa indiferencia ante la marcha eclesial, sino, simplemente, normalidad y respeto al pluralismo pastoral legítimo que está detrás de tal o cual decisión. Admito que este reconocimiento de la normalidad pastoral, y del afecto con que nos implicamos en ella, quizá debiéramos decirlo más veces, pues algunos creen que la crítica es algo así como ‘un tic nervioso’ que padece el cristianismo de unos pocos.

Insisto sin rubor en el reconocimiento que merece la Iglesia en mil acciones de compromiso evangelizador, en el sentido estricto de anuncio y celebración de la fe, y en el sentido amplio, igual de legítimo y obligatorio, de realización de la caridad, y bajo su inspiración, de empeño por la solidaridad y la justicia. Hay una Iglesia plena de gente que, con pocos medios, austeridad en su uso y sacrificio personal, hace maravillas en la vida; más en lo social que en lo eclesial; lo pienso así.

Pero nos engañaríamos a nosotros mismos si no reconociéramos que la Iglesia es una realidad plural, inconfortablemente plural, en varios sentidos teológicos y pastorales. La Iglesia requiere, en consecuencia, mucho tacto para hermanar el discernimiento y definir sus opciones evangelizadoras; y requiere cuidar con mimo las mediaciones de participación y creación de opinión comunitaria; y requiere decidir buscando el respaldo de las comunidades, respetando a las minorías y consiguiendo que éstas reconozcan públicamente cuándo hablan desde esta condición de minoría. En fin, se trata de desarrollar algunos aspectos prácticos que el Evangelio insinúa y que el sentido común dicta, y que, sin embargo, una realización ‘autoritaria y solipsista’ de los ministerios de gobierno, ¿y del individualismo de no pocos cristianos!, arruinan a menudo. No debería ser necesario decirlo, pero hay que decirlo. Y esto, pienso en los cargos de la Iglesia, nada tiene que ver con respuestas que nos den los juristas de cabecera o los teólogos especialistas en el catecismo de la Iglesia católica. Es más sutil y más en sintonía con Jesús, y con el sentido democrático de la gente.

Por eso, la crítica que a veces algunos hacemos a la Iglesia y en la Iglesia, y que tanto molesta a muchos en estos días, que nadie la capte en términos políticos. Hablo en general. No está hecha para defender a alguien que ahora gobierna y antes no; no es eso, no es eso; ¿qué ridículo!; no niego que todos tenemos unas u otras simpatías y que nos influirán; pero la cuestión no es quién dice algo desde la política o la sociedad, sino qué dice; y la cuestión no es quién le responde desde la Iglesia, sino qué le responde; no nos equivoquemos; luego viene la discusión, sobre si bien o mal dicho o respondido, pero el quién y su ‘color ideológico’ no es determinante. Los que creen que lo determinante es el quién, viven el catolicismo como la pertenencia a una ‘tropa espiritual’ que sale de campaña, la antítesis del reinado de Dios como buena noticia de salvación para los pobres y los pecadores. Y si la sociedad ‘progresista’ se ha habituado a despreciar el mensaje por el mensajero eclesial que lo trae, la ‘sociedad’ eclesial, ‘no progresista’, la mayor parte de ella, se ha habituado a despreciar el mensaje de gran parte de la sociedad civil por el mensajero que lo trae. Muy mal ambos.

Pero todo requiere sus antecedentes. Yo insisto en uno. Si como Iglesia no nos reconocemos en la sociedad civil, herederos de una tradición religiosa irrenunciable, y con propuestas morales muy nítidas en moral personal (y social, menos), pero ciudadanos iguales en la sociedad civil de los iguales, de los argumentos, de las razones, de las decisiones democráticas para llegar a la ley Si no reconocemos, sigo pensando en la Iglesia, la obligación que el Estado tiene de servir a la sociedad, no de adoctrinarla, pero sí de servirla con soberanía política; si no reconocemos que tiene que cuidar las reglas democráticas del debate social y procurar que ningún grupo religioso o social monopolice el debate ‘ético’; si sabemos que debe advertirnos de que hay minorías que reclaman derechos fundamentales para ellos y de que, por tanto, hay que valorar juntos si son eso, derechos, y no privilegios o antojos modernizadores Si no reconocemos que la misma subsidiariedad del Estado lo es respecto de la iniciativa social democrática, pero cuidando que sea igualitaria en las oportunidades de opinión e iniciativa de los grupos Si olvidamos esto, ¿a dónde vamos? A alegres declaraciones de que estamos en un ‘Estado totalitario’. Y esto me lleva a preguntar si quien lo dice conoció el franquismo y supo personalmente de la represión. No sé, me sorprende este uso fácil de adjetivos gruesos.

Cada grupo social y moral tiene su fuerza y representación, pero todos deben tener derechos fundamentales y oportunidades de reclamarlos. Discernir dónde y cuándo hay derechos que la justicia impone, y no diferencias particulares que el antojo, la moda o el individualismo reclaman, no es fácil, pero es necesario; ¿y nadie lo sabe de antemano para todos y mejor que nadie! Alguien lo puede ‘saber’ por la fe en la comunidad de los creyentes, pero la sociedad civil necesita sumar razones de los iguales y traducirlas a convicciones y apoyos. Esto es lo que se puede decir, aunque se hable de razones de ley natural. Y nada tiene que ver con si está Zapatero o sus adversarios políticos gobernando. La cuestión es otra.

En fin, las críticas a la Iglesia no son todo ante ella, ni lo fundamental, ni un tic nervioso de algunos progresistas en su seno, ni un servicio político a la izquierda ‘amiga’ de algunos eclesiásticos a la deriva, sino, generalmente, aún con excesos o equivocaciones, las críticas a la Iglesia y en la Iglesia son palabras de hermanos a hermanos para que no nos sometamos a la dialéctica amigo-enemigo, nosotros-ellos, verdad-mentira.