Elecciones y lecciones de Quebec

Por Pere Vilanova, catedrático de Ciencia Política de la UB (EL PERIÓDICO, 29/03/07):

Aunque formalmente se trate de unas elecciones regionales, asunto interno de la Federación Canadiense, es bien sabido que su invocación ha sido poderosa en este lado del Atlántico, y más concretamente en España y en Catalunya. Los resultados confirman de sobra que estamos ante un cambio espectacular; las cifras no engañan. Pero también vale la pena analizar si, además de su espectacularidad, el cambio en el Quebec es coyuntural (podría serlo) o, por el contrario, se sitúa en una trayectoria histórica que no puede ser ignorada.
Como es bien sabido, un partido gana, otro gana y pierde, y otro se descalabra, y ello tiene consecuencias inmediatas en el sistema de partidos y, por lo tanto, en la lógica parlamentaria y de gobierno.
El que gana es el partido Acción Democrática de Quebec, que tuvo un escaño simbólico en 1998 (había tenido ya uno en 1994), llegó a cuatro el 2003, y ha pasado nada menos que a ¡41! en un Parlamento de 125 escaños. Multiplicar por 10 la representación electoral no es algo que pase todos los días. El que pierde a pesar de seguir ganando (en la medida en que el que saca más escaños gana por definición) es el Partido Liberal, que con 48 escaños seguirá siendo el primero de la Cámara, pero en el 2003 tenía 76 (pierde 28). Y el del descalabro es el Partido Quebequés (PQ), que pasa de 45 a 36, el último de la fila literalmente, y eso que en el 2003 ya vivió como una derrota histórica sus 45 escaños, pues en los años 90 tenía más de 70.
Una derivada de excepcional importancia en el plano institucional es que, por primera vez, con un sistema parlamentario unicameral, y un sistema mayoritario de tipo británico (mayoritario a una vuelta) que parecía haber anclado para siempre el Quebec en el bipartidismo puro, ningún partido tiene mayoría absoluta de escaños. Ni de lejos. Ello abre por primera vez el dilema: Gobierno en minoría (del Partido Liberal), con apoyos puntuales de unos u otros, o Gobierno de coalición, inédito y poco verosímil, con los del Partido Quebequés.

OTRA derivada: en la capital federal, Ottawa, están encantados porque, de momento –y en la perspectiva histórica de los últimos años–, se manda a un futuro indefinido el tema de la autodeterminación. Ello se debe no solo a la consolidación (empezó con la entrada del siglo XXI) del declive del independentismo tradicional del Partido Quebequés, sino a la llamativa novedad de la estrella emergente, Acción Democrática. Se ha proclamado durante toda la campaña electoral (y así consta en su web y su programa ideológico) contrario al independentismo, a la política de referendo unilateral del PQ, y ha descubierto un nuevo concepto político: el autonomismo, más autonomía, el autogobierno como incrementalismo, pero dentro de la Federación Canadiense. Este partido, además de ser claramente nacionalista, pero explícitamente no independentista, ha recuperado un centrismo clásico que se había diluido en una lógica electoral dominada por la tensión federalismo-independentismo (en su web www.adqaction.com, véase el texto Une vision, un plan, une parole).
Lo cierto es que, en 15 años, el PQ lanzó dos referendos, y es cierto que el de 1995 tuvo un resultado ajustado, pero perder dos veces planteaba un problema político: ¿cuántas veces puede un partido convocar unilateralmente referendos y hasta cuándo? Y, segunda pregunta: ¿puede el bando contrario empezar a convocar referendos unilateralmente hasta revertir de nuevo el resultado? La respuesta la han dado los quebequeses en las urnas.
Una derivada adicional reside en la composición social y en el comportamiento político de los quebequeses. Los referendos pusieron de relieve que, si es cierto que el 80% de la población se declara francófona, no es menos cierto que en aquellas consultas los anglófonos votaron juntos, sin fisuras, y los francófonos divididos, de modo que casi la mitad expresaba su preferencia por la vinculación a la federación. Pero, en términos de sociología electoral, la sociedad quebequesa es más compleja. La línea que distingue a francófonos de anglófonos es la básica culturalmente, pero no la única en cuanto a comportamiento político. Por ejemplo, y aunque son minoritarias, las llamadas primeras naciones, esto es, los indios, son abrumadoramente federalistas, y son funcionalmente multilingües. Y otro dato es que Canadá –y Quebec– es un país genuinamente multicultural y de inmigración sostenida, constante, y ello crea un difuso grupo sociológico muy significativo: la inmigración suele ser de preferencia federalista. Por ejemplo, es insólitamente potente en Quebec el grupo de origen haitiano y, a pesar de ser francófono, se presume que vota federalista.

POR SI FUERA poco, el primer ministro del Gobierno federal lanzó hace pocos meses una muy audaz iniciativa. Propuso al Parlamento federal que se votase en favor de la consideración de Quebec como nación. Los independentistas quebequeses fueron pillados con el paso cambiado: no podían votar en contra, y si votaban a favor, obtenían su reconocimiento como nación, pero admitían su inserción dentro de la federación. Cuando Canadá –y Quebec– habla, en política interior como en política exterior, más vale prestar atención.