Europe Reset: Hacia una UE más democrática

Desde 2008 la Unión Europa ha sufrido una serie de crisis que revelaron problemas estructurales en su modelo de integración. Si bien la situación ha mejorado esos fallos estructurales, la UE todavía tiene que encontrar un nuevo modelo de integración.

El argumento no es nuevo ni especialmente radical. Muchos líderes han pedido lo mismo en múltiples ocasiones en los últimos años. En Europe Reset, mi  nuevo libro, pretendo contribuir a estos debates con ideas concretas para crear un modelo de integración europeo más participativo.

Ahora mismo hay poco impulso detrás de la búsqueda de un nuevo modelo de integración. A medida que el contexto político y económico empezó a mejorar desde mediados de 2017, muchos líderes de la UE creyeron que había llegado el momento de dar un gran salto hacia adelante. Pero su idea de integración sigue el modelo más tradicional: unión fiscal, unión económica, unión de defensa, unión política. Como se sabe muy bien, estas propuestas son preeminentes en el eje de las relaciones franco-alemanas, ya que forman parte de la agenda del presidente francés, Emmanuel Macron, y posiblemente también de la nueva coalición alemana.

Estos tipos tradicionales de integración no son necesariamente malos. Pero el proceso político que los sostiene debe cambiar. En los peores momentos de la crisis, muchos líderes políticos, periodistas y analistas pidieron un replanteamiento completo del modelo de integración: la UE debía volver a conectar con sus ciudadanos y ser más flexible. Pero en realidad no pasó nada de eso. De hecho, la UE parece atrapada en una situación de Catch-22. En los momentos de crisis los líderes insisten que no tienen la capacidad para realizar reformas fundamentales en la UE. Pero cuando la Unión empieza a levantar cabeza, los líderes sienten un profundo alivio y concluyen que una reforma fundamental de la UE ya no es necesaria.

En 2017, el péndulo osciló de un extremo a otro. A principios del año pasado el tono del debate era sumamente pesimista, centrado en el posible colapso de la Unión. Un año más tarde, se habla de nuevo de objetivos muy ambiciosos. Pero nada ha cambiado estructuralmente para justificar analíticamente el salto de un extremo a otro. Ha llegado el momento de explorar opciones que van más allá de un debate que plantea dos alternativas contrapuestas: más Europa versus menos Europa. Más bien, es hora de pensar en una Europa diferente. Europe Reset define una nueva posición entre los que insisten que ‘la UE está condenada’ y los que creen que el ‘modelo actual de la UE está perfectamente bien’.

Las crisis de la última década se debieron a que los ciudadanos se sentían desprovistos de poder y de capacidad para influir en la dirección de las políticas de la UE. Y también a la diversidad entre países y diferentes sectores de los pueblos europeos: diferencias de opinión en las normas y en las necesidades económicas. Es por eso que el futuro modelo de integración europeo tendría que ser más participativo y más flexible. La estructura de las sociedades europeas ha cambiado radicalmente en las últimas décadas. Las formas de organización social ahora son muy diferentes. La relación entre ciudadano y estado ha cambiado. Pero la estructura de las instituciones comunitarias sigue siendo la misma, a pesar de haber sido diseñada en otra época. No nos debe sorprender que haya una tensión constante entre los procesos políticos formales en Europa y su nueva realidad social. El resultado es que la UE necesita una nueva lógica: replantear Europa como un proyecto de democracia entre los pueblos en lugar de una reconciliación entre las naciones.

Entonces, ¿cómo sería una Europa democrática? En este punto existe una parálisis curiosa. Casi todos están de acuerdo con la idea de introducir más democracia y fortalecer la participación de los ciudadanos en el proceso de integración, pero pocos trazan propuestas concretas para realizar este objetivo. El tema de la democracia no es tangible como otras prioridades, nunca está presente en las cenas en las cumbres de la UE. De hecho, ahora los líderes vuelven a dar prioridad a la ‘unión práctica’, orientada a resultados concretos en vez de a la participación democrática.

Es importante destacar que el problema va más allá del famoso déficit democrático, es decir, de la falta de control democrático a nivel europeo. La democracia también sufre problemas a nivel nacional. Uno de los principales dilemas que sufre la democracia contemporánea –tanto a nivel nacional como a nivel europeo– reside en la falta de conexión entre las nuevas formas de activismo ciudadano y las instituciones representativas. La solución al problema democrático no es simplemente transferir más poderes al Parlamento Europeo o a los parlamentos nacionales –que son las dos propuestas más comunes para impulsar más democracia en la UE-. Más bien, se necesita una participación democrática más abierta y más orientada hacia los ciudadanos.

Europe Reset describe en detalle lo que llamo un Compact of European Citizens –un Convenio de Ciudadanos Europeos-. Este convenio debe incluir ciudadanos seleccionados por el método de sortition (o random selection) que deberían representar distintos niveles –local, regional, nacional y europeo– en el que cada nivel alimenta al próximo. El convenio debe tener la capacidad de proponer nuevas ideas y articular la agenda en vez de simplemente estructurar su debate alrededor de las propuestas formales de los gobiernos o las instituciones europeas.

Las convenciones democráticas del presidente Macron reflejan algo de este espíritu pero no van suficientemente lejos. Por ahora, la idea es que estas convenciones duren  solo unos meses y su preparación parece estar bastante controlada por los gobiernos.  Si los líderes europeos van a introducir nuevas formas de conectar con la gente tiene que ser más que un ejercicio de marketing. Los ciudadanos tienen que tener la capacidad de forjar nuevas direcciones en la integración europea.

Hace más de 20 años que los gobiernos están diciendo que la UE debe conectar mejor con sus ciudadanos, pero en la práctica no han hecho nada para cumplir este objetivo. Si los gobiernos pudiesen ponerse de acuerdo sobre nuevas áreas de integración en 2018 sería una excelente noticia. Pero si lo hacen, otra vez, sin la participación popular y a espaldas de los pueblos europeos, a largo plazo el resultado podría ser contraproducente.

Richard Youngs, Investigador Sénior, Carnegie Europe.

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